lunes, 13 de junio de 2011


LLEVA TUS SENTIDOS A NAZARET (II)

OÍR



Si será importante este sentido que es aquel por el cual recibimos la fe. Se nos ha explicado, se nos ha hablado de Jesús, de las verdades reveladas. María escuchó lo que el ángel le decía, José lo oyó también en sueños. Sólo después vino el “Hágase” que cambió el mundo. Ambos, judios de raza y corazón, se habían forjado en la oración judia por excelencia, el Shemá:
Escucha Israel
El Señor es tu único Dios...

Oír no siempre nos lleva a escuchar. Vivimos inmersos en el ruido y hemos aprendido a defendernos. Tanto, que ha nacido un serio problema: hoy son muchos los jóvenes que tienen miedo al silencio. Y si Jesús “crecía” es porque vivía inmerso en un silencio que acabó siendo sonoro. De hecho, Jesús es la Palabra porque fue engendrado y creció en el Silencio. Sin él no hay posibilidad de trasmisión.
En Nazaret, dijo Pablo VI, se aprende una lección de silencio. El silencio es

“esta condición admirable e indispensable del espíritu, cuando nos encontramos envueltos en tantos clamores y gritos provenientes de esta ruidosa e hipersensibilizada vida moderna. Silencio de Nazaret, enséñanos el recogimiento, la interioridad, la disposición para escuchar las inspiraciones y las palabras de los verdaderos maestros; enséñanos la necesidad y el valor de las preparaciones, del estudio, de la meditación, de la vida personal e interior, de la plegaria que Dios ve en lo secreto.”(Homilía del Papa Pablo VI en la Iglesia de la Anunciación. Nazaret, 5-1-64.)

Sólo las obras preñadas de silencio, las engendradas en el silencio pueden alcanzar valor. Silencio precisa un artista para componer. Y silencio necesita la persona humana para componerse. Sólo el silencio permite preguntarse, explorar respuestas. Sólo el silencio nos equilibra.
Por eso Nazaret es silencio que enseña a escuchar. Con el oído físico, con los oídos del alma. Jesús niño escuchó en silencio todo aquello que de mayor convirtió en palabra.
El silencio, que debería ser un don, se convierte en una conquista que muchos no desean alcanzar. Y no obstante, todo niño, como Jesús, debería tener derecho a su “rincón” para pensar, para estar solo, para leer. Con frecuencia esa intimidad es avasallada por mil artilugios – juguetes, música estridente- que consiguen que el niño no aprenda, no experimente su propia interioridad. El resultado es que vamo sedientos y sedientos de ser escuchados pero hay pocas personas que sepan escuchar. Y esas son las que no sólo no huyen del silencio sino que lo preservan como el tesoro que es.
De José, el hombre que escuchó la voz del ángel, el silencio del misterio del cual participaba, el niño del cual era custodio, no tenemos ni una sola palabra. Su clima habitual es un silencio tan rico que es un continuo monólogo interior con Dios. Por eso, hasta cuando sus sentidos duermen, su corazón vela, escucha a Dios. Como dijo Pablo VI, hombre de silencio y palabra certera “el silencio es la actividad profunda del amor que escucha”.
De María el evangelista repite una y otra vez que “guardaba todas estas cosas en su corazón”. Posiblemente no entendía cómo tenía entre sus brazos la zarza ardiente, cómo la tenía en casa. Pero con respeto sagrado – y eso implica silencio- meditaba cuánto vivía porque Dios se iba manifestando día a día y era preciso estar atento.
De Jesús no se nos dice nada. Pero se nos dice mucho porque se nos dice que “crecía en edad, sabiduría y gracia” y ese es el fruto directo del silencio. Sólo el silencio alimenta el alma y la hace crecer.
Por eso es preciso ir a la escuela de Nazaret para aprender esa lección de silencio. Hay que acallar las preguntas que nos invaden y convierten el corazón en un mercado – qué hay que hacer, adónde voy ahora, a quién tenía que llamar...- para permitir que emerjan las auténticas preguntas del corazón, aquellas que toda persona, por el hecho de serlo, lleva sembradas en lo más hondo. Preguntas por el sentidod e la vida, la misión, la Voluntad del Padre. Preguntas por la felicidad, la vida, la muerte, el amor...
Sólo así podemos colaborar con Dios en nuestra propia felicidad. El gran escultor vasco Eduardo Chillida dice “Es estando “a la escucha” de lo que quiere salir que sale algo. No sale lo que yo quiero”
Dios, cuando nos habla, tiene para cada uno un “tono” especial. Por ese tono le reconoce María, que llora junto al sepulcro: ¡María! Y la vida de esa mujer que no había visto en Jesús más que un hortelano cambia cuando escucha su nombre en boca de Jesús.
Es preciso acudir al silencio del Sagrario, forja de grandes apóstoles. Allí está el Maestro y nos llama. “Mira, estoy a la puerta y llamo. Si alguien me escucha y abre la puerta entraré en su casa y cenaré con él y él conmigo” (Ap 3,20)
Nuestro oído interno se afina con horas de silencio.Si queremos ser de Nazaret, si queremos ser de la familia de Jesús, es preciso escuchar: Mi madre y mis hermanos son los que escuchan la Palabra de Dios y la cumplen (Lc 8,21)
Resulta claramente significativo que cuando una mujer alaba espontáneamente a María por ser la madre de tal Hijo, Jesús corrija y resitúe la importancia de María que no le viene de haber engendrado a Jesús sino de haber escuchado siempre la Palabra de Dios (Lc 11,28). Algo que todos estamos llamados a hacer.

sábado, 7 de mayo de 2011


RECORDAR MÁS A JESÚS


El relato de los discípulos de Emaús nos describe la experiencia vivida por dos seguidores de Jesús mientras caminan desde Jerusalén hacia la pequeña aldea de Emaús, a ocho kilómetros de distancia de la capital. El narrador lo hace con tal maestría que nos ayuda a reavivar también hoy nuestra fe en Cristo resucitado. Dos discípulos de Jesús se alejan de Jerusalén abandonando el grupo de seguidores que se ha ido formando en torno a él. Muerto Jesús, el grupo se va deshaciendo. Sin él, no tiene sentido seguir reunidos. El sueño se ha desvanecido. Al morir Jesús, muere también la esperanza que había despertado en sus corazones. ¿No está sucediendo algo de esto en nuestras comunidades? ¿No estamos dejando morir la fe en Jesús?
Sin embargo, estos discípulos siguen hablando de Jesús. No lo pueden olvidar. Comentan lo sucedido. Tratan de buscarle algún sentido a lo que han vivido junto a él. «Mientras conversan, Jesús se acerca y se pone a caminar con ellos». Es el primer gesto del Resucitado. Los discípulos no son capaces de reconocerlo, pero Jesús ya está presente caminando junto a ellos, ¿No camina hoy Jesús veladamente junto a tantos creyentes que abandonan la Iglesia pero lo siguen recordando?
La intención del narrador es clara: Jesús se acerca cuando los discípulos lo recuerdan y hablan de él. Se hace presente allí donde se comenta su evangelio, donde hay interés por su mensaje, donde se conversa sobre su estilo de vida y su proyecto. ¿No está Jesús tan ausente entre nosotros porque hablamos poco de él?
Jesús está interesado en conversar con ellos: «¿Qué conversación es ésa que traéis mientras vais de camino?» No se impone revelándoles su identidad. Les pide que sigan contando su experiencia. Conversando con él, irán descubriendo su ceguera. Se les abrirán los ojos cuando, guiados por su palabra, hagan un recorrido interior. Es así. Si en la Iglesia hablamos más de Jesús y conversamos más con él, nuestra fe revivirá.
Los discípulos le hablan de sus expectativas y decepciones; Jesús les ayuda a ahondar en la identidad del Mesías crucificado. El corazón de los discípulos comienza a arder; sienten necesidad de que aquel “desconocido” se quede con ellos. Al celebrar la cena eucarística, se les abren los ojos y lo reconocen: ¡Jesús está con ellos!
Los cristianos hemos de recordar más a Jesús: citar sus palabras, comentar su estilo de vida, ahondar en su proyecto. Hemos de abrir más los ojos de nuestra fe y descubrirlo lleno de vida en nuestras eucaristías. Nadie ha de estar más presente. Jesús camina junto a nosotros.

José Antonio Pagola

lunes, 2 de mayo de 2011




LLEVA TUS SENTIDOS A NAZARET



Si el conocimiento humano se alcanza a través de los sentidos, qué duda cabe que el conocimiento de Dios recorre otros caminos por los que, sin embargo, deben peregrinar nuestros sentidos. Ellos se muestran pobres, deficientes para alcanzar la sabiduría divina pero, paradojicamente, sólo si los conducimos por el camino del Misterio se purifican, transfiguran y nos alcanzan otra mirada: la de la fe.

“Dudan los sentidos
y el entendimiento,
que la fe lo supla”

Es el maravilloso "Tantum ergo" que cantamos mirando un pan que ya no es pan sino Presencia.
Para quien vive en Nazaret es preciso dejar que Jesús María y José eduquen los propios sentidos. En ese hogar santo se entra con alma de discípulo, corazón de enamorado, respeto de hijo y libertad que se entrega. Ellos, los Tres, mirarán mis huesos resecos, y me preguntarán como en la visión de Ezequiel:
- “¿podrán revivir estos huesos?” (Ez 37,3)
Y si me abandono, si dejo que los Tres reeduquen mi mirada torcida, mi paladar hastiado, mi oído endurecido, mi tacto insensible, mi olfato deficiente, si me entrego como Desideria, si doy mis sentidos, seré recreada. Y nacerá una nueva persona
Sólo entonces podremos decir:
“Os anunciamos a Aquel que existía desde el principio, a Aquel que hemos oídos, a Aquel que nuestros ojos han visto, que hemos contemplado y tocado con nuestras manos. Os hablamos del que es la Palabra de vida” (1Jn 1,1)


VER

¡Cuánto miramos y qué poco vemos! Nuestros ojos necesitan colirio (Ap 3,18) para poder ver, contemplar, atisbar el Misterio que se desgrana día a día en nuestras vidas. Lo primero, lo esencial, lo que se aprende con tan solo curzar el umbral de Nazaret es que Dios nos mira. Y esa mirada nos da conocimiento interno, aceptación, gozo desbordante. María es la primera en cantar: “Ha mirado la pequeñez de su esclava” Tantos complejos, tantos corazones heridos, encontrarían su sanación si se sintieran mirados por Dios. Porque el mirar de Dios es amor. Y cuando nos miran con amor la vida se fortalece en nosotros, nos sentimos amados y somos capaces de amar. Es más: aprendemos a mirar como Él que es lo que José y María hicieron siempre.
En los relatos evangélicos aparece con frecuencia el tema de la mirada.Los apóstoles tienen los ojos cansados en momentos de crucial importancia: en el Tabor, en Getsemaní. Se duermen. Dan ganas de sacudirlos si no fuera porque son nuestro vivo reflejo. También nosotros andamos adormilados, mirando sin ver. Nazaret es mirada atenta a la pequeñez que revela la Gloria del Padre. Es saber ver los lirios del campo, las aves del cielo, el caminante que necesita un vaso de agua, el leproso que pasa.
Y sólo ve, quien vive en la Luz. Esa Luz que no se ve pero nos envuelve – lo queramos o no- se levanta vencedora sobre las tinieblas. Cuando abrimos el periódico, cuando vemos las noticias, parece mucho el poder de las tinieblas. Ante tanto poder un hogar, el de Nazaret, se convierte en faro ético para todo el mundo, también para los no creyentes.
Los evangelistas también nos hablan de ojos cerrados, los de los ciegos. Imagino que Jesús pasaría ante muchos ciegos. Pero sólo alguno gritó con fuerza: ¡Señor, que vea!
Esa es la pregunta que me hará José, que me hará María o Jesús: ¿deseas realmente ver? Porque ver no es cómodo y menos ver “desde Nazaret”. Porque en Nazaret se aprende a mirar lo que es invisible para el mundo, se aprende a ver a los que no aparecen, no cuentan, no existen. Nazaret, qué duda cabe, complica la vida si te lo tomas en serio. No es una devoción más. Es encarnación, redención.
En Nazaret no valen los ojos cerrados ni cansados. La voz de Jesús es exigente: velad. No durmáis porque no se puede dormir ante este mundo. El juicio final que relata Mateo es un juicio a nuestra mirada sobre el mundo: ¿cuándo te vimos hambriento, desnudo, enfermo, en la cárcel, sediento, forastero...y no hicimos nada? (Mt 25, 1)
Fijémonos en quiénes saben ver a Jesús: unos pastores, gente maleante y de poco fiar. Unos sabios extranjeros, gentiles despreciados por el pueblo elegido. Unos ancianos, Simeón y Ana. Y pocos más. Ni autoridades religiosas, ni grandes personajes, con alguna gloriosa excepción: Nicodemo que va “de noche” a “ver”. En estos personajes se hace vida la frase de Gregorio de Niza: “La verdadera visión de Dios consiste en esto: que quien levanta los ojos hacia Él nunca más deja de desearlo porque su Ser es inaccesible”. Todos nuestros sentidos están comunicados y “ver” a Dios nos produce una sed que no se apaga. Y que nos cambia porque nos hace ya eternos buscadores.
No importa si nuestra oración es reseca, si nuestra vida se mueve en la rutina. No importa si creemos estar ciegos y vivir en perenne noche. Basta que aliente en nosotros el deseo de verle:
“Veante mis ojos...pues sólo para ti quiero tenellos”
Fijos los ojos en Jesús descubrimos a su lado a José y María. Si los fijamos en María, descubrimos a Jesús y José. Si los fijamos en José, descubrimos a Jesús y María.
Y, sobre todo, descubrimos con cuanto amor me miran a mí, nueva Desideria.

miércoles, 27 de abril de 2011





FELICES PASCUAS A TODOS!! QUE LA GLORIA DEL RESUCITADO ILUMINE NUESTRO QUEHACER PORQUE..."DESDE LA RESURRECCIÓN DE CRISTO, EL CORAZÓN DEL MUNDO YA ESTÁ SANO"!





NAZARET, DÍA TERCERO



Todas las culturas tienen sus números simbólicos, números que indican más de lo que en realidad dicen. Entre nosotros, decir “mil” indica reiteración, multiplicidad y hasta un poquito de cansancio: “¡te lo he dicho mil veces”! decimos asombrados a quien se sorprende por algo o no hace caso de una indicación clara y evidente.
La cultura semítica tiene varios números simbólicos: el cuarenta, por ejemplo. Indica una larga temporada si se refiere a tiempo: el pueblo de Isarael peregrinó cuarenta años por el desierto, Jesús estuvo en el desierto cuarenta días.
También el doce y el siete están cargados de significación.
Pero un número especialmente fascinador es el tres. Y es que nuestra fe se fundamenta en el tercer día, en el día de la Resurrección. Pero ese tercer día se había iniciado mucho antes...

Entre las numerosísimas citas aburridas de la Biblia, las que legislan hasta el más mínimo detalle, se repite hasta la saciedad que para creer y validar un hecho importante se precisan dos testigos y, preferiblemente, tres. (Dt 17 ) De hecho, Jesús tiene tres testigos en el Tabor y tres en Getsemaní.
Desde ese prisma, el testimonial, me parece de gran belleza, por su veraz contundencia, mirar y contemplar la Sagrada Familia, formada por Jesús, María y José, como testigo de la Trinidad, sí, pero de forma especial como testigo de la Nueva Alianza. Ya María, con su estancia de tres meses en casa de su prima Isabel, es un claro eco del Arca de la Alianza que acompañaba a los israelitas a lo largo del desierto. Ella tiene la excepcional vocación de ser arca y testigo; José, a su lado, es testigo que acompaña. Su presencia es necesaria para hacer creíble el Misterio. No siempre se pide al testigo que hable sino que, simplemente, esté cuando se firma el pacto. Y José está “con todo su ser, con toda su alma, con todo su corazón”. Porque ha escuchado lo que Yahvé decía cuando se disponía a iniciar un nuevo Israel.
El Nuevo Israel se llamará Nazaret. Dicen algunos que el Paraíso que se describe en el Génesis no es punto de partida sino un ideal, una meta. Pues bien, lo mismo ocurre con Nazaret : es la casa a la que nos dirigimos, el hogar de toda la humanidad.
En ese hogar hay una Mujer que pone levadura en tres medidas de harina hasta que fermenta toda la masa.(Mt 13,33) Es María que entrega a su hijo al mundo.
En ese hogar se cumple la expectación de todo el Antiguo Testamento: “estén preparados porque al tercer día el Señor bajará a la montaña del Sinaí a la vista de todo el pueblo” (Ex 19,11)
Un tercer día que se inició de forma muy distinta a las teofanias veterotestamentarias: ni truenos ni relámpagos. Un anonimato total, un espeso silencio rodea el momento de la Encarnación. Y el Misterio no se da en la montaña, lugar bíblico de encuentro con Dios, sino en una aldea. Porque Dios se hace de los nuestros y usa sandalias.

El acontecimiento salvífico más importante tiene sus preludios en el Antiguo Testamento. Los tres misteriosos personajes a quienes Abraham hospeda (Gn 18,2) dejan a su paso, tras compartir la mesa, una estela de vida. Las resecas entrañas de Sara son capaces de generar vida. Jesús, María y José se sentaron a la misma mesa durante años. Compartieron, sí, pan y risa, preocupaciones y conversación amena. Pero por encima de todo, allí se estaba generando vida y vida en abundancia. Los buenos recuerdos de la mesa compartida justifican que Jesús ponga la imagen del Banquete para hablarnos del Reino. Él no había “dejado” su Reino en el cielo, lo había vivido en Nazaret.
Otro icono de la Sagrada Familia son “los tres jóvenes que pasean entre llamas cantando himnos a Dios y bendiciendo al Señor” (Dn 3,24) José y María pasearon muy pronto entre llamas. Su vida y su amor fueron acrisolado al Fuego del Espíritu y tanto en la prueba como en el gozo cantaron himnos y alabaron a Dios. De hecho, no salieron nunca del Fuego, los Tres vivieron en Él y fueron habitados por Él. Nazaret fue nueva zarza ardiente (Ex 3,2 ) ante la cual hay que descalzarse porque es tierra sagrada. Es ahí donde yo oigo mi nombre como antaño Moisés el suyo. Dios me llama a vivir en Nazaret y sólo en la medida en que mi corazón arda con su Palabra me acerco al dintel. Esta vez va a ser Dios mismo quien me ruegue que no pase de largo: Quédate con nosotros que el día ya comienza a declinar.

Son ellos, los de Emaús, los que exclaman: Nosotros esperábamos que Él sería quien liberaría Israel. Pero ya estamos en el tercer día desde que todo esto ocurrió! (Lc 24,21)
Y el que tienen al lado, ese caminante, está prefigurado en la Reina Ester, que acaba con Vasti, su predecesora, e intercede por su pueblo orando hasta que “al tercer día se quitó sus vestidos de suplicante se lavó, se ungió, se vistió de fiesta y se engalanó” (Est VL 5,1). Y es Judit, paradigma de Israel, que tras permanecer tres días en el campamento de Holofernes, lo hiere de muerte (Jdt 12,7). Estas dos mujeres preludian, en su belleza y su amor, en su defensa de su pueblo y en su lucha contra el mal, al Resucitado.
Pero Juan, gran teólogo, usa la expresión “tercer día”, habitual en los sinópticos para referirse a la Resurrección, para enmarcar el milagro de Caná. “El tercer día se celebraron unas bodas en Caná de Galilea. Estaba allí la madre de Jesús (Jn 2,1) Dos días se mueven en torno a Juan el Bautista, último profeta del Antiguo Testamento. Con el tercero se inicia una nueva etapa que cambiará el agua en Vino.
Nazaret ha sido y es el odre nuevo que recibe el vino nuevo. Un vino nuevo que sólo en Pascua alcanza su sazón.

miércoles, 13 de abril de 2011


SE ACERCA

NUESTRA SEÑORA DE LOS DOLORES

De niña, por llevar el nombre de Maria Dolors, me miraba con cierta aprensión la imagen que mi madre me señalaba como patrona. La Dolorosa. Siempre aquellos siete puñales clavados, con el corazón sangrante y la cara de aflicción. No me fascinaba, en una precoz intuición infantil de que Dios es gozo, tener una patrona tan afligida. Por eso me parece mucho más interesante y acertada que la interpretación más popular, la que algunos Santos Padres, entre ellos San Ambrosio y San Basilio de Cesarea, hacen de la profecía de Simeón según la cual esa espada que atraviesa a María es la espada del Espíritu, la espada de la Palabra. Así sí. Porque María vive atravesada hasta las yunturas del alma por esa Palabra que ella acuna y medita en su corazón. En las Sagradas Escrituras la Palabra de Dios, viva y eficaz, es comparada en varias ocasiones con una espada. Y la Palabra penetró de tal manera en María que cobró forma en sus entrañas. Qué duda cabe que una parte de la profecía de Simeón puede aplicarse al dolor que vivirá María al pie de la cruz. Pero la plenitud de la profecía se alcanza en el gozo. Atravesada por la espada de la Palabra, María se pone en camino y canta el Magnificat. Es la suya una herida luminosa que alumbrará los silenciosos y sublimes años de Nazaret. Qué bien captó Lucas el sentido de la profecía al insistir una y otra vez en que, pese a no comprender, María guardaba todas las cosas en su corazón y las meditaba en el crisol de la fe. Vivió herida siempre, con una herida que fue llama de amor viva. Y no es difícil establecer el paralelismo con la lanza que atraviesa el costado de Cristo. Esa herida, prefigurada en la de María, nos abre la puerta del Paraíso. Dentro de tus llagas, oh buen Jesús, escóndeme. Vivir herida de la única herida que da vida, la Palabra, fue el día a día de María. Si pudo acunar en sus brazos al bebé Jesús es porque antes dejó que la Palabra le abriera el corazón y, plantada en él, creció la Semilla del árbol de Vida. Dolorosa. Pero ante todo, Gozosa. Gozosa porque es ella quien con la espada de la Palabra aparta otra espada, la que, tras el pecado de Eva, nos cerraba a todos el Paraíso. Un haz de luz nos guía hacia él. Es María, la traspasada, la herida, la Gozosa.

jueves, 31 de marzo de 2011

COMULGAR DE LA MANO DE JOSÉ

“Dos hombres, ambos de nombre José, se cercioran de que el cuerpo de Jesús reciba cuidadosamente las atenciones necesarias; el primero en la cueva de su nacimiento, el segundo, de Arimatea, en la cueva del sepulcro” (San Efrén de Nisibi)


Estas bellas palabras de Efrén de Nisibi – doctor de la Iglesia, santo del s. IV, que fue llamado la cítara del Espíritu Santo porque escribió, junto a San Juan de la Cruz, la mejor poesía teológica de la Iglesia- me han hecho pensar en nuestra actitud cuando vamos a comulgar, cuando se nos da el Cuerpo de Cristo para que también reciba todo el amor que ambos hombres le dieron. José de Nazaret debió tomar con temor y temblor, y con inmensa alegría, aquel cuerpecito que se le confiaba para que lo cuidase y le diera lo necesario para crecer. En una cueva nació el Sol que venía de lo alto y José tomó en sus brazos al Sol, que halló en él todo su cielo. Un famosísimo soneto de Lope de Vega se inicia con los sentimientos del sacerdote al levantar a Cristo hecho pan entre sus manos:

Cuando en mis manos, Rey eterno, os miro,

y la cándida víctima levanto,

de mi atrevida indignidad me espanto

y la piedad de vuestro pecho admiro.

Para concluir diciendo:


no sean tantas las miserias nuestras

que a quien os tuvo en sus indignas manos

vos le dejéis de las divinas vuestras.

Y José, que no recitaría el poema de Lope, sí vería el sueño de éste cumplido: porque por haberle sostenido en sus brazos, Dios siempre le sostuvo a él y en sus brazos murió. La Eucaristía es la actualización de la Encarnación. Al acercarme a comulgar me convierto en otro Cristo y la cueva de mi vida queda transfigurada tal como canta San Juan de la Cruz.


¡Oh lámparas de fuego

en cuyos resplandores

las profundas cavernas del sentido,

que estaba oscuro y ciego,

con extraños primores

calor y luz dan junto a su querido!


Mi vida es a veces esa caverna que la Lámpara eucarística alumbra “con extraños primores” Pero convendría que como José de Arimatea depositara el cuerpo de Jesús en una cueva, un sepulcro nuevo. Si Jesús se encarnó en un seno virginal y virgen era la tierra que lo recibió, virgen debe ser mi corazón para que Encarnación y Resurrección se manifiesten en mí. Vayamos a comulgar con la misma devoción y unción con que José de Nazaret y José de Arimatea tomaron en sus brazos el Cuerpo santo de Jesús.

martes, 29 de marzo de 2011

LA ALEGRÍA DE LAS COSAS PEQUEÑAS




¿CUÁNTO HACE QUE NO TE RÍES ASÍ POR NADA?