Cada vez me
divierte más la condición humana. Porque hay que ver cómo nos las arreglamos
para engañarnos o para, como diría Isaias, llamar bien al mal y mal al bien.
Los que trabajamos con jóvenes sabemos de sobra que hay un pecado capital que
goza de gran prestigio. No he encontrado a nadie que confiese sin cierto rubor
que no sabe vivir sus pulsiones sexuales como debería (aunque a lo mejor no
coincida con nuestros parámetros ni de lejos) o que no sienta vergüenza de
confesarse envidioso. Pero son muchos los que te dicen con una sonrisa de oreja
a oreja: “es que soy muy vago” “No, si es que la pereza me puede”, “Yo sé que
puedo pero…me da pereza!”.
Parece que la
pereza no avergüenza. El responsable, el que curra a conciencia, no lo pregona.
Pero el perezoso sí. “Soy muy vago”. ¡Y sonríe!




