jueves, 16 de diciembre de 2010


NAZARET, ESPIRITUALIDAD DE LOS ACONTECIMIENTOS



Vivir en Nazaret supone tener la audacia de asumir todas las preguntas que la persona se plantea buscando en los signos de los tiempos, en el día a día, en la rutina cotidiana, esa sinfonia maravillosa que es ver el mundo bajo la mano amorosa de Dios.
Vivir escrutando el cielo, masticando cada acontecimiento, dejándolo reposar en el corazón – como María- aceptando con naturalidad que se nos resista su significado sin por ello dejar de creer que tiene profunda significación cualquier tilde de nuestra vida.
Tener todas las preguntas y abandonar el ansia y la inquietud por las respuestas, creyendo que Él saldrá por algún lado para hacernos ver con claridad aquello que, para nuestro torpe corazón y nuestra mirada tantas veces opaca, permanece oculto en lo secreto.
Vivir en Nazaret supone creer que el ritmo de Dios no se detiene, que Él actúa siempre y que, no sabemos cómo, mil gracias derramando, pasa por mi pequeña tarea, mi dolor de cabeza, mi rabieta o malhumor, mi gozo y mi pena, dejándolos transfigurados, vestidos de hermosura.
Las preguntas que se haría María, las que se hizo José fueron, abandonadas en Dios, anclas que los amarró al cielo. Con frecuencia puede que no entiendas porqué ocurre esa desgracia, qué quiere decir esa inquietud que sientes en la oración, adónde te lleva ese nuevo compromiso, cómo acabará esa misión que has comenzado, de qué manera vas a soportar tanto dolor...esas son las preguntas que lanzadas al cielo pueden anclar tu corazón en Dios. ¿O acaso no te has fijado que el interrogante tiene forma de anzuelo? “Enganchados” a su corazón Infinito conoceremos no la respuesta que buscamos sino su Grandeza. Y conoceremos también que, pese a todo, nuestra pequeñez es esa lámpara que la Luz necesita para brillar en casa.
Vivir en Nazaret te anima a orientarte, como los marinos, como los antiguos peregrinos, mirando las estrellas. La de Nazaret es una espiritualidad sideral, una espiritualidad que te hace mirar la tenue luz de las estrellas para saber dónde poner el paso siguiente. Nada más.
Paradójicamente este escrutar al cielo no nos asegura la Luz pero sí la voz de Dios diciendonos constantemente: no tengas miedo, yo estoy contigo. Vivir en Nazaret es aceptar vivir como la mayoría o la casi totalidad de los humanos: en el anonimato y en la noche. Pero desde una fe y una confianza tan profunda en la misericordia de Dios, en que todo lo encamina al Bien, que la noche se hace transparente. Es noche que no interrumpe su historia con nosotros. Porque de noche sucedieron las grandes claves históricas de la Salvación: una noche nace Aquel que es Luz del mundo y una noche, más clara que el día, lo ve resucitar. En la noche pues, pero como centinelas. En la noche, pero como vírgenes que sostienen su débil lámpara. Una lámpara que no las ilumina a ellas sino que señala el camino al Esposo...
Nazaret es intemperie. No hay mañana seguro pero es el futuro. Es maná agradecido, jamás despensa. Es provisionalidad y abandono, libertad y pobreza.
Nada hay seguro en Nazaret salvo la Providencia de Dios. Nada puede darse por sentado ni por sabido porque Él puede ampliar la tienda que lo aloja – el corazón- o sacarte de la tierra para llevarte a una que sólo Él ve. Mas para quien ama la humanidad de Dios, para quien ama Nazaret, una oficina, una cocina, una cama o silla de ruedas, puede ser su Nazaret. Basta con aprender a leer los signos pobres, con azuzar el espíritu y no dejar que se aletargue, con ir soltando amarras para anclarse más en Dios.
Nazaret no es un camino hecho, es una senda que mis pasos deben abrir cada día. Nadie va a Dios por el mismo camino que otro ha ido, dice el poeta.
Asumir Nazaret es, en definitiva, asumir un Dios extraño. Un Dios que no hace ostentación, que no ama ni busca las manifestaciones incuestionables. Tampoco es un Dios que se esconda, como quien juega. Somos nosotros que, teniéndole delante no le vemos. No sabemos entenderle, no sabemos escucharlo.
Por eso, Nazaret es la escuela de toda la humanidad, de toda la Iglesia. ¡El mismo Jesús aprendió en Nazaret a descubrir la Voluntad de Dios sobre Él!
Vayamos pues a Nazaret. Porque es en los acontecimientos, en la vida cotidiana, que Dios sigue obrando en mí. Es en todo lo que sucede y me sucede que yo puedo crecer – como Jesús- en sabiduría y gracia.
A nosotros nos ha sido dado conocer los designios secretos del Reino (Mt 13,11). ¿Por qué pues, somos capaces de interpretar el aspecto del cielo y no sabemos leer los signos de los tiempos? (Mt 16,3)
Que Jesús, María y José sean nuestros maestros

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