lunes, 14 de junio de 2010


MONJAS CON SÍNDROME DE DOWN

Recojo la notícia, que no conocía y me impresiona positivamente:

Hace apenas unos días que un actor con síndrome de Down, Pablo Pineda, ganaba el premio al mejor actor en el Festival de Cine de San Sebastián, con una película («Yo, también») que habla de amor, de ternura y de la capacidad del ser humano para romper barreras. La misma historia que se lleva viviendo desde hace 24 años en el monasterio de Le Blanc, en Francia. Allí, la comunidad de Hermanitas Discípulas del Cordero acoge a jóvenes con síndrome de Down en su congregación. Una característica atípica en el mundo de las comunidades religiosas, donde las exigencias propias de algunas congregaciones hacen muy difícil esta integración. La posibilidad de que una persona con discapacidad pueda formar parte de una comunidad depende de los requerimientos de cada una: «Lo importante es que esta discapacidad no constituya un obstáculo o dificultad insuperable para poder llevar adelante la vida propia de la congregación, orden o instituto. No se trata de una especie de discriminación, sino más bien de un acto de caridad para con estas personas, pues puede ser muy frustrante para ellas el no poder realizar aquello a lo que se han comprometido al emitir los votos», explican. Porque para las Discípulas del Cordero, no existe impedimento alguno. Fundada en 1985, su vocación es eminentemente contemplativa, basada en la Regla de San Benito y en el camino de la Infancia Espiritual de Santa Teresa del Niño Jesús, y ofrece a las jóvenes con síndrome de Down la posibilidad de realizar su vocación religiosa, acompañadas por otras Hermanas «válidas» de la comunidad. Para Dios no hay obstáculos «Aunque en el ámbito del espiritual, los términos de “validez” y de “discapacidad” deben relativizarse», afirma la hermana Line, responsable de la comunidad. «La discapacidad más grave ¿acaso no es la producida por el pecado, que obstaculiza la vida de Dios en el alma?», se pregunta. «Una persona que acoge plenamente la gracia se construye y se abre también humanamente», asegura. La vida cotidiana se ajusta al «ora et labora» benedictino: participan en la misa, hacen oración y realizan trabajos de costura, bordados, repostería, etc. La comunidad está asistida por el monasterio benedictino de Fontgombault. Hoy, la comunidad reúne bajo el mismo techo a diez hermanas, felices por igual".

Claro que, buscando una mayor información sobre esta Congregación, me encuentro con un blog que recoge firmas para denunciarlas puesto que "canónicamente" estas hermanas no pueden comprender los votos y corren el "peligro" de ser explotadas en labores domésticas. Para una buena noticia eclesial que encuentro, una noticia que me habla de la ternura de Dios...me topo cinco minutos después con los legalistas. Qué pena.

viernes, 11 de junio de 2010


SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS, APOYO DE MI FRAGILIDAD



"Con amor eterno te he amado"(Jer 31,2)
El que tenga sed, que venga a mí y beba; el que cree en mí, como dice la Escritura, de sus entrañas (o corazón) manarán ríos de agua viva. (Jn, 7,37-38)

Jesús es el corazón donde nuestra humanidad bebe y se transfigura. En su interioridad hallamos aquello que nuestra propia interioridad anhela.
Pero Él ¿dónde reposó? ¿dónde bebió? ¿dónde descansó su decepción, su dolor? ¿A quién fue?
Una sola palabra da respuesta a ello: Nazaret.
Nazaret fue siempre la fuente insondable en la que Jesús bebió. Allí experimentó de una vez para siempre sentirse amado desde toda la eternidad por el Padre. Allí aprendió a amar hasta el extremo. Allí se encendió, como zarza incandescente, su amor. En Nazaret halló su vocación.
Comprender el corazón de Jesús tiene un camino: descender a Nazaret.

AL CORAZÓN DE JESÚS
De Dios sabemos poco, más bien nada;
pero tenemos ya experimentado
que Dios es un Amor siempre entregado,
total gratuidad no calculada.

El Dios –Amor, esencia eternizada,
en su Hijo Jesús quedó encarnado
y al que luego, en la cruz, dejó clavado:
¡Amor loco de Dios!¡Corazonada!

Corazón de Jesús, tan fuerte y tierno,
corazón tan divino, tan humano,
tan manso, tan humilde y tan fraterno.

Icono del Amor de un Dios cercano,
de un Dios de corazón siempre materno:
¡el Amor que es servicio cotidiano!
(José Luís Martínez)

miércoles, 9 de junio de 2010


SE ACERCA LA FIESTA DEL SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS...
Siempre he pensado que el arte no le ha hecho justicia al misterio del Corazón misericordioso de Jesús. Y hoy, al contemplar este abrazo de Jesús a una mujer, sé que el amor que Él me tiene le hace acogerme en mi totalidad, aceptarme y amarme cómo soy. Solemos imaginar el abrazo como el encuentro de dos que vienen de posiciones distintas. Quizá es el primer paso. Porque luego, Jesús te va girando suavemente para hacerte contemplar aquello que Él ve: tu propio pecado...pero con sus ojos. El dolor de los hermanos...con sus ojos. Las miserias y los límites de otros...pero con sus ojos. La misión a la que te llama...con sus ojos.
Esta mujer se apoya totalmente en Jesús. Y resulta curioso que cuando Jesús ya ha cerrado los ojos, ella los mantiene abiertos. Ella continua lo que Él inició, ella ve por Él, ama por Él. Y también Jesús se apoya en ella.
Os dejo con un texto de Sor Isabel de la Trinidad. Que sirva para ir abriendo el corazón a su Amor infinito.


"Tú eres amada extraordinariamente, amada con el amor de predilección que tuvo el Maestro en la tierra hacia algunos y que los llevó tan lejos. El no te dice como a Pedro: ¿Me amas más que éstos? Escucha lo que te dice: ¡Déjate amar más que éstos!, es decir, sin temer que algún obstáculo sea obstáculo, porque Yo soy libre para derramar mi amor en quien me place. ¡Déjate amar más que éstos!, ésa es tu vocación, y siendo fiel a ella me harás feliz porque engrandecerás el poder de mi amor. Este amor sabrá rehacer lo que hubieres deshecho. ¡Déjate amar más que éstos! […] La fidelidad que te pide el Maestro es de permanecer en comunión con el Amor, de derramarte, de enraizarte en este Amor que quiere marcar tu alma con el sello de su potencia y grandeza. No serás superficial si estás despierta en el amor. Pero en las horas en las que no sientas más que el decaimiento, el cansancio, le agradarás todavía si eres fiel en creer que El obra aún, que te ama de todas formas, y más aún: porque quiere engrandecerse en ti. […] (Sor Isabel de la Trinidad)

domingo, 6 de junio de 2010


EN EL DÍA DE CORPUS



Preguntas de amor

Si es pan lo que vemos, ¿cómo dura
sin que comiendo dél se nos acabe?
Si Dios, ¿cómo en el gusto a pan nos sabe?
¿Cómo de solo pan tiene figura?

Si pan, ¿cómo le adora la criatura?
Si Dios, ¿cómo en tan poco espacio cabe?
Si pan, ¿cómo por ciencia no se sabe?
Si Dios, ¿cómo le come su hechura?

Si pan, ¿cómo nos harta siendo poco?
Si Dios, ¿cómo puede ser partido?
Si pan, ¿cómo en el alma hace tanto?

Si Dios, ¿cómo le miro y le toco?
Si pan, ¿cómo del cielo ha descendido?
Si Dios, ¿cómo no muero yo de espanto?

Fray Luis de León

sábado, 5 de junio de 2010

NAZARET, ESPIRITUALIDAD DE LA PRESENCIA


Ya en el Génesis descubrimos a un Dios cercano que le gusta hacerse presente cada día entre sus amigos y baja a pasear por el jardín del Edén. Hasta que la primera pareja se aleja de Él, lo rechaza. A partir de ahí todo el Antiguo Testamento nos narra la rebeldía de un pueblo con el que Dios se empeña en tener un vínculo especial que se rompe una y otra vez porque Israel es “duro de cerviz”. Pero Yahvé restablece siempre las alianzas, envía profetas. Se había hecho Presencia a través de la Shekiná, la nube que cubría y guiaba al pueblo hacia la Tierra Prometida. Se hace presente en el arca de la Alianza. Se define siempre como aquel que desea a su creatura más de lo que ésta lo desea a Él.
Finalmente, en la plenitud e los tiempos, Dios envía a su Hijo para ser Presencia tangible del infinito amor que Él nos tiene. Cuando el ángel anuncia a José el embarazo de María le dice que el fruto de su vientre será llamado Emmanuel, que significa “Dios con nosotros”. Jesús retoma ese concepto cuando proclama que donde “hay dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos” (Mt 18, 20) y finaliza su presencia entre nosotros asegurando que Él estará “ con nosotros hasta la consumación de los siglos” (Mt 28,20). Las palabras de Juan que se renuevan cada día en el rezo del Ángelus – Y habitó entre nosotros - son la culminación teológica de la decisión divina de plantar su tienda entre nosotros.
Dios ha venido a hacernos compañía pero no olvidemos que ha plantado entre nosotros una tienda, no un palacio. Es un Dios pobre y nómada. Él asume la genealogía que nos pone de manifiesto el primer capítulo de Mateo en la que hay personajes notorios y notorios pecadores porque asume toda condición humana. Sólo la presencia puede salvar; quizá por eso no hay diferencia entre ser Enmanuel y llamarse Jesús, Salvador.
Jesús, como es obvio, no nace al llegar la plenitud de los tiempos sino que el tiempo llega a su plenitud porque Dios se hace presencia, porque Dios se hace carne tangible, bebé llorón. El Dios de las promesas es en Nazaret el Dios de la Palabra cumplida, de la Palabra encarnada. Ser de Nazaret supone trabajar para que el sueño de Dios, la promesa, sea en mí una realidad.
José y María estaban habituados a la presencia de Dios representada por el ángel. De hecho la definición de José y María es la de quien vive habitado por la presencia de Dios. La primera pareja gozaba también de esa presencia de Dios y la perdió. Por eso aquello que llamamos pecado original no es una mancha, imagen que se usa con frecuencia, sino un vacío de Dios. Un vacío que no existe en María, saludada por el ángel como “llena” de Gracia. Un vacío que tampoco existe en José, reconocido como “justo” que es la consecuencia d la plenitud de Dios y que nada tiene que ver con nuestro sentido occidental de justicia. Es en ese sentido que insisto en contemplar y dar a conocer Nazaret como nueva Creación. En ese hogar santo la Presencia de Dios perfuma toda la casa. Y ese hogar es, lo sepamos o no, la vocación de toda persona porque toda persona vive habitada por Dios. Y en nosotros Dios quiere crecer, expandirse.
Pero a José y María se les va a pedir que se abran a una nueva manera de ver a Dios, a una manera que poco tenía que ver con la que estaban acostumbrados porque Dios en Nazaret rechazará lo espectacular para esconderse en lo cotidiano; amará lo sencillo, vivirá, sufrirá y tendrá las mismas esperanzas que su pueblo. Crecerá como se crece siempre: lentamente. Y será un Dios que necesite ayuda y protección. Lo importante para quienes intentamos vivir la espiritualidad de Nazaret es asumir que Dios necesita de mí para crecer en el Nazaret que hoy es mi corazón, mi hogar y el mundo entero. Dios precisa mi “hágase” como necesitó el de María y José. Dios vuelve a pedir que lo reconozca en esa presencia suya que es el secreto clamoroso de nuestro mundo.
Para ello me hace falta romper, dejar atrás toda imagen de Dios. Acercarme a Él desnudo de conceptos y prejuicios. Hay que pasar del Dios que “debería ser” al Dios que es. Para empezar, y aunque el universo entero lleva la firma de Dios, a Dios le gusta el anonimato. ¿Cuántos beneficios recibo al día que se me dan de forma tan callada y silenciosa que parece que Dios sea el Dios huidizo que siempre “es ido”?
Aunque lentamente, muy lentamente, vaya apreciándose la espiritualidad de Nazaret, la viven desde siempre millones de hombres y mujeres anónimas que hacen su trabajo bien hecho, echan una mano al vecino, educan a los hijos y siguen fieles a Dios aunque no entiendan mucho sus caminos. Recordemos que a Jesús le va a gustar hablar del Reino con la imagen de la levadura, que no se ve pero fermenta la masa. Y nos recordará que el Reino ya está en medio de nosotros, que no hay que buscarlo lejos ni fuera. El mundo, como María, están llenos de la Gracia de Dios. Sólo hay que dejarle crecer para que día a día nazca en el corazón de muchos.
La presencia no es una postura estática. Fijémonos en la presencia eucarística y nos daremos cuenta de que esa presencia humilde y callada ha sido la forja de los grandes apóstoles. La presencia nazarena es dinámica, es una apuesta por la transformación del mundo desde el ángulo en que he sido colocado. Cambia todo cuando se ilumina con una sonrisa, una palabra de consuelo o una mirada comprensiva.
Escúchemos la indicación de san Josep Manyanet, apóstol de la familia: “entra cada día en la Casa de Nazaret”. Sólo por contagio se aprenden las virtudes y se impregna uno del buen olor que desprende no sólo Cristo sino la santa Familia. Nazaret es el inicio de mi peregrinación de fe. Y es, también, camino. La presencia de Dios en mi casa, en mi corazón ahuyenta todo temor. Fijémonos que las primeras palabras que el ángel dice a José y a María constituyen el mandato de la confianza: No temas. Jesús lo repetirá varias veces: No temas.
En efecto: si Dios está conmigo “¿qué mal temeré”? . En un mundo que vive lleno de miedos sólo esa presencia divina me da la “parresía”, la osadía propia de los hijos de Dios. Llenos de Dios ya no caben los miedos...

sábado, 22 de mayo de 2010




EN LA FIESTA DE PENTECOSTÉS

Cuando tenemos el Espíritu Santo, el corazón se dilata, se baña en el Amor divino.
Sin el Espíritu Santo, somos como una piedra del camino. Tomad en una mano una esponja embebida de agua y en la otra una piedra; presionadlas de la misma manera; no saldrá nada de la piedra y de la esponja haréis salir el agua en abundancia. La esponja es el alma llena del Espíritu Santo, y la piedra es el corazón frío y duro donde el Espíritu Santo no habita.
El Espíritu Santo forma los pensamientos en el corazón de los justos y engendra las palabras en su boca. Aquellos que tienen el Espíritu Santo no producen nada malo; todos los frutos del Espíritu Santo son buenos… Cuando tenemos el Espíritu Santo, el corazón se dilata, se bañan en el Amor divino.
Hará falta decir cada mañana: “Dios mío, envíame tu Espíritu que me haga conocer lo que soy y lo que tú eres”.


San Juan María Vianney, cura de Ars (Año sacerdotal)

miércoles, 19 de mayo de 2010



VERBOS DE NAZARET: CRECER



Crecer es el ritmo propio que Dios ha dejado, como un destello de su ser divino, en todas las criaturas. No las forja acabadas, estáticas. El Universo entero, más obediente a su Hacedor que nuestros primeros padres, está en constante expansión.
Jesús, en plena comunión con su Padre, no hace otra cosa en Nazaret sino crecer. Es el verbo que define su actividad humana y espiritual, la tarea que le llevó toda su existencia. Nos hubiera gustado, quizá, que Lucas hubiera narrado en su evangelio algún detalle de la infancia, de la juventud de Jesús. Pero al ser tan parco, Lucas sitúa, quizá inconscientemente, la espiritualidad que vivió Jesús – y con Él María y José- durante toda su vida porque Jesús llevó siempre consigo Nazaret.
Crecer es, por tanto, el santo y seña de Nazaret, el lema de quienes viven su espiritualidad, el compendio de todo un estilo de vida. En las cosas de Dios o se crece o se decrece, no hay más. Ir a Nazaret supone aceptar y asumir crecer como y con Jesús lo cual implica tiempo, paciencia, confianza y abandono. Si hemos probado alguna vez a acompasar nuestros pasos a los de un niño pequeño, sabemos que es difícil. Muchas veces los padres acaban por coger al niño en brazos, encubriendo con gesto de amor lo que no es más que impaciencia e intolerancia.
Ir a Nazaret es renunciar a nuestro ritmo porque Dios tiene su propio tiempo y la santidad supone, entre otras cosas, hacer mío el tiempo de Dios.
Para crecer se necesita ser tierra buena. Esa es la actitud que nos reclama Jesús cuando explica la parábola del sembrador (Mt 13). Tierra buen, excepcionalmente buena, fue el corazón de María y José. Si María engendró físicamente a Jesús, es, como dice bellamente un santo Padre, porque ya lo había engendrado en su corazón. Por eso mismo José puede considerarse plenamente padre, porque también el niño ha crecido en su interior.
Pero si bien Jesús nos pide ser tierra buena, nos sorprende enseguida con varios relatos en los que crecen juntos trigo y cizaña. Es en esa dualidad donde nuestro corazón pecador se refleja con mayor viveza y siente mayor consuelo: a Él, el Buen Trigo, no le importa crecer entre mi cizaña...
Para crecer se necesita morir. Jesús lo explica en la preciosa parábola del grano de trigo infecundo porque no quiere morir y fértil cuando acepta la muerte. María y José sepultaron sus sueños, sus planes de jóvenes desposados y acogieron los de Dios que recogió en ellos la más maravillosa cosecha. Sepultados por Cristo renacieron en Él y en Él vieron su propia hermosura. Enterrada su propia voluntad, la simiente creció y germinó sin que ellos supieran cómo (Mc 4,27). José y María escucharon, acogieron e hicieron fructificar al mismo Dios que les daba vida. En ellos no había la absurda polémica que vivió la primitiva comunidad cristiana a la que Pablo escribe: “Yo planté, Apolo regó pero es Dios quien hace crecer” (1C 3,6). José y María crecían con el Niño ayudándolo a crecer pero sabedores de que tanto lo que ocurría en ellos como lo que acontecía en Jesús era obra de Dios que era, y es, quien hace crecer.
Crecer significa abandonarse en la Providencia como los lirios del campo que no tejen ni hilan pero que visten con mayor esplendor que Salomón. Sólo desde el abandono se crece en sabiduría y gracia. De hecho, el abandono es la actitud fundamental de Nazaret. Quizá por ello en el momento de máximo abandono de María, cuando ya lleva en su seno a Jesús y visita a Isabel sin saber qué va a ocurrir con ella ni cómo reaccionará José, es capaz de ponerse a cantar afirmando que “engrandece al Señor”(Lc 1,46).
Dios está también creciendo. No se refiere María a la gestación de un bebé. Dios crece en ella, en los pobres, en Israel. ¿Es posible hacer crecer a Dios?
Dios no nos pediría algo – creced, dice en el Génesis- que Él mismo no haga desde siempre. Crecemos en la medida en que nos asemejamos al que siempre crece.
Si mi corazón es Nazaret, Él crece.
Si busco su Voluntad, Él crece.
Si acompaso mi vida a su ritmo, Él crece.
Nazaret es el abandono de Dios en la criatura humana. Él se ha sembrado en nosotros como semilla. Y lo podemos lanzar al borde del camino, entre zarzas y pedruscos (Mt 13,1-23) o plantar en tierra buena esperando con paciencia e ilusión ver cómo será Dios germinando en mí.
María y José esperaron durante años alguna señal en aquel Niño que les había sido confiado. Jesús creció, fue joven y adulto y nada veían sus padres. José muere sin ver el fruto de su entrega, de su abandono en Dios. Es preciso pues asumir que no siempre vemos el fruto. Porque para Dios no existe otro tiempo que el de la eternidad.
La palabra crecer define la acción humana. Lo que en nosotros no crece, muere. Crecer es un verbo que atraviesa, cual columna vertebral, toda la Biblia. Es la primera orden, el primer mandato de Dios a los hombres: “Creced y multiplicaos” (Gn1,28). Es la definición de la actividad interna de Jesús cuyo crecimiento, porque es auténtico, ya no se realiza en Él sino en la Iglesia que día a día “crece y se multiplica” (Hch 6,7). Y es preciso crecer, crecer siempre hasta que “Cristo se forme en nosotros” ( Gal 4,19 ) Formarse es adquirir la formosura, la belleza original que Dios dejó en nuestra persona al crearnos.
Nazaret es pues semilla y programa de la Iglesia.
Si vivimos auténticamente la espiritualidad de Nazaret será la Iglesia quien coseche el fruto y Dios será engrandecido, puesto en lo alto como luz que alumbra toda la casa, todo el mundo.
La Luz del mundo está en Nazaret.