EL
HOGAR, PRIMER ESPACIO PARA EL MILAGRO DE DIOS
Constato
y no sé si se debe a nuestra naturaleza o por deformación o por simple pereza,
que tendemos a ser reduccionistas. Para
la mayoría de los mortales la palabra “milagro” evoca una curación inexplicable
o un hecho prodigioso que rompe las
leyes naturales. La palabra milagro viene del latín y significa “maravilla”. Y
nosotros hemos decidido que sólo es maravilla aquello que siendo palpable –
como lo es que un ciego vea de repente- no entendemos. Olvidamos así que
vivimos inmersos en la maravilla de Dios, es más, que somos la gran maravilla,
el gran milagro de Dios. Del mismo modo que no hablo de la luz y vivo inmersa
en ella, del mismo modo que no hablo del oxígeno que me da vida, hablamos poco
del milagro constante que nos habita y en el cual habitamos. En Él nos movemos
y existimos, ese es el gran milagro. El
gran milagro está “en casa”.
He
saboreado, desde esta perspectiva, los milagros que Jesús hace en una casa. Lo
podemos contemplar curando a un paralítico que es bajado desde el techo,
resucitando a la hija de Jairo, curando a la suegra de Pedro…y es que el hogar
es ámbito de restauración, de curación, de vida. En el hogar escucha María a
los pies de Jesús, se sientan a la mesa, comparten y se convierten. Cuando
Judas sale del cenáculo se constata que era “de noche” porque en el hogar, esa
matriz afectiva que nos teje, siempre hay o debería haber, luz y calor.
Si
en el hogar se realiza el milagro de Dios es porque el hogar es ámbito de
Mensaje, de buena Noticia. La Palabra de
Dios, viva y eficaz, más tajante que
espada de doble filo, es capaz de crear lumbreras de día y lumbreras de
noche, de separar aguas y tierras, de poblar de animales ambos espacios. Es capaz
de entrar en una humilde casa y anunciar a María cuál es su misión. Entonces el
milagro se produce. Y toda casa, toda familia, está llamada a ser el eco de esa
palabra divina que nos da identidad.
En
casa, en la familia, percibimos el mensaje que me dice quién soy yo y mi valor
infinito: en el hogar se percibe el mensaje que me da una fisonomía, una
identidad espiritual. No hay hogar “mudo” pues todo hogar es, por definición,
un microcosmos que relata el mundo a ese niño que en él crece. Y con ese relato
somos enviados. Lo que se me ha relatado sobre mí en el hogar, sobre los otros
y sobre Dios, configurará el sentido de mi vida.
Para
captar el mensaje hace falta silencio, vida interior. Si el hogar es cuna de
gracia, si se parece al de Nazaret se convierte en ámbito de crecimiento. De
desarrollo moral. Un hogar es fuerza centrípeta porque tiene una profunda vida
interna; y es fuerza centrífuga porque el hogar siempre nos envía al mundo,
siempre nos da, una vez revelado nuestro ser interior, una misión.
Fijémonos
en los tres Sagrados personajes: la casa de María es arrollada por la presencia
del Mensajero divino, a José se le ordena llevar a su casa a María. Ahí crecerá
Jesús pero a los doce años se queda voluntariamente en el Templo, que es también
su hogar; hogar trinitario, aunque ese aspecto aún permanece oculto. Cuando
desciende a Nazaret queda claro que todo hogar debe ser, al mismo tiempo,
Templo. El hogar de Nazaret es “casa de oración”. Experiencia de trascendencia.
Cuando al niño no se le da esa
posibilidad, el hogar se convierte en “cueva de ladrones”.
Cuando
Jesús, en su vida adulta, llene el mundo de
parábolas nos hablará de una casa
construida sobre roca y se admirará del centurión que sabe que no es digno de
recibirle en su hogar; pero hablará con Zaqueo el pecador público y le pedirá
que lo reciba en casa. Y es en la intimidad del hogar donde explicará a los
apóstoles el sentido de las parábolas. Jesús se halla a gusto en las casas. Lleva en
su alma el hogar de Nazaret porque la familia, cuando es familia, es siempre
“la patria portátil”.
Nazaret
es “el hogar en que Dios no sintió añoranza del Cielo” (Cecilia Cros). Y no
sólo eso: Dios aprende en Nazaret todas las lecciones de humanidad. Por eso hay
que ir a Nazaret. Allí mi corazón encuentra lo que desea. Allí se me revela mi
nombre y mi misión.
El
milagro se realiza en casa.
EL
HOGAR O EL OCULTAMIENTO DE DIOS
El
ocultamiento como Proyecto de Dios. Francamente, parece de lo más tonto. Porque
cuando uno tiene un proyecto busca promocionarlo, darlo a conocer, hacerlo
público. Pero el proyecto de Dios pasa por el ocultamiento. ¿Por qué será que
Dios ama lo oculto?
A
lo largo de muchos textos bíblicos vemos referencias a lo escondido, a lo
interior.
“Me esconderá en
lo escondido de su tienda”, afirma el salmista para expresar su seguridad en
Dios (Salmo 27,5); Dios ordena a Moisés esconderse en una hendidura de la roca
para que no pudiera verle al pasar junto a él (Ex 33,22); Elías elige una cueva
para esperar al Señor en el Horeb (1Re 19,9) Hasta que llega la afirmación del profeta:
“Tú
eres un Dios escondido” (Is 45, 15). Por eso
con la intuición del alma enamorada la novia del Cantar de los Cantares pide a
su Amado ser ocultada: ¡Ay, llévame
contigo, sí, corriendo, a tu alcoba condúceme, rey mío...! (Cant 1, 4) y
afirma después: “Me introdujo en su
bodega...” (Cant 2,4). Ella misma es para él “jardín cerrado y fuente sellada”
(Cant 4, 12).
Finalmente,
Dios pide entrar en nuestra más profunda interioridad: "Mira que estoy a la puerta llamando: si uno me oye y me abre,
entraré en su casa y cenaremos juntos" (Apoc 3,20).
Decimos
que Dios ha querido “ocultarse” en un hogar. Pero quizá lo estamos valorando
desde nuestro prisma y esa afirmación es la primera que se nos ocurre al ver
que Dios no se manifiesta en el Templo
de Jerusalén o en lugares “específicamente sagrados”. Si miramos más a fondo
podemos descubrir que no es que Dios se
oculte, sino que con su presencia hace luminosa la grandeza de toda familia.
Que Dios se haya hecho familia es todo el comentario que la familia merece.
Nada de lo que podamos decir supera la acción divina: quiso ser familia.
Y
desde que Dios es familia no existe otro referente para el ser humano que la
familia de Nazaret.
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