lunes, 3 de mayo de 2010

DIARIO APÓCRIFO DE MARÍA
De mi infancia recuerdo yo la Presencia.
La niña que yo fui se preguntaba
qué o quién la invadía,
qué hilos tiraban de su sangre ¿hacía donde?
Recuerdo que una noche me desperté llorando
asustada de lo ancho del sueño,
como si no tuviera corazón para tanto.
La vida -como un traje-
se me iba quedando pequeña, y avanzaba
por el misterio que, misteriosamente,
se me volvía dulce y cotidiano.
Ni rezar era necesario. Lo invisible
crecía en mí
silencioso
como los sueños de la hierba en la noche.
(MARTÍN DESCALZO)



HA COMENZADO EL MES DE MARÍA
Mirar, contemplar a María, debe servir para ver si nuestra vida se parece en algo a la de nuestra Madre. Todos los hijos llevamos algo de aquella que nos engendró. Día a día, revisemos, bajo algún aspecto, qué tal andamos de parecido con Ella...
1 – María de la Anunciación: perdona Señor, mi falta de aceptación del plan de Dios; perdona que no dialogue contigo, que no escuche. Perdona mis rebeldías a tus deseos y designios, mi falta de respuesta a tu Voluntad.
2- María de la Encarnación: Perdona mi resistencia a acoger a Cristo en mi vida, en mi corazón. Perdona por no encarnar tu mensaje aún llamándome cristiano/a.
3- María de la Visitación: Perdón por mi poco servicio, por poner excusas, por no saber servir o servir solo a los que me caen bien. Por creer que puedo servir en “tiempos libres” por dar tiempo en el que nada tengo que hacer. Perdón por presumir a veces de mis servicios…
María, Tú que fuiste la Redimida perfecta, enséñanos a acoger la Voluntad del Padre con la sencillez, alegría y donación con que tú lo hiciste.


miércoles, 14 de abril de 2010



VERBOS DE NAZARET (II)

ABAJARSE

No deja de resultar significativo que la primera acción que se adjudica a Jesús cuando ya ha entrado en la edad adulta, y después de los tres días en que permanece en el Templo, es la de bajar: bajó con ellos a Nazaret.(Lc 2,51)
Si el Señor pudo realizar sus planes de redención en María y José es porque ambos se sentían y definían como esclavos de Dios:
“Ha mirado la humillación de su esclava” canta María.
Los dos son el humus, palabra de la cual nace el vocablo humildad, de la Nueva Creación. Ellos son el jardín delicioso por el cual Dios baja para pasear a su aire con la nueva humanidad (Gn 3,8), como baja al monte Horeb para hablar con Moisés y dejar una senda señalada y una alianza establecida, aunque en Nazaret la Alianza sea definitiva y nueva. José y María son ese jardín en el cual Dios se recrea enamorado entre flores para coger los lirios (Ct 6,2).
Pero con el Niño, José y María, tienden a subir: suben a Belén para empadronarse, suben al Templo para circuncidarlo, dejan que Simeón lo suba en alto; y Dios se empeña en hacerles ver, también a ellos y especialmente a ellos, que hay que ir bajando, abajándose. En Belén Dios se abaja a la humillación máxima al descansar en un pesebre de animales; y en brazos de Simeón brilla el anuncio de la espada de dolor. No, no es un Niño que nazca para lo gloria humana.
El cántico de Filipenses alcanza las cotas más altas de conocimiento del Hijo de Dios:
Jesucristo, que era de condición divina, no se aferró a su dignidad sino que, haciéndose como uno de tantos se abajó y se hizo obediente hasta la muerte, y muerte de cruz (Flp 2,7-8)
Qué bien lo canta el poeta: Hay más distancia de Dios a hombre que de hombre a muerte... ( Góngora ) Esa distancia la ha acortado para siempre el abajamiento de un Dios que toma nuestra condición carnal con todas sus limitaciones, incluída la muerte.
Para quien vive en Nazaret no es posible olvidar que el cántico de los Filipenses se inicia con una exhortación: tened en vosotros los mismos sentimientos que Cristo (Flp 2,5). Nazaret es pues una manera de mirar el mundo, es un vivir descendiendo, es camino de abnegación. Ser de Nazaret implica renunciar a los propios sueños para dar cabida a los de Dios.
Un sueño, el de Dios, que consiste en hacerse pequeño, abajarse. Sólo quien así lo asume se adentra en el estilo más divino.
El camino del descendimiento de Jesús se inicia en Belén para luego “bajar con ellos a Nazaret y estarles sujeto” (Lc 2,52). Nazaret es el crecimiento oculto y lento de una semilla; el aparente desperdicio de los mejores años de Jesús, el valor extraordinario de lo ordinario. Nazaret es el silencio clamoroso de Dios, el buscar continuamente cómo estar en las cosas del Padre, el vivir de silencio, trabajo y oración.
En Nazaret la vida de Jesús es la de alguien que vive en baja condición: familia humilde, trabajadora, sujeto a sus padres en todo...en fin, Dios se ha hecho “aprendiz de hombre”. Charles de Foucauld lo describe así:


“Él descendió, se hundió, se humilló. Esto es, fue una vida de humildad: Dios, tú apareces como un hombre; hombre te has hecho el último de los hombres. Fue la tuya una vida de abyección hasta el último de los puestos; tú descendiste con ellos para vivir su vida; la vida de los pobres obreros, viviendo de su trabajo; tu vida fue como la suya, pobreza y trabajo; ellos vivían oscuramente, tú viviste en la penumbra de su oscuridad: Fuiste a Nazaret, pequeña ciudad perdida, oculta en la montaña, de “donde nada bueno puede salir” según se decía; fue el retiro, el alejamiento del mundo y de las capitales. Tú viviste en ese retiro. Tú estabas sometido, sometido como un hijo lo está a su padre y a su madre; era una vida de sumisión, de sumisión filial: obedecías en todo lo que obedece un buen hijo (...) así durante los treinta años fuiste el hijo más tierno, el más atento, el más sumiso, el más amable, el más consolador, complaciendo en todo lo posible a tus padres. (Escritos Esenciales)

Ya mayor Jesús se definirá como pan “bajado del cielo” (Jn 6,33) y declarará que no ha “bajado del cielo para hacer su voluntad sino la del que me ha enviado”(Jn 6,38)
Nazaret es pues un camino de abajamiento: Dios desciende a mortal condición y Jesús se abaja a obedecer a los suyos, les está sujeto como buen hijo; Jesús se abaja a que su condición humana sea puesta al límite en las tentaciones, una de las cuales consiste en llevarlo a “lo alto” del templo (Mt 4,5); poco después el Espíritu baja (Lc 3,22) sobre él y la vida de Jesús se convierte en un descenso de servicio para acabar abajándose a lavar los pies a quienes le siguen. Pero antes ha enseñado a los suyos a buscar los últimos puestos, ha puesto de modelo preferido a un niño. Él que se define como pan vivo bajado del cielo está atento a no quedarse en lo alto del Tabor sino a descender de él para atender a los que le piden que baje a curar un hijo enfermo. Aunque geográficamente Jesús “sube” a Jerusalén lo hace descendiendo: se abaja aún más al aceptar ser rechazado, traicionado, escarnecido, ejecutado con patente humillación. Fijémonos que sólo es levantado en lo alto cuando es crucificado. Y en ella el “bajar”, como le sugieren burlonamente algunos, se convierte en una tentación porque “se baja de un trono pero no de una cruz” (Pablo VI) Esa es la única “grandeza” que Nazaret reclama: la de la cruz.


"Toda su vida fue sólo bajar. Bajar encarnándose, bajar haciéndose niñito, bajar haciéndose obediente, bajar haciéndose pobre, abandonado, desterrado, perseguido, ajusticiado, poniéndose siempre en el último lugar". (Charles de Foucauld. Escritos esenciales)


Ya muerto, lo bajarán de la cruz y lo depositarán en lo profundo de la tierra. Y entonces, como canta nuestra profesión de fe, culminará su kénosis “descendiendo a los infiernos”. Nazaret nos pide hoy que seamos capaces también de descender a los infiernos, a esos ámbitos en los que Dios parece ausente, en que sólo se ve una lenta y progresiva deshumanización. El descenso de Cristo a los infiernos viene a completar su anonadamiento pues si no parece propio de un Dios tomar carne humana menos, mucho menos, parece propio de su ser bajar a los infiernos, a su propia negación. Pero sólo el descenso redime. Y Nazaret debe estar presente en los sitios más alejados de Dios y de la dignidad humana. Sólo haciéndonos a todo podremos ser, con Jesús de Nazaret, corredentores. Porque Nazaret es, en palabras de Felipe Fernández Alia, la imagen renovada de David y Goliat. Nazaret derrota día a día al gigante del mal porque es débil, va desarmada y sabe abajarse, confiada en que sólo Dios es grande


viernes, 9 de abril de 2010

ASI ACABÓ FUNCIONANDO...

PESE A TENER DOS HERMOSOS CHORROS...


SEÑOR DEL LAVAMANOS
Dios habla a través de las cosas más extrañas. Es fácil leerle en una flor, el rostro de un niño o verlo en las arrugas de la sonrisa de un anciano.
Pues no; a mí me ha hablado a través de un feo, un feísimo lavamanos. Esta visto que de todo se sirve el Señor y menos mal que me pilló con las antenas puestas…
Me explicaré: he estado unos días fuera, en una casa sencilla, cuyas habitaciones tenían, tan sólo, lavamanos. Nada de lujos de duchas y baños interiores que, para eso, había que andar lo suyo y hacer cola.

Mi lavamanos – ¿he escrito “mi”? Por Dios, hasta de lo feo nos posesionamos…- tenía dos grifos que funcionaban bien, chorro potente y generoso. Lo que no iba tan fino era el desagüe. Por más que miré e indagué, tenía algo en su interior que lo obstruía. Tragaba el agua, sí, pero muy, muy despacio.
Puesto que me sabía mal molestar por tan poca cosa me acostumbré a abrir un solo grifo y a dejar que saliera de él un chorrito de agua. Aún así debía esperar a que tragase. Cuando me di cuenta llevaba cuatro días lavándome a “ritmo de desagüe obstruido”. Abre, cierra, espera, abre, cierra, espera. Y vuelta a empezar.

Hasta que un día, el lavamanos habló: “Así ocurre en la vida espiritual. Dios quiere dejar caer sobre ti el Agua de su Gracia de forma abundante. Pero necesita que tu corazón no esté obstruido por nada. Debes sacar de ti, no esa caída imprevista, esa debilidad, sino ese impedimento consentido que ha penetrado y se ha instalado en ti. Dios comprende tus caídas pero no acepta que de forma permanente acojas lo que se opone a Él. En esa situación no puedes engullir su Gracia – que no te niega- porque tu corazón, sabiamente, la rechaza. Dios necesita el recipiente adecuado para derramarse. Si tú no lo eres, haces inútil la Gracia de Cristo”

Me he quedado anonadada. ¿Cómo estará mi desagüe? ¿Cómo está mi corazón?
No me queda más que decir: Bendito seas, Señor del Lavamanos…


miércoles, 7 de abril de 2010




EL SALMO DE NAZARET: COMO UN NIÑO
EN BRAZOS DE SU MADRE ( 131)



Señor mi corazón no es ambicioso
ni mis ojos altaneros.
No pretendo grandezas
que superan mi capacidad
sino que acallo y modero mis deseos
como un niño en los brazos de su madre.
Espere Israel en el Señor
ahora y por siempre.


Es de una belleza sin límites imaginar a María o a José enseñando este salmo a Jesús niño. Por supuesto que le enseñaron otros muchos pero no resulta difícil aventurarse a pensar que esta pequeña joya espiritual y literaria cautivó y forjó el alma de Jesús. Que este es, por tanto, el salmo de Nazaret.
¿Qué puede hacernos pensar que este salmo tiene especial incidencia en el crecimiento espiritual de Jesús? Creo que son varias las razones.
La primera que María, y también José, eran espejo vivo, encarnación familiar y entrañable, de las palabras que enseñaban al Niño. Jesús aprendió el salmo sin poder distinguir demasiado si la oración que su abbá o su immá le enseñaban era una plegaria dirigida al Altísimo o era la definición de sus padres. Descubrir que era ambas cosas a la vez le llenaría de gozo. María no dijo sólo en el momento de la anunciación y de la visitación que era “esclava” y “pequeña”, que todo lo recibía de Dios. Lo rezó y actualizó muchas veces en su vida. Y José, de quien no tenemos ninguna palabra...qué bien encarna ese niño que no habla pero vive abandonado en la providencia de un Dios hecho ternura maternal para sus pequeños! Y qué bien supo ser para los suyos ese regazo maternal en el cual un niño se acurruca cuando intuye el peligro...
La segunda razón que lleva a pensar que Jesús amaba este salmo es que además de recordarle a sus padres terrenos, lo define también a Él cuando decide abrir su interioridad: “Aprended de mí que soy manso y humilde de corazón, y hallaréis la paz para vuestras almas” (Mt 11,29-30).
El salmo rezuma la actitud básica de la espiritualidad de Nazaret: el abandono, la confianza en Dios. Pero esa actitud no es pasiva, al contrario, es de una actividad interna increíble porque no puede cesar ni un instante. Es cada día, cada segundo, que debemos trabajar nuestro corazón para acallar y moderar los deseos que nos alejan de Dios. Como personas normales también María y José tuvieron deseos que acallar, anhelos que moderar. Y los tuvo Jesús, de quien conocemos las tentaciones. Cuando Jesús le dice al diablo que el hombre no vive solo de pan sino de toda Palabra que sale de la boca de Dios se establece un claro paralelismo con la leche materna. El salmo no dice propiamente, al referirse al niño, que está “en” los brazos de su madre sino “sobre” los brazos de su madre, lo cual según algún exegeta sugiere la postura en que una madre coloca al niño que, una vez saciado, necesita expulsar el aire. De la misma manera que el niño sólo se sacia de la leche de su madre, la persona sólo encuentra su alimento en la Palabra de Dios. “Yo tengo por comida un alimento que vosotros no conocéis” (Jn 4, 32) dirá Jesús a sus discípulos. Y quien conoce el alimento básico ya no necesita nada más porque sólo Dios basta. Dios es leche materna, es pan sólido. Alimento que se deja comer por su creatura.
El salmista conoce bien la psicología humana; el “corazón” es la sede de los afectos y los “ojos” representan nuestra manera de situarnos en el mundo, nuestra manera de relacionarnos con él y con cuantos nos rodean. En Nazaret los afectos están al margen de toda ambición porque Dios sólo puede crecer – que es lo que hace en Nazaret – en el “humus”, en la humildad. Y la altanería, la altivez, es lo contrario a la espiritualidad relacional que viene a enseñarnos la Encarnación. Si Dios, que es el único “alto” no se ha aferrado a su condición y se ha abajado hasta hacerse uno de tantos, un hombre cualquiera...¿no caemos en el ridículo cada vez que dejamos penetrar en nuestro corazón la altanería?. El corazón y la mirada de quien vive la espiritualidad de Nazaret están unificados en Dios y el único fruto posible es la paz. Ya lo expresó San Josep Manyanet: “En Nazaret se te enseñará y encontrarás lo que quieres y tu corazón desea”
[1].
Y lo que de verdad deseamos es ver el rostro de Dios que sólo verán, dice Jesús, los limpios de corazón. Los que son como ese niño abandonado en el regazo de su madre.
El salmista deja claro que vivir como niños es el único camino para adentrarse en el corazón de Dios. Otra razón para creer que este salmo gustaba a Jesús, pues Él es el primero en atreverse a poner de ejemplo a los niños: “Si no os hacéis como niños no entraréis en el Reino de los Cielos” ( Mt 18,3). Porque el niño, la persona que vive como niño confiado, es lo contrario al hombre Adán que sucumbió a la tentación de “ser como dioses”. Nazaret, que vive y encarna este salmo, es nueva creación. En el Paraíso que fue el hogar de la Sagrada Familia nada pudo hacer la serpiente. Nadie quería ser “como Dios”...ni tan sólo quien sí lo era! Los tres vivieron en humilde sumisión y dependencia, en filial abandono y confianza al Padre. Cuando Juan, en el sublime prólogo a su evangelio nos habla de la Palabra hecha carne, concluye así: “A Dios nadie lo ha visto jamás. El Unigénito, que está en el regazo del Padre, es quien lo ha dado a conocer” (Jn 1,18). De lo cual es fácil deducir que el abandono es una virtud divina. ¿Qué pensaría María al tener a Jesús muerto en brazos cuando lo descendieron de la cruz? ¡Lo había tenido tantas veces en su regazo!

Aún en un salmo tan breve el final supone la clave: esperar.
El salmista ha dejado claro que no “pretende” grandezas. Pretender es un verbo radicalmente opuesto a esperar. El primero se sustenta en el esfuerzo humano, en la ambición propia y en la vana idea de tener méritos propios. El segundo se vive cuando todo se reconoce como don y gracia, cuando se experimenta que sin Dios nada podemos y Él brilla en nuestra debilidad. Israel debe esperar en Dios y el nuevo Israel lo forja esa familia santa de Nazaret que todo lo recibe de Dios. María no entendía y reflexionaba. José no entendía y obedecía. Jesús no entendía y renunció al sueño de que Israel acogiese el Reino, renunció al éxito que humanamente podía esperar y acogió el fracaso.
Pero toda esa paz que emana del salmo es don de Dios que precisa la colaboración de la persona. Por eso es necesario acallar y moderar los deseos que nos alejan de Dios “ahora y por siempre”. Y sólo es posible renunciar a grandezas e ilusiones humanas cuando se tiene la vívida experiencia de ser amado por un Dios que nos mantiene en su regazo.


[1]

Manyanet, Josep. La Escuela de Nazaret. Primera parte,visita I


martes, 6 de abril de 2010


¡CRISTO HA RESUCITADO!
Con el asombro de Pedro, Juan y María comenzó una historia de amor acrisolada en la cruz. Y todavía vivimos el asombro de sentirlo más vivo de lo que, a veces, nosotros mismos estamos. ¿Cómo miraría María a su hijo, a Aquel que seguía siendo "su pequeño"?
Que Cristo resucite en ti. Ayúdale a rodar la piedra que cubre su rostro.