sábado, 4 de febrero de 2012

jueves, 5 de enero de 2012


EL TALLER DE NAZARET O LA ESPIRITUALIDAD REPARADORA

Entrar en el taller de Nazaret, cada vez más presente en el arte, es toda una experiencia de sanación. El taller es el lugar de construcción, de trabajo y creatividad. Pero José debía ganarse el pan de los suyos básicamente con una tarea quizá no tan atractiva: reparar utensilios rotos, cachivaches que aún podían servir, herramientas melladas…

En el taller de Nazaret la figura de José cobra un protagonismo total. Y no podía ser de otra manera puesto que él es, en palabras de L.Boff, la personificación del Padre. Dios Padre crea porque no puede hacer otra cosa que crear como expansión de su propio ser. Y repara y venda corazones rotos porque no puede más que amar y “un corazón roto, Tú no lo desprecias, Señor”.

Entrar en el taller de Nazaret supone estar dispuesto a abandonarse en manos del Artesano. Las manos en acción son expresión directa del amor, de un corazón misericordioso que ve en un deshecho la belleza original que tuvo en un principio.

Hoy se ha puesto muy de moda restaurar. No todo el mundo tiene la capacidad para hacerlo pues requiere una infinita paciencia, suma delicadeza y un amor tierno por un objeto que otros han dado ya por inservible. No deja de ser llamativa esta afición a restaurar pues nace en una sociedad de usar y tirar, donde tener ya unos años plantea la necesidad de cambiar la plancha, el coche o lo que sea, pese a estar en buenas condiciones. Pienso que ahora que tan olvidada está la espiritualidad de la reparación Dios nos envía señales: si un mueble restaurado tiene además el valor añadido del inmenso cariño con que se ha reparado…¿cuánto más no vale la persona, reparada con la entrega de Cristo en la Cruz, una entrega que nos restaura a todos aunque no seamos conscientes de ello?

Cuando José tomaba en sus manos un objeto, un yugo, un arado o cualquier otra cosa reconocía su imagen original. Porque hablar de reparar es hablar de tomar conciencia de haber sido imagen de Dios y haberla roto. Por eso voy a Nazaret: porque en ese hogar la imagen de Dios no sólo no se ha roto sino que ha llegado a su máxima expresión: Jesús, José y María son imagen viva de la Trinidad del cielo, son Dios caminando por las calles polvorientas de Nazaret

“ Lo extraordinario no es que aparezca lo nuevo, que lo nuevo irrumpa, invada, surja y conquiste… como nuevo – decía Tillich–. Lo asombroso, es que lo haga “bajo las condiciones de lo que ya existe”. En Nazaret Dios ha entrado “bajo las condiciones de lo que ya existe” bajo una humanidad maltrecha que Jesús viene a redimir. Necesita para ello la mejor escuela, necesita empaparse de los gestos, las miradas y palabras de los que son Inocencia Original, Hombre y Mujer sin tacha: José y María. Así debo asumir mi propia reparación: lo nuevo emergerá en mí desde mi propio ser, con mis límites, mis luces y mis sombras. Pero también yo, por supuesto, necesito sumergirme en la Imagen primigenia.

Entrar en el taller de Nazaret supone por tanto vivir en humildad y abandono. Humildad porque mis deterioros sólo se reparan cuando se analizan, cuando no se ocultan.

“El que encubre sus pecados no prosperará; Mas el que los confiesa y se aparta alcanzará misericordia. Bienaventurado el hombre que siempre teme a Dios; Mas el que endurece su corazón caerá en el mal”. Proverbios 28,13-14

Abandono porque “lo que agrada a Dios, dirá Teresa de Lisieux, es verme amar mi pequeñez y mi pobreza, es la esperanza ciega en su misericordia.”. Para que Dios pueda repararme necesita mi “pasividad”, una pasividad que es la acción más profunda de mi corazón pues supone un acto de amor, fe y esperanza a la vez. Sólo así Él « restaura a los abatidos y cubre con vendas sus heridas. »(ps 147,3)

Vamos por la vida rotos, heridos. Algunas veces son las circunstancias, las malas relaciones las que nos hacen sentir abatidos. Pero en esencia lo único que nos rompe, lo único capaz de quebrar la imagen de Dios es el pecado. Ante eso sólo nos queda recordar que “un corazón quebrantado y humillado, Tú no lo desprecias, Señor” (ps 50).

Tengo para mí que Dios disfruta reciclándonos, reparándonos. Espera con ansia nuestra tímida llamada a la puerta del taller para poner su mano sobre nosotros: “Detrás y delante me rodeaste, y sobre mí pusiste tu mano” (ps 139,5). Lo primero, confortar, consolar. Y con esta premisa ya puedo ir preguntándome si yo soy taller para otros, si mi vida sana heridas, si mi mano y mi mirada son reconfortantes, sanadoras.

El taller de Nazaret es ámbito de crecimiento del niño y adolescente Jesús. Allí aprenderá de roturas y estropicios, desgastes y malos usos. Ver a su padre José restablecer la belleza donde había caos va a ir fortaleciendo la vocación de Jesús, pues para eso ha venido. Y cuando esa vocación florezca Él entenderá nuestros quebrantos pues va a vivir también la soledad, la angustia, la traición de los suyos, el silencio del Padre, el fracaso incomprensible. Asumiendo nuestros dolores, “sus llagas nos curaron” (Is 53,5)

El profeta Isaías tiene bellos textos sobre la reparación que Dios obra en nosotros:

"Y los tuyos edificarán las ruinas antiguas;

los cimientos de generación y generación levantarás,

y serás llamado reparador de portillos,

restaurador de calzadas para habitar".

(Isaías 58:12)

¿Qué son los portillos? El diccionario más sesudo habla de abertura en la muralla, hueco que queda en algo quebrado y también puertas pequeñas no muy cuidadas. En definitiva, una abertura, una grieta. Ir al taller de Nazaret supone dejar que Dios “husmee” todos mis portillos, los que quizá ya tengo resecos y los que aún duelen.

Mis portillos pueden ser heridas que la vida me hace pero pueden ser también zonas que, por abandono y dejadez, se han ido deteriorando en mi vida humana y espiritual. La incapacidad de perdonar, la comodidad y pereza espiritual, el abandono de la oración, el deseo de controlarlo todo, especialmente mi vida, la impaciencia, la mentira e incoherencia, el despilfarro de mis talentos, la omisión del bien que estoy llamado a hacer…¡hay tantos portillos! La mirada amorosa de Dios pone de relieve mi imperfección pero Él es el “reparador de portillos” y en sus manos debo abandonarme. Él sabe qué delicada restauración preciso, qué me sana, qué cierra ese portillo por el cual se me va la vida entera. Porque no solemos ser grandes ni siquiera en el pecado. No. Perdemos la vida desangrándonos poco a poco y de forma inconsciente por varios, muchos o un único portillo.

En el taller de José se restauran también “las calzadas para habitar”. En una lectura superficial podemos pensar que las calzadas no son para habitar, que nadie planta en ellas su morada. Pero creo que el sentido de este texto es que las calzadas deben ser habitables, es decir, transitables por su uso habitual. Una calzada por la que nadie pasa se llena de abrojos y matas y muy pronto desaparece. Quizá deberíamos preguntarnos si los caminos que llevan a nuestro corazón son habitables, transitables. Porque no se trata de una nimiedad. Sólo si encontramos el camino a nuestro propio corazón podemos descubrir la Imagen de Dios que habita en mí y podemos alcanzar la Santidad. Quizá por eso podríamos hacer nuestra la oración de la hermana de Lázaro: Señor, el que amas está enfermo (Jn. 11, 3). La podríamos rezar sabiendo que yo soy el amado/a enfermo y que Dios desea alojarse en mi casa para sanarme y rescatarme de las garras de la muerte. Para ello debería hallar un camino transitable. Dios tiene un único camino y ese camino es el nuestro: el amor. “y andad en amor, como también Cristo nos amó, y se entregó a sí mismo por nosotros…” (Ef.5:2)

Entrar en el taller de Nazaret es, en definitiva, entrar en una espiritualidad eucarística. Es dejarnos convertir en cuerpo de Cristo y para ello es preciso que Dios nos tome, nos bendiga, nos parta y nos reparta.

Dios me toma. Como un bebé en brazos de su madre así me lleva Dios. La única actitud “normal” es el abandono, la confianza. Aunque pase por valles de tinieblas, Él me ha tomado en sus brazos. Nada puedo temer, nada me puede dañar. Mis heridas son curadas por sus manos sanadoras, por su mirada.

Dios me bendice. Dios dice bien de mí, escruta mi corazón y ve todo el amor que hay aunque a veces yo no lo vea porque no dejo que florezca y crezca libremente. Después que Él me miró “gracia y hermosura” dejó en mí. Él me dice que yo soy un bien imprescindible para el mundo, un tesoro para mis hermanos.

Dios me parte. Porque Dios también duele. Duele cuando desmonta mis tingladillos, cuando deshace mis seguridades, mi mundo de instalación. Si hay algo cierto es que si entras en Nazaret tu mundo se va a desmontar.

Dios me reparte. Curado, sanado, Dios me envía al mundo. Ahora yo debo ser taller para los otros, yo debo ser reparador de portillos, restaurador de calzadas. La mía, la que lleva a Nazaret debe estar limpia y debe ser frecuentada.

Reconozcamos que necesitamos con urgencia ser reparados. Y llamemos al taller de Nazaret. José nos abre la puerta y, tarde o temprano, aparecerán María…y Jesús.

Y el taller será dulce Paraíso.



ORACIÓN DE SANACIÓN



Padre de bondad, te bendigo y te alabo y te doy gracias

porque por tu amor nos diste a tu hijo Jesús,

gracias Padre porque a la luz del Espíritu

comprendemos que él es la luz, la verdad y el buen pastor

que ha venido para que tengamos vida

y la tengamos en abundancia.

Hoy, Padre, me quiero presentar

delante de ti, como tu hijo.

Tú me conoces por mi nombre

pon tus ojos de Padre amoroso en mi vida.

Tu conoces mi corazón

y conoces las heridas de mi historia,

Tu conoces todo lo que he querido hacer

y no he hecho.

Conoces también lo que hice

o me hicieron lastimándome.

Tú conoces mis limitaciones,

mis errores y mis pecados

conoces los traumas y complejos de mi vida.

Hoy, Padre,

te pido que por el amor

que le tienes a tu hijo Jesucristo,

derrames tu santo espíritu sobre mi,

para que el calor de tu amor sanador

penetre en lo más íntimo de mi corazón.

Tú que sanas los corazones destrozados

y vendas las heridas

sáname aquí y ahora de mi alma

mi mente, mi memoria y todo mi interior.

Entra en mi Señor Jesús,

como entraste en aquella casa

donde estaban tus discípulos

llenos de miedo.

Tú que apareciste en medio de ellos y les dijiste:

“Paz a vosotros ”

Entra en mi corazón y dame tu paz.

Lléname de tu amor,

Sabemos que el amor echa fuera el temor.

Pasa por mi vida y sana mi corazón.

Sabemos, Señor Jesús,

que tu lo haces siempre que te lo pedimos

y te lo estoy pidiendo con María, mi madre,

la que estaba en las bodas de Cana

cuando no había vino

y tu respondiste a su deseo,

transformando el agua en vino.

Cambia mi corazón y dame un corazón generoso,

un corazón afable, un corazón bondadoso,

dame un corazón nuevo.

Has brotar en mi

los frutos de tu presencia.

Dame el fruto de tu Espíritu que es amor,

paz, alegría.

haz que venga sobre mí

el Espíritu de las bienaventuranzas,

para que pueda saborear

y buscar a Dios cada día,

viviendo sin complejos ni traumas

junto a los demás,

junto a mi familia, junto a mis hermanos.

Te doy gracias padre,

por lo que estás haciendo hoy en mi vida.

Te doy gracias de todo corazón

porque tú me sanas,

porque tú me liberas,

porque tú rompes las cadenas

y me das la libertad.

Gracias, Señor Jesús,

porque soy templo de tu Espíritu

y ese templo no se puede destruir

porque es la casa de Dios.

Te doy gracias Espíritu Santo por la fe,

gracias por el amor que has puesto en mi corazón,

¡qué grande eres Señor Dios Trino y Uno!

Bendito y alabado seas, Señor.

Oración del P. Emiliano Tardif










jueves, 6 de octubre de 2011



UNA BUENA CATEQUESIS




miércoles, 7 de septiembre de 2011





UNA PARÁBOLA DE NUESTRA ORACIÓN


Entre tantas cosas que recibe una por correo, sólo alguna me hace pensar, me conmueve o me hace reír. La primera vez que visioné este video de un bebé leyendo me reí con tanats ganas como lo hace - sin que se le vea- su padre. La niña no sabe lo que hace, ni mucho menos lo que dice pero sabe que complace a su padre y vuelve a la carga una y otra vez con gran seriedad.


Lo vi, me reí...y debió quedar en mi inconsciente porque al día siguiente en el rato que guardo para el Señor, sentada en un banco de la capilla, supe de pronto que yo era como ese bebé. A veces no sé lo que me digo, no sé lo que hago, ni mucho menos entiendo qué me dice la Palabra de Dios. Pero me bastaría con que mi oración hiciera reír a carcajadas a Dios, le alegrara la mañana y, encima, presumiera de hija como hace el papá de esta bebé.


Y creo que muchas veces Dios se debe divertir con nuestras oraciones, con nuestras peticiones, con nuestra vaga idea de que hemos hecho oración. Me gusta pensar que Dios pueda reírse de mí con tanto amor. Yo no voy a dejar de "leer" para Él lo que deseo, lo que me preocupa, o que me encanta...bla bla bla...bla..bla...bla...Voy a seguir con mi oración sabiendo que todo da igual. Todo excepto una cosa: alegrarle el día a Dios.



jueves, 21 de julio de 2011



LOS DEFECTOS DE JESÚS, MARÍA Y JOSÉ


Durante muchos años hemos vivido, creo, de un cliché estático de las tres figuras de Nazaret. Aunque parezca sorprendente quizá el que ha escapado más al cliché es Jesús: lo vemos gozoso, lo vemos llorar la muerte de un amigo, enfurecerse con los vendedores del Templo, acariciar niños...En cambio a María, la Llena de Gracia, la concebimos así, siempre llena, siempre en plenitud. Como si se hubiera quedado en el momento de la Anunciación, ese que podríamos llamar su “momento fundante”. O la vemos en la cruz, dolorosa y fiel. A José lo llamamos – cuando nos acordamos- el varón “justo”. Y ya.
Leí recientemente un artículo que me hizo mucho bien porque desmontaba paso a paso una idea que tenemos muy arraigada: la santidad equivale a perfección. Y parece, decía el autor, que ser santo es algo tan simple como dejar pasar la Luz de Dios a través de tu vida, con la psicología que tengas. De la misma manera que un vino excelente puede beberse en una copa de cristal de bohemia o en una copa comprada en un bazar, Dios se sirve de toda persona para manifestarse. Ha habido santos impacientes, con mal genio, tozudos...ha habido santas que somatizaban sus angustias, hipersensibles o excesivamente temerosas o audaces. Y murieron con esas particularidades, con esos defectos que eran propios de su psicología. Pero fueron santos.
Imaginar que José, María y Jesús no tienen sus fallos humanos, sus “defectos” es negarles, en cierto modo, la posibilidad de ser humanos. Si el verbo de Nazaret es “crecer” y ya desde el principio son “perfectos”...¿no nos estamos alejando de entender radicalmente que Dios se hizo carne? ¿que Dios acepta ser sujeto de perfección, que María y José tienen un camino que andar? Tener defectos es propio de la naturaleza humana y es, también, camino de santidad. Asumir los propios y los ajenos nos hace semejantes a Dios, nos acerca a su corazón misericordioso.
Me impresionó que Rita Levi-Strauss, premio Nobel de medicina, hiciera, hace muchos años, un serio y científico elogio de la imperfección. Según ella, sólo las especies que nacieron casi perfectas no han evolucionado. El escarabajo de hoy día es un organismo igual al del escarabajo de hace millones de años. En cambio, continua la científica, la persona ha evolucionado muchísimo desde su aparición en la tierra. Porque no era perfecta. Así que, con todos los respetos, como no pienso tratar a la Sagrada Familia como una especie casi perfecta incapaz de evolución he reflexionado sobre sus defectos. No es incompatible con la concepción inmaculada de María y José el pensar que la Virgen pudiera ser impaciente, que José pudiera estallar a veces y que el Niño Jesús, tres veces santo, pudiera ser tozudo como una mula. ¡Qué poco respeto, dirán algunos! Pero imaginarlos asumiendo también su fragilidad humana me reconcilia con la mía y aleja de mí la tentación, tan frecuente, de calibrar si voy mejorando o no, si supero o no ciertos límites, defectos o debilidades.
Hace muchos años me dijo un sacerdote: moriremos inmaduros. Me pareció un afrase bonita. Hoy, cada vez la descubro, la sé más cierta.
Pero lo importante es que aún con defectos, ni José ni María ni Jesús obstruyeron nunca la Luz. Ellos fueron el ventanal por el cual entró Dios a raudales. Y, siguiendo la imagend e ese artículo que tanto me gustó, la Luz puso de relieve sus desconchones humanos. Por algo, y no sólo por temor santo de Dios, habla María de su pequeñez.
Es posible imaginar pues que María pudiera ponerse nerviosa con lo que le costaba a José cobrar un encargo, un trabajo realizado. La vemos enfadada cuando el niño desobedece y se queda en el Templo. Cabe pensar que José se pelearía alguna vez con Dios, que tan complicada carga le había encargado custodiar.
El evangelio dice muy claro que Jesús crecía. Maduraba, vencía defectos y límites. Pulsiones, tendencias y sombras. Dice también que María no entendía y meditaba esas cosas en su corazón. ¿Pediría alguna vez cuentas a Dios?
Lo cierto es que nada de esto está reñido con la santidad. La santidad se acerca al concepto de plenitud; tanto da, decía Teresa de Lisieux, si eres un vaso como un dedal. Los tres son personas plenificadas. Se saben tierra sagrada de Dios y, por lo mismo, se aman y aceptan tal cual son.
Los tres dicen habitualmente, como Jesús en Getsemaní: no mi voluntad sino la tuya.
¡Qué buena noticia pues la de Nazaret!
No tengo que ser un vaso perfecto, una ventana nueva, una tierra sin un pedrusco...Basta que me deje llenar de Dios, que deje pasar su Luz, que me deje sembrar por Él.
Que no me pide la perfección sino la santidad.

martes, 19 de julio de 2011



IMÁGENES DE NAZARET: LA LEVADURA



En las casas se ve poco la levadura. Antes, cuando el pan se amasaba en cada hogar era de uso frecuente. María lo usó en muchas ocasiones ante los ojos asombrados del niño Jesús que pareció aprender para siempre la lección de la enorme capacidad que tiene lo pequeño para transformar lo grande.
Nazaret es levadura del mundo, sí. Pero si nos fijamos en el aspecto externo de la levadura no podemos decir que revista especial belleza. Es algo insignificante y de hecho son hongos microscópicos unicelulares, aunque eso, desde luego, no lo sabía Jesús. Esos pequeños hongos tienen una enorme fuerza interior para fermentar; pero ese proceso ocurre al descomponerse, al “morir”. La idea de morir para dar fruto, para resucitar, para nacer a nueva vida la aprendió Jesús en su hogar desde muy pequeño y con cosas y hechos muy simples que él leyó como Palabra de su Padre. En efecto, ante los ojos de Jesús niño ocurría el milagro diario: su madre hacía una masa e introducía un poquito de levadura. En realidad, había dos milagros:el del fermento de la masa y el hecho de que Jesús niño se percatara de un milagro tan chiquito y aprendiera así, para siempre, cual es el estilo del Padre. Pareciera que, definitivamente, Jesús se enamoró en Nazaret de lo pequeño.
Lo pequeño, lo anónimo, lo irrelevante – los niños, la sal, el grano de mostaza, la levadura...- le sirve a Jesús, en su vida adulta, para explicar la grandeza del Reino. Un Reino que, sin lugar a dudas, es hogar.
El hogar de Nazaret es hogar de pequeños. María lo proclama en su Magnificat: ha mirado la pequeñez de su sierva. De estas palabras se hará eco Jesús en lo que conocemos también como su Magnificat: el Padre ha escondido estas cosas – las de Dios- a los sabios y las revela a los pequeños, a los humildes. José, simplemente, actuará como niño que se abandona en su Padre.
El hogar de Nazaret es levadura del mundo.La levadura no es fea, es común, anodina. Su enorme fuerza está en lo interior. Y para que esa fuerza se revele hay una condición: debe ocultarse. Oculta pero no inactiva. Así es la vida de Nazaret.
Normalmente vivimos buscando el protagonismo, alejándonos de Nazaret al pretender que nuestra opinión sea valorada, que nuestros hechos sean aceptados y aplaudidos. Desde ese paradigma nuestra vida se convierte en la semilla que cae en terreno pedregoso: estéril y destinada a la muerte.
Ser de Nazaret es reconocer que Dios es levadura, potencia omnipotente. Él es quien transforma el mundo, quien acrecienta el bien, sostiene la espernaza, anima al decaído, fortalece al débil, apaga la sed el caminante. Él está haciendo germinar, Él fermenta nuestro corazón hasta ensancharlo, acrecentarlo, expandirlo.
¿Tenemos la mirada limpia de Jesús para darnos cuenta del milagro diario que sucede en nuestras vidas y en nuestro mundo?
Si el hogar de Nazaret se convirtió en levadura del mundo que aún hoy sigue actuando es porque los Tres dejaron que Dios introdujera en su ser la levadura de la divinidad. Y así, los Tres se convirtieron en la más viva imagen de la Trinidad del Cielo.
Es eso lo que ocurre: Dios no se impone, no fuerza. Pero una vez se le abren de par en par las puertas del corazón...nada vuelve a ser igual.
La Belleza, esplendor de la Verdad, empapa las vidas de quienes van por el mundo, como Jesús, María y José, con Dios en su corazón. Son vidas luminosas en las que Dios, oculto pero no inactivo, actúa incluso cuando no se percibe.
Vayamos a Nazaret. Allí se aprende el valor infinito de lo pequeño, de lo anónimo, de lo común.

lunes, 13 de junio de 2011


LLEVA TUS SENTIDOS A NAZARET (II)

OÍR



Si será importante este sentido que es aquel por el cual recibimos la fe. Se nos ha explicado, se nos ha hablado de Jesús, de las verdades reveladas. María escuchó lo que el ángel le decía, José lo oyó también en sueños. Sólo después vino el “Hágase” que cambió el mundo. Ambos, judios de raza y corazón, se habían forjado en la oración judia por excelencia, el Shemá:
Escucha Israel
El Señor es tu único Dios...

Oír no siempre nos lleva a escuchar. Vivimos inmersos en el ruido y hemos aprendido a defendernos. Tanto, que ha nacido un serio problema: hoy son muchos los jóvenes que tienen miedo al silencio. Y si Jesús “crecía” es porque vivía inmerso en un silencio que acabó siendo sonoro. De hecho, Jesús es la Palabra porque fue engendrado y creció en el Silencio. Sin él no hay posibilidad de trasmisión.
En Nazaret, dijo Pablo VI, se aprende una lección de silencio. El silencio es

“esta condición admirable e indispensable del espíritu, cuando nos encontramos envueltos en tantos clamores y gritos provenientes de esta ruidosa e hipersensibilizada vida moderna. Silencio de Nazaret, enséñanos el recogimiento, la interioridad, la disposición para escuchar las inspiraciones y las palabras de los verdaderos maestros; enséñanos la necesidad y el valor de las preparaciones, del estudio, de la meditación, de la vida personal e interior, de la plegaria que Dios ve en lo secreto.”(Homilía del Papa Pablo VI en la Iglesia de la Anunciación. Nazaret, 5-1-64.)

Sólo las obras preñadas de silencio, las engendradas en el silencio pueden alcanzar valor. Silencio precisa un artista para componer. Y silencio necesita la persona humana para componerse. Sólo el silencio permite preguntarse, explorar respuestas. Sólo el silencio nos equilibra.
Por eso Nazaret es silencio que enseña a escuchar. Con el oído físico, con los oídos del alma. Jesús niño escuchó en silencio todo aquello que de mayor convirtió en palabra.
El silencio, que debería ser un don, se convierte en una conquista que muchos no desean alcanzar. Y no obstante, todo niño, como Jesús, debería tener derecho a su “rincón” para pensar, para estar solo, para leer. Con frecuencia esa intimidad es avasallada por mil artilugios – juguetes, música estridente- que consiguen que el niño no aprenda, no experimente su propia interioridad. El resultado es que vamo sedientos y sedientos de ser escuchados pero hay pocas personas que sepan escuchar. Y esas son las que no sólo no huyen del silencio sino que lo preservan como el tesoro que es.
De José, el hombre que escuchó la voz del ángel, el silencio del misterio del cual participaba, el niño del cual era custodio, no tenemos ni una sola palabra. Su clima habitual es un silencio tan rico que es un continuo monólogo interior con Dios. Por eso, hasta cuando sus sentidos duermen, su corazón vela, escucha a Dios. Como dijo Pablo VI, hombre de silencio y palabra certera “el silencio es la actividad profunda del amor que escucha”.
De María el evangelista repite una y otra vez que “guardaba todas estas cosas en su corazón”. Posiblemente no entendía cómo tenía entre sus brazos la zarza ardiente, cómo la tenía en casa. Pero con respeto sagrado – y eso implica silencio- meditaba cuánto vivía porque Dios se iba manifestando día a día y era preciso estar atento.
De Jesús no se nos dice nada. Pero se nos dice mucho porque se nos dice que “crecía en edad, sabiduría y gracia” y ese es el fruto directo del silencio. Sólo el silencio alimenta el alma y la hace crecer.
Por eso es preciso ir a la escuela de Nazaret para aprender esa lección de silencio. Hay que acallar las preguntas que nos invaden y convierten el corazón en un mercado – qué hay que hacer, adónde voy ahora, a quién tenía que llamar...- para permitir que emerjan las auténticas preguntas del corazón, aquellas que toda persona, por el hecho de serlo, lleva sembradas en lo más hondo. Preguntas por el sentidod e la vida, la misión, la Voluntad del Padre. Preguntas por la felicidad, la vida, la muerte, el amor...
Sólo así podemos colaborar con Dios en nuestra propia felicidad. El gran escultor vasco Eduardo Chillida dice “Es estando “a la escucha” de lo que quiere salir que sale algo. No sale lo que yo quiero”
Dios, cuando nos habla, tiene para cada uno un “tono” especial. Por ese tono le reconoce María, que llora junto al sepulcro: ¡María! Y la vida de esa mujer que no había visto en Jesús más que un hortelano cambia cuando escucha su nombre en boca de Jesús.
Es preciso acudir al silencio del Sagrario, forja de grandes apóstoles. Allí está el Maestro y nos llama. “Mira, estoy a la puerta y llamo. Si alguien me escucha y abre la puerta entraré en su casa y cenaré con él y él conmigo” (Ap 3,20)
Nuestro oído interno se afina con horas de silencio.Si queremos ser de Nazaret, si queremos ser de la familia de Jesús, es preciso escuchar: Mi madre y mis hermanos son los que escuchan la Palabra de Dios y la cumplen (Lc 8,21)
Resulta claramente significativo que cuando una mujer alaba espontáneamente a María por ser la madre de tal Hijo, Jesús corrija y resitúe la importancia de María que no le viene de haber engendrado a Jesús sino de haber escuchado siempre la Palabra de Dios (Lc 11,28). Algo que todos estamos llamados a hacer.