miércoles, 7 de septiembre de 2011





UNA PARÁBOLA DE NUESTRA ORACIÓN


Entre tantas cosas que recibe una por correo, sólo alguna me hace pensar, me conmueve o me hace reír. La primera vez que visioné este video de un bebé leyendo me reí con tanats ganas como lo hace - sin que se le vea- su padre. La niña no sabe lo que hace, ni mucho menos lo que dice pero sabe que complace a su padre y vuelve a la carga una y otra vez con gran seriedad.


Lo vi, me reí...y debió quedar en mi inconsciente porque al día siguiente en el rato que guardo para el Señor, sentada en un banco de la capilla, supe de pronto que yo era como ese bebé. A veces no sé lo que me digo, no sé lo que hago, ni mucho menos entiendo qué me dice la Palabra de Dios. Pero me bastaría con que mi oración hiciera reír a carcajadas a Dios, le alegrara la mañana y, encima, presumiera de hija como hace el papá de esta bebé.


Y creo que muchas veces Dios se debe divertir con nuestras oraciones, con nuestras peticiones, con nuestra vaga idea de que hemos hecho oración. Me gusta pensar que Dios pueda reírse de mí con tanto amor. Yo no voy a dejar de "leer" para Él lo que deseo, lo que me preocupa, o que me encanta...bla bla bla...bla..bla...bla...Voy a seguir con mi oración sabiendo que todo da igual. Todo excepto una cosa: alegrarle el día a Dios.



jueves, 21 de julio de 2011



LOS DEFECTOS DE JESÚS, MARÍA Y JOSÉ


Durante muchos años hemos vivido, creo, de un cliché estático de las tres figuras de Nazaret. Aunque parezca sorprendente quizá el que ha escapado más al cliché es Jesús: lo vemos gozoso, lo vemos llorar la muerte de un amigo, enfurecerse con los vendedores del Templo, acariciar niños...En cambio a María, la Llena de Gracia, la concebimos así, siempre llena, siempre en plenitud. Como si se hubiera quedado en el momento de la Anunciación, ese que podríamos llamar su “momento fundante”. O la vemos en la cruz, dolorosa y fiel. A José lo llamamos – cuando nos acordamos- el varón “justo”. Y ya.
Leí recientemente un artículo que me hizo mucho bien porque desmontaba paso a paso una idea que tenemos muy arraigada: la santidad equivale a perfección. Y parece, decía el autor, que ser santo es algo tan simple como dejar pasar la Luz de Dios a través de tu vida, con la psicología que tengas. De la misma manera que un vino excelente puede beberse en una copa de cristal de bohemia o en una copa comprada en un bazar, Dios se sirve de toda persona para manifestarse. Ha habido santos impacientes, con mal genio, tozudos...ha habido santas que somatizaban sus angustias, hipersensibles o excesivamente temerosas o audaces. Y murieron con esas particularidades, con esos defectos que eran propios de su psicología. Pero fueron santos.
Imaginar que José, María y Jesús no tienen sus fallos humanos, sus “defectos” es negarles, en cierto modo, la posibilidad de ser humanos. Si el verbo de Nazaret es “crecer” y ya desde el principio son “perfectos”...¿no nos estamos alejando de entender radicalmente que Dios se hizo carne? ¿que Dios acepta ser sujeto de perfección, que María y José tienen un camino que andar? Tener defectos es propio de la naturaleza humana y es, también, camino de santidad. Asumir los propios y los ajenos nos hace semejantes a Dios, nos acerca a su corazón misericordioso.
Me impresionó que Rita Levi-Strauss, premio Nobel de medicina, hiciera, hace muchos años, un serio y científico elogio de la imperfección. Según ella, sólo las especies que nacieron casi perfectas no han evolucionado. El escarabajo de hoy día es un organismo igual al del escarabajo de hace millones de años. En cambio, continua la científica, la persona ha evolucionado muchísimo desde su aparición en la tierra. Porque no era perfecta. Así que, con todos los respetos, como no pienso tratar a la Sagrada Familia como una especie casi perfecta incapaz de evolución he reflexionado sobre sus defectos. No es incompatible con la concepción inmaculada de María y José el pensar que la Virgen pudiera ser impaciente, que José pudiera estallar a veces y que el Niño Jesús, tres veces santo, pudiera ser tozudo como una mula. ¡Qué poco respeto, dirán algunos! Pero imaginarlos asumiendo también su fragilidad humana me reconcilia con la mía y aleja de mí la tentación, tan frecuente, de calibrar si voy mejorando o no, si supero o no ciertos límites, defectos o debilidades.
Hace muchos años me dijo un sacerdote: moriremos inmaduros. Me pareció un afrase bonita. Hoy, cada vez la descubro, la sé más cierta.
Pero lo importante es que aún con defectos, ni José ni María ni Jesús obstruyeron nunca la Luz. Ellos fueron el ventanal por el cual entró Dios a raudales. Y, siguiendo la imagend e ese artículo que tanto me gustó, la Luz puso de relieve sus desconchones humanos. Por algo, y no sólo por temor santo de Dios, habla María de su pequeñez.
Es posible imaginar pues que María pudiera ponerse nerviosa con lo que le costaba a José cobrar un encargo, un trabajo realizado. La vemos enfadada cuando el niño desobedece y se queda en el Templo. Cabe pensar que José se pelearía alguna vez con Dios, que tan complicada carga le había encargado custodiar.
El evangelio dice muy claro que Jesús crecía. Maduraba, vencía defectos y límites. Pulsiones, tendencias y sombras. Dice también que María no entendía y meditaba esas cosas en su corazón. ¿Pediría alguna vez cuentas a Dios?
Lo cierto es que nada de esto está reñido con la santidad. La santidad se acerca al concepto de plenitud; tanto da, decía Teresa de Lisieux, si eres un vaso como un dedal. Los tres son personas plenificadas. Se saben tierra sagrada de Dios y, por lo mismo, se aman y aceptan tal cual son.
Los tres dicen habitualmente, como Jesús en Getsemaní: no mi voluntad sino la tuya.
¡Qué buena noticia pues la de Nazaret!
No tengo que ser un vaso perfecto, una ventana nueva, una tierra sin un pedrusco...Basta que me deje llenar de Dios, que deje pasar su Luz, que me deje sembrar por Él.
Que no me pide la perfección sino la santidad.

martes, 19 de julio de 2011



IMÁGENES DE NAZARET: LA LEVADURA



En las casas se ve poco la levadura. Antes, cuando el pan se amasaba en cada hogar era de uso frecuente. María lo usó en muchas ocasiones ante los ojos asombrados del niño Jesús que pareció aprender para siempre la lección de la enorme capacidad que tiene lo pequeño para transformar lo grande.
Nazaret es levadura del mundo, sí. Pero si nos fijamos en el aspecto externo de la levadura no podemos decir que revista especial belleza. Es algo insignificante y de hecho son hongos microscópicos unicelulares, aunque eso, desde luego, no lo sabía Jesús. Esos pequeños hongos tienen una enorme fuerza interior para fermentar; pero ese proceso ocurre al descomponerse, al “morir”. La idea de morir para dar fruto, para resucitar, para nacer a nueva vida la aprendió Jesús en su hogar desde muy pequeño y con cosas y hechos muy simples que él leyó como Palabra de su Padre. En efecto, ante los ojos de Jesús niño ocurría el milagro diario: su madre hacía una masa e introducía un poquito de levadura. En realidad, había dos milagros:el del fermento de la masa y el hecho de que Jesús niño se percatara de un milagro tan chiquito y aprendiera así, para siempre, cual es el estilo del Padre. Pareciera que, definitivamente, Jesús se enamoró en Nazaret de lo pequeño.
Lo pequeño, lo anónimo, lo irrelevante – los niños, la sal, el grano de mostaza, la levadura...- le sirve a Jesús, en su vida adulta, para explicar la grandeza del Reino. Un Reino que, sin lugar a dudas, es hogar.
El hogar de Nazaret es hogar de pequeños. María lo proclama en su Magnificat: ha mirado la pequeñez de su sierva. De estas palabras se hará eco Jesús en lo que conocemos también como su Magnificat: el Padre ha escondido estas cosas – las de Dios- a los sabios y las revela a los pequeños, a los humildes. José, simplemente, actuará como niño que se abandona en su Padre.
El hogar de Nazaret es levadura del mundo.La levadura no es fea, es común, anodina. Su enorme fuerza está en lo interior. Y para que esa fuerza se revele hay una condición: debe ocultarse. Oculta pero no inactiva. Así es la vida de Nazaret.
Normalmente vivimos buscando el protagonismo, alejándonos de Nazaret al pretender que nuestra opinión sea valorada, que nuestros hechos sean aceptados y aplaudidos. Desde ese paradigma nuestra vida se convierte en la semilla que cae en terreno pedregoso: estéril y destinada a la muerte.
Ser de Nazaret es reconocer que Dios es levadura, potencia omnipotente. Él es quien transforma el mundo, quien acrecienta el bien, sostiene la espernaza, anima al decaído, fortalece al débil, apaga la sed el caminante. Él está haciendo germinar, Él fermenta nuestro corazón hasta ensancharlo, acrecentarlo, expandirlo.
¿Tenemos la mirada limpia de Jesús para darnos cuenta del milagro diario que sucede en nuestras vidas y en nuestro mundo?
Si el hogar de Nazaret se convirtió en levadura del mundo que aún hoy sigue actuando es porque los Tres dejaron que Dios introdujera en su ser la levadura de la divinidad. Y así, los Tres se convirtieron en la más viva imagen de la Trinidad del Cielo.
Es eso lo que ocurre: Dios no se impone, no fuerza. Pero una vez se le abren de par en par las puertas del corazón...nada vuelve a ser igual.
La Belleza, esplendor de la Verdad, empapa las vidas de quienes van por el mundo, como Jesús, María y José, con Dios en su corazón. Son vidas luminosas en las que Dios, oculto pero no inactivo, actúa incluso cuando no se percibe.
Vayamos a Nazaret. Allí se aprende el valor infinito de lo pequeño, de lo anónimo, de lo común.

lunes, 13 de junio de 2011


LLEVA TUS SENTIDOS A NAZARET (II)

OÍR



Si será importante este sentido que es aquel por el cual recibimos la fe. Se nos ha explicado, se nos ha hablado de Jesús, de las verdades reveladas. María escuchó lo que el ángel le decía, José lo oyó también en sueños. Sólo después vino el “Hágase” que cambió el mundo. Ambos, judios de raza y corazón, se habían forjado en la oración judia por excelencia, el Shemá:
Escucha Israel
El Señor es tu único Dios...

Oír no siempre nos lleva a escuchar. Vivimos inmersos en el ruido y hemos aprendido a defendernos. Tanto, que ha nacido un serio problema: hoy son muchos los jóvenes que tienen miedo al silencio. Y si Jesús “crecía” es porque vivía inmerso en un silencio que acabó siendo sonoro. De hecho, Jesús es la Palabra porque fue engendrado y creció en el Silencio. Sin él no hay posibilidad de trasmisión.
En Nazaret, dijo Pablo VI, se aprende una lección de silencio. El silencio es

“esta condición admirable e indispensable del espíritu, cuando nos encontramos envueltos en tantos clamores y gritos provenientes de esta ruidosa e hipersensibilizada vida moderna. Silencio de Nazaret, enséñanos el recogimiento, la interioridad, la disposición para escuchar las inspiraciones y las palabras de los verdaderos maestros; enséñanos la necesidad y el valor de las preparaciones, del estudio, de la meditación, de la vida personal e interior, de la plegaria que Dios ve en lo secreto.”(Homilía del Papa Pablo VI en la Iglesia de la Anunciación. Nazaret, 5-1-64.)

Sólo las obras preñadas de silencio, las engendradas en el silencio pueden alcanzar valor. Silencio precisa un artista para componer. Y silencio necesita la persona humana para componerse. Sólo el silencio permite preguntarse, explorar respuestas. Sólo el silencio nos equilibra.
Por eso Nazaret es silencio que enseña a escuchar. Con el oído físico, con los oídos del alma. Jesús niño escuchó en silencio todo aquello que de mayor convirtió en palabra.
El silencio, que debería ser un don, se convierte en una conquista que muchos no desean alcanzar. Y no obstante, todo niño, como Jesús, debería tener derecho a su “rincón” para pensar, para estar solo, para leer. Con frecuencia esa intimidad es avasallada por mil artilugios – juguetes, música estridente- que consiguen que el niño no aprenda, no experimente su propia interioridad. El resultado es que vamo sedientos y sedientos de ser escuchados pero hay pocas personas que sepan escuchar. Y esas son las que no sólo no huyen del silencio sino que lo preservan como el tesoro que es.
De José, el hombre que escuchó la voz del ángel, el silencio del misterio del cual participaba, el niño del cual era custodio, no tenemos ni una sola palabra. Su clima habitual es un silencio tan rico que es un continuo monólogo interior con Dios. Por eso, hasta cuando sus sentidos duermen, su corazón vela, escucha a Dios. Como dijo Pablo VI, hombre de silencio y palabra certera “el silencio es la actividad profunda del amor que escucha”.
De María el evangelista repite una y otra vez que “guardaba todas estas cosas en su corazón”. Posiblemente no entendía cómo tenía entre sus brazos la zarza ardiente, cómo la tenía en casa. Pero con respeto sagrado – y eso implica silencio- meditaba cuánto vivía porque Dios se iba manifestando día a día y era preciso estar atento.
De Jesús no se nos dice nada. Pero se nos dice mucho porque se nos dice que “crecía en edad, sabiduría y gracia” y ese es el fruto directo del silencio. Sólo el silencio alimenta el alma y la hace crecer.
Por eso es preciso ir a la escuela de Nazaret para aprender esa lección de silencio. Hay que acallar las preguntas que nos invaden y convierten el corazón en un mercado – qué hay que hacer, adónde voy ahora, a quién tenía que llamar...- para permitir que emerjan las auténticas preguntas del corazón, aquellas que toda persona, por el hecho de serlo, lleva sembradas en lo más hondo. Preguntas por el sentidod e la vida, la misión, la Voluntad del Padre. Preguntas por la felicidad, la vida, la muerte, el amor...
Sólo así podemos colaborar con Dios en nuestra propia felicidad. El gran escultor vasco Eduardo Chillida dice “Es estando “a la escucha” de lo que quiere salir que sale algo. No sale lo que yo quiero”
Dios, cuando nos habla, tiene para cada uno un “tono” especial. Por ese tono le reconoce María, que llora junto al sepulcro: ¡María! Y la vida de esa mujer que no había visto en Jesús más que un hortelano cambia cuando escucha su nombre en boca de Jesús.
Es preciso acudir al silencio del Sagrario, forja de grandes apóstoles. Allí está el Maestro y nos llama. “Mira, estoy a la puerta y llamo. Si alguien me escucha y abre la puerta entraré en su casa y cenaré con él y él conmigo” (Ap 3,20)
Nuestro oído interno se afina con horas de silencio.Si queremos ser de Nazaret, si queremos ser de la familia de Jesús, es preciso escuchar: Mi madre y mis hermanos son los que escuchan la Palabra de Dios y la cumplen (Lc 8,21)
Resulta claramente significativo que cuando una mujer alaba espontáneamente a María por ser la madre de tal Hijo, Jesús corrija y resitúe la importancia de María que no le viene de haber engendrado a Jesús sino de haber escuchado siempre la Palabra de Dios (Lc 11,28). Algo que todos estamos llamados a hacer.

sábado, 7 de mayo de 2011


RECORDAR MÁS A JESÚS


El relato de los discípulos de Emaús nos describe la experiencia vivida por dos seguidores de Jesús mientras caminan desde Jerusalén hacia la pequeña aldea de Emaús, a ocho kilómetros de distancia de la capital. El narrador lo hace con tal maestría que nos ayuda a reavivar también hoy nuestra fe en Cristo resucitado. Dos discípulos de Jesús se alejan de Jerusalén abandonando el grupo de seguidores que se ha ido formando en torno a él. Muerto Jesús, el grupo se va deshaciendo. Sin él, no tiene sentido seguir reunidos. El sueño se ha desvanecido. Al morir Jesús, muere también la esperanza que había despertado en sus corazones. ¿No está sucediendo algo de esto en nuestras comunidades? ¿No estamos dejando morir la fe en Jesús?
Sin embargo, estos discípulos siguen hablando de Jesús. No lo pueden olvidar. Comentan lo sucedido. Tratan de buscarle algún sentido a lo que han vivido junto a él. «Mientras conversan, Jesús se acerca y se pone a caminar con ellos». Es el primer gesto del Resucitado. Los discípulos no son capaces de reconocerlo, pero Jesús ya está presente caminando junto a ellos, ¿No camina hoy Jesús veladamente junto a tantos creyentes que abandonan la Iglesia pero lo siguen recordando?
La intención del narrador es clara: Jesús se acerca cuando los discípulos lo recuerdan y hablan de él. Se hace presente allí donde se comenta su evangelio, donde hay interés por su mensaje, donde se conversa sobre su estilo de vida y su proyecto. ¿No está Jesús tan ausente entre nosotros porque hablamos poco de él?
Jesús está interesado en conversar con ellos: «¿Qué conversación es ésa que traéis mientras vais de camino?» No se impone revelándoles su identidad. Les pide que sigan contando su experiencia. Conversando con él, irán descubriendo su ceguera. Se les abrirán los ojos cuando, guiados por su palabra, hagan un recorrido interior. Es así. Si en la Iglesia hablamos más de Jesús y conversamos más con él, nuestra fe revivirá.
Los discípulos le hablan de sus expectativas y decepciones; Jesús les ayuda a ahondar en la identidad del Mesías crucificado. El corazón de los discípulos comienza a arder; sienten necesidad de que aquel “desconocido” se quede con ellos. Al celebrar la cena eucarística, se les abren los ojos y lo reconocen: ¡Jesús está con ellos!
Los cristianos hemos de recordar más a Jesús: citar sus palabras, comentar su estilo de vida, ahondar en su proyecto. Hemos de abrir más los ojos de nuestra fe y descubrirlo lleno de vida en nuestras eucaristías. Nadie ha de estar más presente. Jesús camina junto a nosotros.

José Antonio Pagola

lunes, 2 de mayo de 2011




LLEVA TUS SENTIDOS A NAZARET



Si el conocimiento humano se alcanza a través de los sentidos, qué duda cabe que el conocimiento de Dios recorre otros caminos por los que, sin embargo, deben peregrinar nuestros sentidos. Ellos se muestran pobres, deficientes para alcanzar la sabiduría divina pero, paradojicamente, sólo si los conducimos por el camino del Misterio se purifican, transfiguran y nos alcanzan otra mirada: la de la fe.

“Dudan los sentidos
y el entendimiento,
que la fe lo supla”

Es el maravilloso "Tantum ergo" que cantamos mirando un pan que ya no es pan sino Presencia.
Para quien vive en Nazaret es preciso dejar que Jesús María y José eduquen los propios sentidos. En ese hogar santo se entra con alma de discípulo, corazón de enamorado, respeto de hijo y libertad que se entrega. Ellos, los Tres, mirarán mis huesos resecos, y me preguntarán como en la visión de Ezequiel:
- “¿podrán revivir estos huesos?” (Ez 37,3)
Y si me abandono, si dejo que los Tres reeduquen mi mirada torcida, mi paladar hastiado, mi oído endurecido, mi tacto insensible, mi olfato deficiente, si me entrego como Desideria, si doy mis sentidos, seré recreada. Y nacerá una nueva persona
Sólo entonces podremos decir:
“Os anunciamos a Aquel que existía desde el principio, a Aquel que hemos oídos, a Aquel que nuestros ojos han visto, que hemos contemplado y tocado con nuestras manos. Os hablamos del que es la Palabra de vida” (1Jn 1,1)


VER

¡Cuánto miramos y qué poco vemos! Nuestros ojos necesitan colirio (Ap 3,18) para poder ver, contemplar, atisbar el Misterio que se desgrana día a día en nuestras vidas. Lo primero, lo esencial, lo que se aprende con tan solo curzar el umbral de Nazaret es que Dios nos mira. Y esa mirada nos da conocimiento interno, aceptación, gozo desbordante. María es la primera en cantar: “Ha mirado la pequeñez de su esclava” Tantos complejos, tantos corazones heridos, encontrarían su sanación si se sintieran mirados por Dios. Porque el mirar de Dios es amor. Y cuando nos miran con amor la vida se fortalece en nosotros, nos sentimos amados y somos capaces de amar. Es más: aprendemos a mirar como Él que es lo que José y María hicieron siempre.
En los relatos evangélicos aparece con frecuencia el tema de la mirada.Los apóstoles tienen los ojos cansados en momentos de crucial importancia: en el Tabor, en Getsemaní. Se duermen. Dan ganas de sacudirlos si no fuera porque son nuestro vivo reflejo. También nosotros andamos adormilados, mirando sin ver. Nazaret es mirada atenta a la pequeñez que revela la Gloria del Padre. Es saber ver los lirios del campo, las aves del cielo, el caminante que necesita un vaso de agua, el leproso que pasa.
Y sólo ve, quien vive en la Luz. Esa Luz que no se ve pero nos envuelve – lo queramos o no- se levanta vencedora sobre las tinieblas. Cuando abrimos el periódico, cuando vemos las noticias, parece mucho el poder de las tinieblas. Ante tanto poder un hogar, el de Nazaret, se convierte en faro ético para todo el mundo, también para los no creyentes.
Los evangelistas también nos hablan de ojos cerrados, los de los ciegos. Imagino que Jesús pasaría ante muchos ciegos. Pero sólo alguno gritó con fuerza: ¡Señor, que vea!
Esa es la pregunta que me hará José, que me hará María o Jesús: ¿deseas realmente ver? Porque ver no es cómodo y menos ver “desde Nazaret”. Porque en Nazaret se aprende a mirar lo que es invisible para el mundo, se aprende a ver a los que no aparecen, no cuentan, no existen. Nazaret, qué duda cabe, complica la vida si te lo tomas en serio. No es una devoción más. Es encarnación, redención.
En Nazaret no valen los ojos cerrados ni cansados. La voz de Jesús es exigente: velad. No durmáis porque no se puede dormir ante este mundo. El juicio final que relata Mateo es un juicio a nuestra mirada sobre el mundo: ¿cuándo te vimos hambriento, desnudo, enfermo, en la cárcel, sediento, forastero...y no hicimos nada? (Mt 25, 1)
Fijémonos en quiénes saben ver a Jesús: unos pastores, gente maleante y de poco fiar. Unos sabios extranjeros, gentiles despreciados por el pueblo elegido. Unos ancianos, Simeón y Ana. Y pocos más. Ni autoridades religiosas, ni grandes personajes, con alguna gloriosa excepción: Nicodemo que va “de noche” a “ver”. En estos personajes se hace vida la frase de Gregorio de Niza: “La verdadera visión de Dios consiste en esto: que quien levanta los ojos hacia Él nunca más deja de desearlo porque su Ser es inaccesible”. Todos nuestros sentidos están comunicados y “ver” a Dios nos produce una sed que no se apaga. Y que nos cambia porque nos hace ya eternos buscadores.
No importa si nuestra oración es reseca, si nuestra vida se mueve en la rutina. No importa si creemos estar ciegos y vivir en perenne noche. Basta que aliente en nosotros el deseo de verle:
“Veante mis ojos...pues sólo para ti quiero tenellos”
Fijos los ojos en Jesús descubrimos a su lado a José y María. Si los fijamos en María, descubrimos a Jesús y José. Si los fijamos en José, descubrimos a Jesús y María.
Y, sobre todo, descubrimos con cuanto amor me miran a mí, nueva Desideria.

miércoles, 27 de abril de 2011





FELICES PASCUAS A TODOS!! QUE LA GLORIA DEL RESUCITADO ILUMINE NUESTRO QUEHACER PORQUE..."DESDE LA RESURRECCIÓN DE CRISTO, EL CORAZÓN DEL MUNDO YA ESTÁ SANO"!





NAZARET, DÍA TERCERO



Todas las culturas tienen sus números simbólicos, números que indican más de lo que en realidad dicen. Entre nosotros, decir “mil” indica reiteración, multiplicidad y hasta un poquito de cansancio: “¡te lo he dicho mil veces”! decimos asombrados a quien se sorprende por algo o no hace caso de una indicación clara y evidente.
La cultura semítica tiene varios números simbólicos: el cuarenta, por ejemplo. Indica una larga temporada si se refiere a tiempo: el pueblo de Isarael peregrinó cuarenta años por el desierto, Jesús estuvo en el desierto cuarenta días.
También el doce y el siete están cargados de significación.
Pero un número especialmente fascinador es el tres. Y es que nuestra fe se fundamenta en el tercer día, en el día de la Resurrección. Pero ese tercer día se había iniciado mucho antes...

Entre las numerosísimas citas aburridas de la Biblia, las que legislan hasta el más mínimo detalle, se repite hasta la saciedad que para creer y validar un hecho importante se precisan dos testigos y, preferiblemente, tres. (Dt 17 ) De hecho, Jesús tiene tres testigos en el Tabor y tres en Getsemaní.
Desde ese prisma, el testimonial, me parece de gran belleza, por su veraz contundencia, mirar y contemplar la Sagrada Familia, formada por Jesús, María y José, como testigo de la Trinidad, sí, pero de forma especial como testigo de la Nueva Alianza. Ya María, con su estancia de tres meses en casa de su prima Isabel, es un claro eco del Arca de la Alianza que acompañaba a los israelitas a lo largo del desierto. Ella tiene la excepcional vocación de ser arca y testigo; José, a su lado, es testigo que acompaña. Su presencia es necesaria para hacer creíble el Misterio. No siempre se pide al testigo que hable sino que, simplemente, esté cuando se firma el pacto. Y José está “con todo su ser, con toda su alma, con todo su corazón”. Porque ha escuchado lo que Yahvé decía cuando se disponía a iniciar un nuevo Israel.
El Nuevo Israel se llamará Nazaret. Dicen algunos que el Paraíso que se describe en el Génesis no es punto de partida sino un ideal, una meta. Pues bien, lo mismo ocurre con Nazaret : es la casa a la que nos dirigimos, el hogar de toda la humanidad.
En ese hogar hay una Mujer que pone levadura en tres medidas de harina hasta que fermenta toda la masa.(Mt 13,33) Es María que entrega a su hijo al mundo.
En ese hogar se cumple la expectación de todo el Antiguo Testamento: “estén preparados porque al tercer día el Señor bajará a la montaña del Sinaí a la vista de todo el pueblo” (Ex 19,11)
Un tercer día que se inició de forma muy distinta a las teofanias veterotestamentarias: ni truenos ni relámpagos. Un anonimato total, un espeso silencio rodea el momento de la Encarnación. Y el Misterio no se da en la montaña, lugar bíblico de encuentro con Dios, sino en una aldea. Porque Dios se hace de los nuestros y usa sandalias.

El acontecimiento salvífico más importante tiene sus preludios en el Antiguo Testamento. Los tres misteriosos personajes a quienes Abraham hospeda (Gn 18,2) dejan a su paso, tras compartir la mesa, una estela de vida. Las resecas entrañas de Sara son capaces de generar vida. Jesús, María y José se sentaron a la misma mesa durante años. Compartieron, sí, pan y risa, preocupaciones y conversación amena. Pero por encima de todo, allí se estaba generando vida y vida en abundancia. Los buenos recuerdos de la mesa compartida justifican que Jesús ponga la imagen del Banquete para hablarnos del Reino. Él no había “dejado” su Reino en el cielo, lo había vivido en Nazaret.
Otro icono de la Sagrada Familia son “los tres jóvenes que pasean entre llamas cantando himnos a Dios y bendiciendo al Señor” (Dn 3,24) José y María pasearon muy pronto entre llamas. Su vida y su amor fueron acrisolado al Fuego del Espíritu y tanto en la prueba como en el gozo cantaron himnos y alabaron a Dios. De hecho, no salieron nunca del Fuego, los Tres vivieron en Él y fueron habitados por Él. Nazaret fue nueva zarza ardiente (Ex 3,2 ) ante la cual hay que descalzarse porque es tierra sagrada. Es ahí donde yo oigo mi nombre como antaño Moisés el suyo. Dios me llama a vivir en Nazaret y sólo en la medida en que mi corazón arda con su Palabra me acerco al dintel. Esta vez va a ser Dios mismo quien me ruegue que no pase de largo: Quédate con nosotros que el día ya comienza a declinar.

Son ellos, los de Emaús, los que exclaman: Nosotros esperábamos que Él sería quien liberaría Israel. Pero ya estamos en el tercer día desde que todo esto ocurrió! (Lc 24,21)
Y el que tienen al lado, ese caminante, está prefigurado en la Reina Ester, que acaba con Vasti, su predecesora, e intercede por su pueblo orando hasta que “al tercer día se quitó sus vestidos de suplicante se lavó, se ungió, se vistió de fiesta y se engalanó” (Est VL 5,1). Y es Judit, paradigma de Israel, que tras permanecer tres días en el campamento de Holofernes, lo hiere de muerte (Jdt 12,7). Estas dos mujeres preludian, en su belleza y su amor, en su defensa de su pueblo y en su lucha contra el mal, al Resucitado.
Pero Juan, gran teólogo, usa la expresión “tercer día”, habitual en los sinópticos para referirse a la Resurrección, para enmarcar el milagro de Caná. “El tercer día se celebraron unas bodas en Caná de Galilea. Estaba allí la madre de Jesús (Jn 2,1) Dos días se mueven en torno a Juan el Bautista, último profeta del Antiguo Testamento. Con el tercero se inicia una nueva etapa que cambiará el agua en Vino.
Nazaret ha sido y es el odre nuevo que recibe el vino nuevo. Un vino nuevo que sólo en Pascua alcanza su sazón.