viernes, 26 de julio de 2013

XVII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO



Estaba él orando en cierto lugar y cuando terminó, le dijo uno de sus discípulos: «Señor, enséñanos a orar, como enseñó Juan a sus discípulos.» Él les dijo: «Cuando oréis, decid:
Padre, santificado sea tu Nombre, venga tu Reino, danos cada día nuestro pan cotidiano, y perdónanos nuestros pecados, porque también nosotros perdonamos a todo el que nos debe, y no nos dejes caer en tentación.»
Les dijo también: «Si uno de vosotros tiene un amigo y, acudiendo a él a medianoche, le dice: `Amigo, préstame tres panes, porque ha llegado de viaje a mi casa un amigo mío y no tengo qué ofrecerle', y aquél, desde dentro, le responde: `No me molestes; la puerta ya está cerrada, y mis hijos y yo estamos acostados; no puedo levantarme a dártelos', os aseguro que si no se levanta a dárselos por ser su amigo, se levantará para que deje de molestarle y le dará cuanto necesite.
«Yo os digo: Pedid y se os dará; buscad y hallaréis; llamad y se os abrirá. Porque todo el que pide, recibe; el que busca, halla; y al que llama, le abrirán. ¿Qué padre hay entre vosotros que, si su hijo le pide un pez, en lugar de un pez le da una culebra; o, si pide un huevo, le da un escorpión? Si, pues, vosotros, aun siendo malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¡cuánto más el Padre del cielo dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan!»
Lucas 11, 1-13

El evangelio de este domingo forma una unidad con el del domingo pasado: en la escena de Marta y María se nos enseña a escuchar a Dios. Hoy se nos urge a hablar con Él. Escucharle y hablarle es orar. Y la oración es el centro nuclear del creyente. Si no hay oración no puede hablarse de fe.
En el trasfondo del fragmento de este domingo, la Trinidad. Jesús señala al Padre (nunca a sí mismo) y el Padre nos regala el Espíritu. La Iglesia debería mejorar su catequesis sobre la vida Trinitaria pues Jesús es el Camino que lleva a la Verdad (la Trinidad) que es la única que puede darnos Vida. Nos hemos enamorado del Camino (Jesús) pero hay que saber que conduce a una mayor plenitud.  

JESÚS, TESTIMONIO.

Lo que se admira se imita. Si algo convence, atrae y llama es el testimonio. Y la oración de Jesús despierta en sus amigos la sed de orar. Estas líneas del evangelista sirven para subrayar la única metodología pastoral que Jesús avala: el ejemplo de vida. Lo demás es estéril.

LA ORACIÓN

Comentar el padrenuestro es como explicar una obra de arte: lo puedes intentar pero sabes que nada puede definir la belleza. Me amparo en Tertuliano: “El padrenuestro es el resumen de todo el Evangelio”. O si lo leemos del revés, para intuir el padrenuestro hay que recorrer una y otra vez todas y cada una de las páginas del evangelio, que son su glosa.    
¿Y qué nos dice ese evangelio? Jesús nos da la buena noticia de que Dios es nuestro Abba, palabra que mal traducimos por el solemne “Padre” cuando en realidad es algo así como “papi, papito”.
En la primera parte de esta oración, que es seña de identidad del cristiano, se nos sumerge en el ámbito divino: la santificación del Nombre de Dios, su Reino, la Voluntad divina…¡Menos mal que, ante el misterio – pues nada entendemos de eso- vamos de la mano de “papito”!. Y de la mano de todos los hermanos…
La segunda parte mira la condición humana. Y sabemos que debemos pedir el pan, fuerzas para perdonar y no caer en tentación y que Dios, que nos lleva de la mano, aparte con su mano poderosa, al Malo cuando se cruza en nuestro camino.  
Rezar el padrenuestro implica tener corazón de hijo y hermano. Implica conocer nuestra pequeñez. Pero en definitiva, rezar el padrenuestro significa lanzar un ancla al cielo: voy rezando ahora,  lo que ahora no entiendo y celebraré en esa Vida que se nos ha prometido.
Obviamente, Jesús no enseñó el padrenuestro como una fórmula (algo a lo que con frecuencia lo reducimos…) ni lo enseñó en un día. La “construcción” de esa oración es obra de los evangelistas. Jesús enseñó lentamente qué significa tener a Dios por Padre, qué implica saberse hermanos, qué debemos conocer de nosotros mismos…
Sólo si vivimos en verdad nuestra oración es auténtica.   


UNA PARÁBOLA Y UNA COMPARACIÓN

Además de enseñar la actitud precisa para orar, Jesús señala el poder de la oración “insistente”. Qué bien decía San Agustín que “la oración es la debilidad de Dios y la omnipotencia de la persona”…
Jesús enseña mediante parábolas y comparaciones. Aquí nos presenta la del amigo inoportuno pero tenaz y la del padre que, por serlo, es incapaz de dar a su hijo nada que no le sea bueno. 
Fijémonos en la parábola que, tras los tres panes, esconde también tres personas: el que pide, el que duerme y el (invisible) que ha llegado a casa de quien no tiene panes. Todo un juego de relaciones en el que podemos ver al Espíritu en ese que clama al Abbá golpeando a la puerta, al padre, único Dador y Señor de la casa, y a Jesús pobre que nos pide ser acogido.  Una preciosa imagen de la Trinidad…

Con estas dos realidades humanas – de amistad y paternidad-Jesús nos enfrenta a la oración. Y por si no lo “pillamos” nos lanza varias “logion” o sentencias: Pedid, buscad, llamad…
Tres imperativos de Jesús que nos señalan como “seres carenciales”, seres necesitados. La referencia oculta a Dios (“se os dará” es una manera respetuosa del mundo hebreo de decir “Dios os dará”) nos prepara para el final de este fragmento.

LA IMAGEN DEL ARQUERO

Cada vez que rezo el padrenuestro lanzo una flecha incendiada al cielo.  Es pequeño el fuego pero basta para inflamar la antorcha e inaugurar la fiesta del Reino.
Cada vez que rezo el padrenuestro intento que mi corazón acompañe la flecha para clavarme en el Misterio de Dios: quiero conocer su Nombre – aspiración siempre insatisfecha- participar en su reino, hacer su Voluntad…
Cada vez que rezo el padrenuestro miro mi propia fragilidad y suplico pan, perdón y protección. ¿Qué debe pedir mi fragilidad? ¿Qué debemos pedir a Dios? ¿Qué debemos buscar? ¿Un trabajo? ¿Salud? ¿La paz familiar? Todo eso se puede pedir pero es la “añadidura”, la propina que Dios nos regala a quienes buscan el Reino.
Lo que realmente quiere dejarnos Dios es su Espíritu. Y ese es el fin último de la vida espiritual: la vida según el Espíritu.
La imagen del arquero me remite de nuevo a la Trinidad: persona, arco y flecha inflamada forman un todo.
Que mi oración me ayude a vivir la Olimpiada del Espíritu.


domingo, 21 de julio de 2013

IMAGEN DEL HIJO


Me lo contaba con lágrimas en los ojos y, pese a todo, un brillo en ellos que les daba vida. Mi amigo perdió a su hijo hace poco en un trágico accidente. Un padre, me decía, nunca se rehace de un golpe así…pero…
Intuí que me iba a abrir su corazón y me asombró un poco ese pero. Es hombre de familia, tiene cuatro hijos – uno ya en el cielo – y varios nietos. Del hijo fallecido le queda un nieto adolescente, casi joven.
Ahora – me decía- lo miro de manera distinta. No me había dado cuenta pero es el vivo reflejo de su padre. Tiene sus mismos ojos, ¡su misma risa! No sé si me lo imagino pero hasta tiene sus mismas manías en la comida. Es como si lo volviera a tener en casa, otra vez joven…No quiero hacer diferencias con mis nietos pero éste me llega al corazón…es como abrazar a mi hijo otra vez…reñirlo otra vez (el otro día tuve que hacerlo y Dios sabe lo que me costó), enseñarle de nuevo lo que ya enseñé a mi hijo…Mi hijo ha muerto, sí. Pero cuando Jordi entra por la puerta es como si entrara de nuevo mi hijo…
Sin saberlo mi amigo me explicaba qué es ser cristiano. Algo tan simple como vivir de manera que el Padre vea en nosotros a su Hijo Amado. Que le llegue al corazón nuestra fisonomía, nuestra risa, nuestra manera de mirar. Que su Hijo clavado en cruz viva en nosotros porque tenemos sus mismos sentimientos, su estilo de vida, hasta sus mismas “manías”. Que cuando el Padre nos mire, su corazón se sienta consolado porque Jesús vive en nosotros y su sangre no ha sido derramada en vano.

Entiendo a mi amigo, sí. Pero ahora entiendo más cómo debo vivir. Para que cuando yo entre por la puerta sea como si entrara de nuevo Jesús.  

miércoles, 17 de julio de 2013

UN JUEGO DE MIRADAS


Domingo XVI del tiempo ordinario

 En aquel tiempo, entró Jesús en una aldea, y una mujer llamada Marta lo recibió en su casa.
Ésta tenía una hermana llamada María, que, sentada a los pies del Señor, escuchaba su palabra. Y Marta se multiplicaba para dar abasto con el. servicio; hasta que se paró y dijo:
- «Señor, ¿no te importa que mi hermana me haya dejado sola con el servicio? Dile que me eche una mano.»
Pero el Señor le contestó:
- «Marta, Marta, andas inquieta y nerviosa con tantas cosas; sólo una es necesaria. María ha escogido la parte mejor, y no se la quitarán.»
Lc 10,38-42

Situación: 

En el camino hacia Jerusalén, un alto. Jesús ama el hogar y en Betania tiene “casa propia”, la de sus amigos. Betania quedó para siempre, en la comunidad cristiana, como paradigma de la comunidad que acoge a Jesús. Betania es descanso para el corazón, casa de amistad, mesa compartida, servicio y escucha de la Palabra.
Obviamente, Jesús iba con sus discípulos. Pero en la escena no hay varones, ni siquiera está Lázaro que, como hombre, era el anfitrión. Los comentaristas suelen hablar de Marta – quizá por hallarla en su papel de ama de casa – como de la hermana mayor. De hecho Lucas nos dice que Jesús fue recibido en “casa de Marta”.

Hospitalidad.

Betania encarna el principio básico de la hospitalidad, tan sagrado en Oriente. A Jesús le gusta “ser acogido” y vivir en familia. Acepta con normalidad ser huésped de Zaqueo, de Mateo, de Simón… y  convierte la casa de Pedro en su sede misional. Habría pues que preguntarse hoy si yo acojo a Jesús, si mi vida y mi corazón es para Él lugar de reposo; si mis obras son “plataforma” para difundir el evangelio, si mis afectos y sentimientos son evangelizados con su Palabra…
No deja de ser oportuno recordar que a nuestro Dios le gusta andar en familia, sentirse “en casa”…

El juego de miradas.

Imaginemos la escena. Cotidiana, normal. Dos mujeres que aman entrañablemente a Jesús. Una lo sirve, otra lo escucha. Son aspectos del mismo amor, irisaciones de la misma luz. María mira a Jesús, es su centro. Pero Marta, que se desvive por Jesús, mira a María. Y entra, sin darse cuenta, en esa fuente de sufrimiento que para todo corazón es la comparación. Marta compara su quehacer con el “quehacer” – que también lo es- de María. Las comparaciones son siempre fuente de descontento. Porque, además, cuando hay comparación, uno tiende a imponer una visión o carisma.  Desde el momento que Marta ha comenzado a mirar a María ha nacido en ella un monólogo interior de refunfuño que acaba – como pasa con esas cosas- por verbalizarse: «Señor, ¿no te importa que mi hermana me haya dejado sola con el servicio? Dile que me eche una mano.»
Probablemente si María se hubiera ofrecido a ayudar a Marta ésta la hubiera despachado de su lado con un “quita, quita, que ya me apaño yo sola y además acabo antes”.
Marta no quiere ayuda, no la precisa. Además, para ella es un honor y un orgullo agasajar al huésped. Pero la inquietud ha entrado en su corazón desde que ha dejado de mirar a Jesús para “mirar” qué hace su hermana.

Imagen de la Iglesia

San Ambrosio decía que “no hay sólo una manera de ser santos”. La Iglesia se enriquece con los distintos carismas y todos son necesarios. El servicio y la contemplación pueden “parecer”  distintos pero el servicio sólo es válido si nace de la contemplación y ésta sólo es fiable si lleva a la acción. Contemplativos en la acción.
No obstante algún comentarista ve en las dos hermanas la representación del Israel de los tiempos post-pascuales. María, sentada a los pies de Jesús como discípula – algo absolutamente inusual- encarnaría la apertura de Israel a la novedad que trajo Jesús. En ese sentido, y sólo en ese, se entiende el elogio de Jesús: sólo una cosa es necesaria. María ha escogido la parte mejor, y no se la quitarán.   
Cuando Lucas escribe esto la iglesia naciente anda a la greña: judeo-cristianos y cristianos venidos del paganismo se miran unos a otros en lugar de centrar la mirada sólo en Jesús. El Maestro deja clara la norma: sólo quien le escucha puede llamarse discípulo.

De trasfondo, Nazaret.

A Jesús nunca se le ocurrió lo que durante siglos han alimentado comentaristas al hablar del evangelio: que un tipo de vida –la consagrada frente a la laical, la contemplativa frente a la activa…- fuera mejor que otra. No pudo ocurrírsele porque Él vivió en Nazaret, con su madre, la fusión perfecta del “lado marta” y el “lado maría” que quizá todos tenemos. María es la mujer perfecta, la que une en sí toda forma de santidad: Ella es primacía de la Palabra y del Servicio.
Por eso es Madre y Figura de la Iglesia.   


viernes, 12 de julio de 2013

EL BUEN SAMARITANO


XV DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

El evangelio de este domingo es uno de los fragmentos que, desde siempre,  ha fascinado a la comunidad cristiana. ¿Quién, por poco que conozca el evangelio, ignora la parábola del buen samaritano? Subrayaremos, por tanto, sólo algunos aspectos:

Un maestro ante el Maestro: Jesús no era Rabbí. No había estudiado en Jerusalén la Torah, como lo hará, por ejemplo, Pablo. La gente le dio espontáneamente el título de rabbí y Él lo asumió como propio, como uno de los “títulos” que le gustaban. Pero sorprende que un maestro” auténtico” de la Ley le dé el nombre de “rabbí” a menos que entendamos que lo hace, como dice el texto, para probarlo, para provocarlo; su tono debía ir cargado de ironía y quizá, desprecio. Trataba de desenmascararlo, no de aprender. Pero Jesús le responde en el mismo tono de ironía con una pregunta que obliga al maestro de la Ley a responder: ¿Tú eres maestro y no sabes esto?  La respuesta es el texto de  Deuteronomio y Levítico, un fragmento que conocen hasta los más niños. Jesús parece haber terminado de prestar atención al maestro de la Ley con su exhortación a vivir lo mandado cuando éste lanza una pregunta nueva: ¿y quién es mi prójimo?
Esta es una pregunta que ya no contestaría un niño porque para los judíos conservadores no eran “prójimos” todos. Se excluía de este concepto al pagano, al pecador público, al leproso…Y ahora Jesús acepta el envite.

La parábola del buen samaritano

Los Santos Padres han visto en este hombre que baja de Jerusalén a Jericó la representación simbólica de la humanidad entera o, si queremos, la figura de Adán. Jerusalén, cuyo nombre significa ciudad de paz, es el Paraíso. Y Jericó, ciudad rodeada por murallas, el mundo. La humanidad pues, ha sido expulsada de la paz del paraíso y el pecado ha apaleado a la persona hasta dejarla medio muerta.
Pasan cerca de esta humanidad derrumbada  un sacerdote y un levita. No se trata de que ambos mantengan posturas inmisericordes (que también) sino de una manera de Jesús de decirnos que la Ley de Moisés, que ambos representan, no tiene capacidad para salvar a la humanidad. La Ley carece de fuerza para sanar la profunda herida que el pecado ha infligido en el corazón humano. La Ley, dirá San Pablo, es sólo una nodriza que ha acompañado al pueblo de Israel en su minoría de edad. Llegada la plenitud de los tiempos, aparece Cristo, representado por sí mismo en la figura del buen samaritano.
Sabemos lo que hace ese samaritano. Pero es preciso subrayar lo que siente: “se compadeció”. Y sólo después actúa. Jesús subraya nuevamente el valor de la interioridad y la necesidad de tener “un corazón de carne” y no de piedra.
El samaritano se acerca al hombre herido. También Dios se acerca a mí, a mis heridas, a mi sufrimiento, a mi pecado. Sobre mí derrama “vino y aceite”, elementos que algunos comentaristas ven como prefiguraciones del sacramento del bautismo y la eucaristía. El samaritano venda heridas (un corazón quebrantado, tú no lo desprecias…) y carga al hombre en su cabalgadura.

Una iglesia pobre para los pobres

Siguiendo los comentarios, tan valiosos, de los Padres, vamos a ver en este hostal  la imagen de la Iglesia. Allí el hombre herido sanará, allí será cuidado, alimentado. Allí será devuelto a la vida. Ojalá todos fuéramos buenos samaritanos que, con nuestras obras, llevamos a las personas marginales, heridas, desheredadas y rechazadas a una Iglesia misericordiosa que se preocupa como madre por ellos y los cuida y atiende hasta el regreso del Señor.
El samaritano da dos denarios al hostalero. El denario era el sueldo de un día y por tanto se prevé una ausencia de dos días porque “al tercer día” volverá. Clara alusión a la resurrección de Cristo.
Y mientras Cristo no vuelve, queda clara la misión de la Iglesia: salvar, sanar, cuidar. Atender a cuantos van heridos por el camino.
Cristo no se ha desentendido de la humanidad, como hizo Caín. Cristo anda por los caminos llevando a todos los heridos a esa casa de sanación que Él llamó Iglesia.

Anda y haz tú lo mismo.

Al maestro no le queda otro remedio que reconocer que prójimo es aquel que obra con misericordia. Y Jesús sentencia: “Anda y haz tú lo mismo”. Con lo cual da respuesta a la pregunta inicial del maestro de la Ley: ¿Qué tengo que hacer para heredar la Vida Eterna?”.
Indicar a un maestro de la Ley que haga lo mismo que un samaritano no deja de ser, en el fondo, una muestra del sentido del humor de Jesús. Un humor cargado de amor, un humor que invita a no sentirse poseedor de la Verdad, un humor que derriba murallas (incluidas las altísimas de Jericó) y acerca personas. Un humor que es expresión de vida fecunda, de capacidad de sanación.
Un humor que nos hace algo de falta en la Iglesia, la verdad.

jueves, 11 de julio de 2013

HACER EL GARBANZO



Los garbanzos son plato habitual en muchas casas. Aunque mucha gente ya los compra cocidos, un buen plato de garbanzos necesita de la elaboración casera. Y eso supone una noche de remojo por lo menos. No es pues un plato rápido. Esas pequeñas  legumbres son duras como balas de acero y necesitan ser transformadas para ser comestibles. Sólo con tiempo se ablandan y puede entonces presentarse un delicioso plato de garbanzos, garbanzas (diferencia canaria que nunca he entendido muy bien) y hasta mousse de garbanzos.
Es preciso hacer el garbanzo. Dios necesita también tiempo para cambiar mi corazón, duro a veces como una roca…o un garbanzo. Necesito sumergirme en su ambiente aún cuando nada sienta ni experimente. Ese rato diario en la capilla, ese trayecto que en el coche aprovecho para poner el evangelio en mp3…ese retiro que me cuesta…ese silencio…
Cuando nada siento en la oración, es posible que sea tiempo de hacer el garbanzo: sólo estar y confiar que él va haciendo su obra, que Él me va cambiando el corazón, suavizándolo. El garbanzo me enseña una profunda lección de abandono. Recuerdo que cuando mi madre había puesto los garbanzos en remojo, apagaba la luz de la cocina y se acostaba. Como el campesino que sembró y se fue a dormir dejando, confiado, que la semilla creciera sin que él supiera cómo. Los garbanzos quedaban en mi casa en un puchero de agua a oscuras. Al día siguiente eran alimento para todos.
Que aprenda del garbanzo, Señor. Si tú cuidas de él y lo cambias…¿no vas a cuidar de mí en esas noches oscuras en que nada siento, nada veo y de todo dudo?

También yo quiero ser alimento para el mundo…Enséñame a hacer el garbanzo

M. ENCARNACIÓN COLOMINA


                                      SI EL ÁRBOL QUIERE FLORECER, 
                                           QUE HONRE A SUS RAÍCES.

Este proverbio africano me sirve para comunicar a todos una decisión de la Congregación que es motivo de gozo. En la circular que cada año nos escribe la M. General con motivo del aniversario de la fundación de la Congregación (28 de junio de 1874) se nos anunciaba este año que se ha introducido la Causa de Beatificación de M. Encarnación Colomina, nuestra cofundadora. ¡Ya era hora! ¡Aleluya!
Hay gente que se pregunta para qué sirve ese reconocimiento público que supone, además, un lento proceso de investigación de la persona que, por decirlo de alguna manera, se quiere ver en los altares. Como yo era de las que pensaba así puedo responder rápidamente: todo es cuestión de afecto, reconocimiento y gratitud. Tienen razón los que afirman que no será más santa una persona porque la Iglesia lo reconozca así, basta – y sobra, diría yo-  que lo sea a los ojos de Dios. Otros, más sibilinos, aluden a lo que pueda costar el proceso, que cuesta, claro, porque en general  hay una persona que se va a dedicar durante algunos años a eso. Y seguro que se publicarán pequeñas biografías y estampas, claro está. Pero ¿puede medirse el bien que han hecho a miles de personas el conocimiento de los santos, la lectura de sus vidas, la devoción particular que se les tiene y tantas otras cosas? Pues no, no puede ponerse en balanza alguna a menos que queramos caer en el ridículo.
Son muchas las personas que han cambiado su vida leyendo la vida de un amigo de Dios, meditando sus escritos, siguiendo su estilo y carisma. Mi vida, por ejemplo, no se explica sin Manyanet. Pero tampoco sin M. Encarnación Colomina. Porque la Congregación, por mucho empeño que puso en ella Manyanet, precisó del aguante silencioso y fiel de una mujer.
Os la presento brevemente:
Manuela Josefa Colomina Agustí nació en Os de Balaguer (Lleida) el 24 de diciembre de 1848. Educada en un ambiente de piedad ingresó en las Religiosas  de Enseñanza de María Inmaculada (Tremp) de las que saldrá, gravemente enferma, poco después de iniciar el noviciado. Por estas fechas ha conocido ya al Padre José Manyanet que se convierte en su director espiritual. El 9 de marzo de 1877 ingresa en las Religiosas de la Sagrada Familia, fundadas en 1874 por el Padre Manyanet. Pronto tendrá responsabilidades y eso la sitúa en el ojo del huracán pues la autoridad de Manyanet va a ser discutida hasta tal punto que el Obispo lo destituye y le prohíbe que se relacione con las religiosas fundadas por él. M. Encarnación se alza defendiendo su figura y también es destituida de su cargo de superiora. En 1880 asistirá al capítulo de Talarn que promulga un nuevo estilo de vida. Ella será la única en no aceptar la reforma que se aleja del espíritu del Padre Manyanet; confinada a Granadella con la esperanza de que “recapacite” finalmente será expulsada del Instituto en 1882. Junto con otras compañeras que también fueron expulsadas por su fidelidad a Manyanet, se pone en contacto con éste y pasan a vivir a Barcelona donde tras doce años de oscuridad, fidelidad y fortaleza son reconocidas oficialmente por el obispo de Vic al fundar una casa en Aiguafreda. Por especial voluntad del Padre Manyanet, Madre Encarnación Colomina llevará a cabo la fundación de Aiguafreda y el Colegio Ntra Sra de los Ángeles ( Sagrera, Barcelona ) En 1899 el Padre Manyanet la designa priora del Instituto femenino.
El capítulo de 1905, que supone un giro congregacional, retira a Madre Encarnación toda responsabilidad. Destinada al colegio San José y de nuevo al colegio Ntra Sra de los Ángeles, dio ejemplar testimonio de humildad, fortaleza y fidelidad. El 27 de noviembre de  1916    fallece en el colegio Ntra. Sra. de los Ángeles.
Madre Encarnación Colomina fue la roca firme sobre la que el Padre Manyanet se apoyó para fundar el Instituto femenino. Extremadamente fiel a su vocación y al estilo de vida consagrada propugnado por el Padre Manyanet fue su excelente colaboradora y una mujer que no buscó otra cosa que cumplir la Voluntad de Dios dando honor a la Sagrada Familia. 


jueves, 27 de junio de 2013

NO MIRAR ATRÁS


XIII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

Cuando se iba cumpliendo el tiempo de ser llevado al cielo, Jesús tomó la decisión de ir a Jerusalén. Y envío mensajeros por delante. De camino entraron en una aldea de Samaría para prepararle alojamiento. Pero no lo recibieron, porque se dirigía a Jerusalén. Al ver esto, Santiago y Juan, le preguntaron:
- Señor, ¿quieres que mandemos bajar fuego del cielo que acabe con ellos?
Él se volvió y les regañó. Y se marcharon a otra aldea. Mientras iban de camino, le dijo uno:
- Te seguiré adonde vayas.
Jesús le respondió: - Las zorras tienen madriguera y los pájaros nido, pero el Hijo del Hombre no tiene dónde reclinar la cabeza.
A otro le dijo:-- Sígueme.
Él respondió:-- Déjame primero ir a enterrar a mi padre.
Le contestó:
-- Deja que los muertos entierren a tus muertos; tú vete a anunciar el Reino de Dios.
Otro le dijo: - Te seguiré, Señor. Pero déjame primero despedirme de mi familia.
Jesús le contestó:- El que echa mano al arado y sigue mirando atrás, no vale para el Reino de Dios.  (Lc 9, 51-62) 


Iniciamos con la lectura de este domingo la sección que Lucas dedica al discipulado y que recibe el nombre de “Camino a Jerusalén”.
El Camino. Lucas, artista de la palabra, organiza sus dos libros (evangelio y Hechos de los apóstoles) en torno al símbolo del camino. Cuadre o no con la geografía real, Jesús va camino de Jerusalén. Y ese camino es metáfora del seguimiento y se convierte en la escuela de Jesús. Durante el trayecto Jesús alecciona, enseña a orar, los discípulos hacen sus primeras experiencias de apostolado, experimentan el rechazo…
Es un camino que lleva a la ciudad teologal, ámbito de redención. De hecho, Lucas cita de dos maneras la ciudad santa (en griego arcaico y griego corriente, como un catalán podría citar Barcino y Barcelona) para distinguir la realidad geográfica del ámbito de salvación.
En su segundo libro –los Hechos- toda acción de la Iglesia naciente pasa por un camino que tiene su origen en Jerusalén. Porque la razón de nuestra fe está en lo que aquella ciudad santa contempló: la resurrección de Cristo.

Un díptico del seguimiento.
Primer cuadro:
 Jesús y los suyos vienen de Galilea. Provincia abierta, flexible, receptiva. Con tiento, Jesús lleva a sus discípulos a enfrentarse a otras realidades seguro de que, más adelante, deberán vivirlas solos.
El rechazo
Los samaritanos se niegan a acoger al grupo. Enemistados religiosamente con Galilea y Judea, los habitantes de estas dos provincias solían evitar, dando un rodeo inmenso, pasar por Samaria. Jesús no solo no los evita sino que se atreve a pedir hospitalidad pese a que van a Jerusalén, lo cual ya es una declaración de principios para los samaritanos.  Los apóstoles se enfurecen al ser rechazados pero Jesús les reprende y exhorta a marcharse tranquilamente. Él no permite que condenemos. Es preciso, sí, ofrecer la Verdad, darla a conocer. Pero nunca imponer. Esto vale para los padres que, a veces, ven con dolor como los hijos rechazan la fe que ellos transmiten, para los educadores, los sacerdotes…
Lo nuestro es ofrecer y respetar. Nunca juzgar ni, menos, condenar.

Segundo cuadro:
El aparente seguimiento
Frente al rechazo otra actitud es la apariencia. En el camino , dos ejemplos:
El espontáneo: con iniciativa propia un personaje anónimo se ofrece a seguir a Jesús; y éste le frena porque la llamada es siempre don que se recibe. La iniciativa es suya, no nuestra.
Los casi-dispuestos: dos llamadas aparentemente aceptadas. Porque los llamados ponen condiciones y en la apasionante aventura del Reino, las condiciones no valen. La urgencia de Dios necesita incondicionalidad. No existe la opción de ser casi-discípulo o discípulo a medias.
La llamada aceptada exige fidelidad. Y ésta no existe si, en algún momento, aún “siguiendo” a Jesús, el corazón ha quedado atrás. Sólo si mi corazón está al 100% con Jesús no miraré atrás…
Preguntémonos en qué grupo encajamos:
-¿a los que rechazan a Jesús…o a la Iglesia?
-¿a los que condenan a los que rechazan, como hacen los apóstoles?
- ¿a los seguidores que ponen condiciones?
O a los que siguen a Jesús aceptando un camino que incluye la cruz porque, pese a todo, “estar con Jesús es dulce paraíso” y su compañía el más preciado don.