viernes, 13 de julio de 2012

jueves, 12 de julio de 2012


DOMINGO 15 DEL TIEMPO ORDINARIO
Los envió de dos en dos...

No sabemos qué hubiera ocurrido si Nazaret hubiera aceptado el mensaje de Jesús. En el relato continuado del evangelio de Marcos vemos que al fracaso de la misión entre los suyos, en Nazaret, le sucede una nueva manera de misionar. Ya no será en las sinagogas – espacio natural de Dios en el mundo judío-  sino en los caminos donde la Palabra resonará.  
Los apóstoles son enviados después de haber visto qué hacía Jesús. Y después de haber visto no sólo el éxito sino también el fracaso porque en Nazaret no pudo hacer Jesús ningún milagro; quizá a ello se deba la última recomendación que, aunque parezca dura, no hace otra cosa que exigir el no llorar ni lamentarse cuando no vemos el éxito pastoral. En la urgencia de la evangelización es preciso saber ver que hay tierras estériles a la semilla. Empecinarse en que la tierra estéril o rocosa dé fruto, viene a decir Jesús, no es propio de la sabiduría. Curiosa afirmación y exigencia porque creo que es la única que el mismo Jesús incumplió radicalmente. Él no desistió nunca de proclamar el evangelio y todavía pocos días antes de morir la anunciaba en “tierras estériles”, en el Templo de Jerusalén. Y es que a veces la lógica dice una cosa pero la pasión impone la contraria.
A los apóstoles los envía de dos en dos. Todos los comentaristas ven en este hecho  la imagen de la comunidad pero me resulta difícil pensar en una comunidad de dos. El número dos me remite instantáneamente a la familia nuclear, a la pareja. Y, aunque me desmarque del comentario oficial, me gusta pensar que Jesús nos envía en familia. Es la iglesia doméstica, son los padres los primeros transmisores de la fe, son ellos los que tienen la urgencia y el deber de predicar la conversión a sus hijos, expulsar los demonios que los circundan, ungirlos de fortaleza y curarlos de las enfermedades que contraen.
Cierto. El texto no habla de parejas sino, simplemente, de apóstoles. Pero la familia es el primer apóstol del niño que en su ámbito crece.
Si retomamos la imagen de los dos que son enviados a predicar vemos qué concepción tiene Jesús de la Iglesia: una Iglesia itinerante, siempre en camino. Sólo eso significan las sandalias, emblema máximo del peregrino. No es en la sinagoga, no en el Templo, no en el sedentarismo. El evangelio nos lleva al camino y nos exige estar siempre en ruta, desasidos, descentrados, desapropiados. Más a fondo, nos pide el desprendimiento de no esperar por los frutos. Lo nuestro es pasar y sembrar. Dejar a  Dios el poder de hacer crecer y a otros la dicha de la cosecha. Y cuántas veces nos amarga el no ver fruto…y cuántas creemos que hacer crecer es algo que depende de nosotros…
La otra imagen es la prohibición de tener dos túnicas. La túnica servía de abrigo ante las inclemencias del tiempo y también de lecho improvisado en el camino. La gente  pobre tenía una; dos es signo, sino de riqueza sí de posesión. Una Iglesia pobre e itinerante es lo que nos pide Jesús este domingo. Una realidad que a veces cuesta mucho de ver, la verdad. Es bueno traer aquí las palabras de San Basilio:
 «El pan que tú no comes, es el pan del hambriento; la túnica colgada en tu armario, es la túnica de quien va desnudo; los zapatos que tú no calzas, son los zapatos de quien camina descalzo; el dinero que tu escondes, es el dinero del pobre; los actos de caridad que no haces, son injusticias que cometes» (Hom. VI in Lc XII, 18 PG XXXI, col. 275). 

Qué gusto si la jerarquía eclesiástica actual  recobrara el lenguaje claro y directo en la predicación…
Ante la alusión a la túnica viene a la memoria la túnica de Jesús, la que se sortean cuando él agoniza clavado en cruz. Era una túnica sin costura, tejida, con toda probabilidad, por María. Manos de mujer sobre Jesús, manos de mujer sobre y en la Iglesia. Jesús, sacerdote y rey, necesita la ternura femenina sobre sí.  Y es una mujer la que suscita también la referencia a su túnica. La hemorroísa va por detrás para tocar, aunque sólo sea la orla de su manto…
Jesús, calzado con sandalias y con una única túnica, es modelo de Iglesia. Siempre en camino, siempre pobre.regúntate si en la fe vives instalado o “en camino”. Pregúntate  si tu vida no conjuga el verbo “acumular” (en el armario, en el banco o en el corazón) Porque sólo la desinstalación completa nos da poder sobre los demonios.  


viernes, 6 de julio de 2012


EVANGELIO DEL DECIMOCUARTO DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO
JESÚS EN NAZARET

El evangelio de este domingo (Mc 6,1-6) resulta incómodo para aquellos que intentamos “vivir en Nazaret”. Porque pone de manifiesto un Nazaret que no es ámbito de Salvación, un Nazaret que tiene legañas en los ojos y no sabe ver, un Nazaret que se define por su cerrazón. Es decir, un Nazaret que es el primero en “crucificar” a Jesús.
Jesús va a Nazaret. Ya había comenzado a manifestarse su Gloria y cabe suponer que se retira a su pueblo unos días para “descansar”. Descanso que debió hallar en su madre pero que sus amigos de infancia, sus convecinos y sus parientes le negaron.
Va a Nazaret y nada ocurre hasta que llega el sábado. No sabemos si estuvo muchos días pero sí se nos insinúa que nada anormal sucedió hasta el sábado. Posiblemente sus amigos y parientes se acercaron a verle, se abrazarían, compartirían sonrisas y mesa. Todo normal.
Pero el sábado se puso a enseñar en la sinagoga y su predicación suscitó múltiples preguntas (aprovecho para decir a mis amigos curas que eso es lo que debe hacer toda predicación).
Las preguntas de los nazarenos van todas en la misma dirección: a éste le conocemos. Lo hemos visto crecer, conocemos su familia, sabemos su oficio. En realidad no son preguntas porque no esperan respuesta alguna. Son objeciones que niegan la evidencia, algo que con frecuencia hacemos cuando nos encontramos con la Providencia de Dios, con su Amor.  Los datos que nos dan los nazarenos en forma de pregunta son datos sobre la humanidad de su vecino Jesús.
Ese es el gran obstáculo: Dios se ha encarnado, se ha hecho un buen vecino, amigo para quienes lo quieran así, y esa cercanía es motivo de rechazo para muchos que se mantienen apegados a la imagen previa que de Dios se han hecho.
A Jesús los nazarenos lo habían visto pequeño, débil, uno más. Ahora lo ven investido de sabiduría quizá porque Jesús hizo de lo pequeño la gran escuela espiritual. Cualquier nazareno, cualquiera de nosotros puede alcanzar la sabiduría divina si frecuenta, como Jesús, la escuela de la cotidianidad, el gran libro de Dios.
Pero para los nazarenos pequeñez y grandeza se contraponen, se excluyen. Curiosamente para muchos cristianos esto sigue siendo así. Nos gustan las vidas íntegras, redondas, casi planas. Las polaridades nos incomodan. Descubrir que Henry Nouwen, el gran autor espiritual autor de libros tan bellos y profundos como “El regreso del hijo pródigo” y “El sanador herido” era homosexual hizo que muchos que devoraban sus libros lo rechazaran frontalmente. Conocer las miserias de la Iglesia que la prensa publica un día sí y otro también ha hecho que algunos se alejen de ella y consideren el bien que hace pura hipocresía. Saber que M.Teresa de Calcuta vivió a la orilla de la no fe durante años, preguntándose por la existencia de Dios,  ha escandalizado  a muchos. Seguimos igual que siempre: nos gustan las recetas, nos gusta que lo blanco sea blanco y lo negro, negro. Malos y buenos, como en las películas.
Pero a nuestro Dios le gusta lo contrario. Le encanta lo pequeño y lo considera recipiente ideal para albergar la Grandeza. Le gusta y ama el pecador santo y la acción contemplativa tanto como la contemplación hecha acción; las vírgenes madres y las madres vírgenes. Dios no vive en la disyuntiva “o” sino en la conjunción “y”…
El Nazaret que conocemos este domingo no es otra cosa que nuestro corazón. Nuestra humanidad, la pequeñez de cada día, con todas las debilidades, con el pecado consentido, con las dudas y negaciones, con la lejanía voluntaria, es el ámbito perfecto para que Jesús se yerga e irradie su sabiduría. A ver si entendemos de una vez que, incomprensiblemente, mi indignidad fascina a Dios.
Nazaret es mi corazón. Un corazón que a veces abraza a Jesús y otras se escandaliza y se cierra a su acción. Nazaret es también lugar de misión.
Para ser descanso de Jesús necesito aprender que el hijo de mi vecino, la señora viejecita que me encuentro cada día o el niño pesado que no me deja en paz puede ser la gran Palabra de Salvación que Dios me envía. No vayamos a rechazarla sólo porque “ya lo conocemos”.
Acostumbrarnos a Dios, a  la Eucaristía, a poder rezar el padrenuestro, a ser perdonado…es la manera más rápida de llegar a una inconsciente apostasía.  
No nos acostumbremos a Jesús. 

domingo, 1 de julio de 2012

 


EVANGELIO  DEL DECIMOTERCER DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

LA HEMORROÍSA Y LA HIJA DE JAIRO

A veces me resulta paradójico caer en la cuenta de que a medida que  mi oración se va haciendo más silenciosa, mi corazón se va poblando de nombres. Hay días, más cansados, más rutinarios, más dormidos, en los que no tengo nada que decirle a Dios. Sólo estoy con Él. Y entonces dejo que lea los nombres que llevo escritos en mi corazón.
Hoy, leyendo el evangelio de este domingo, el precioso texto de Marcos que nos relata la curación de la hemorroísa y la resurrección de la hija de Jairo (Mc 5, 21-43) han saltado dos nombres entre todos para presentarlos a Dios. Este final de curso tan lleno y a la vez tan agobiado, por muchos factores externos a mí, Dios me ha regalado el testimonio de muchas personas que buscan sinceramente a Dios, que lo buscan a oscuras o a media luz, que lo buscan diciendo que no lo entienden, que no saben si creen, que lo añoran…Para mí siempre es un don poder hablar con un buscador de Dios.
Quisiera hablar a estos dos buscadores sobre el evangelio de hoy. Tanto la niña que muere, la hija de Jairo, como la mujer que sufre pérdidas de sangre son un reflejo de almas buscadoras. Centrémonos en la mujer que pierde sangre. La sangre es principio de vida y esta mujer anónima hace muchos años, doce, que pierde la vida instante a instante. Ha recurrido a toda clase de tratamientos y sólo ha conseguido empeorar y arruinarse. Esa mujer encarna el corazón que ha quedado herido en algún recodo del camino  de la vida y lleva tiempo desangrándose. Una mala experiencia, un dolor no superado, una profunda decepción… ponen en juego, con frecuencia,  los cimientos del corazón; a muchos se les pierde la esperanza, la confianza en las personas…a otros se les va diluyendo la fe…Hay un conducto por el cual la vida se escapa y nos deja débiles, enfermizos. La primera reacción puede ser la de buscar remedios que nos evaden, nos enajenan. Hasta que percibimos que no hay nadie que pueda curarnos sino Dios. Y comienza un lento retorno a su persona, a su trato. Un retorno que, muchas veces, se hace como lo hace la mujer: acercándose por detrás. Tocar la orla de su manto, sólo eso. Mientras se cree tener poca fe, mientras se cree vivir a oscuras, haber perdido el “derecho” a ver su Rostro…los demás, los que asistimos a esa búsqueda, somos conscientes de que estamos ante un corazón que tiene tanta fe como para acercarse a Dios sin grandes exigencias, sin “grandes anhelos”. Basta ir por detrás.
Llegarle a Jesús por detrás…¡qué camino de excelencia espiritual! “Acercarse por detrás” supone en primer lugar, acercarse. Salir de mi estadio habitual y hacerme “próximo a”. Dios quiere hacernos el bien, quiere sembrar mi vida de luz. Sólo me pide cercanía. No pide perfección, una fe sin fisuras ni dudas, una personalidad desbordante o una caridad excepcional. Pide cercanía. Me quiere a su lado. Sólo así podrá obrar, sanar mi corazón herido, ser mi luz… ¿me acerco a Jesús?
Situarse detrás es ya un acto explícito de una virtud que es espacio propicio para la  santidad: la humildad. La mujer no busca protagonismo, no explica, no habla. ¡Ni tan sólo pide que Jesús la mire! A veces nos parece que los grandes ejemplos de esa fe que no alcanzamos son personas que viven sabiéndose miradas por Dios. Hoy, el evangelio nos propone otra situación que nos es válida para esos momentos en que parece que hemos perdido el norte, para esos tramos de la vida en que uno se pregunta dónde está Dios. Porque puede que no nos permita ver su rostro, puede que no sintamos consolación en la oración, puede que la duda nos atenace…pero siempre podemos poner el pie donde Él lo puso. Porque ir detrás es la actitud del discípulo que sigue. Y eso basta: seguir a Jesús.
Pero la cercanía con Jesús, sana. La orla de su manto, el conducto por el cual nos llega la sanación,  puede ser una conversación, un amigo, un testimonio, una vuelta a los sacramentos, a la oración, un dolor…¡tantas cosas! Habrá momentos en que no “veamos” a Jesús. Pero siempre tenemos a nuestro alcance…la orla de su manto.
La otra mujer, niña aún, está aparentemente muerta. Como tantas “fe” que parecen no latir, no llenar de vida la propia existencia. Pero interviene, sanador como otra orla de manto, el amor del padre. El padre se moviliza cuando su niña está “en las últimas”. Y solicita de Jesús dos cosas: Ven. Tócala.  Y Jesús va pese a que, en el último momento, llega la noticia triste: la niña ha muerto. Sabemos que le dieron la noticia al padre…pero Jesús oyó. Muchas veces ocurre así: no le damos la noticia a Dios de nuestra vida, se la contamos a un amigo, a la mujer, al esposo, al sacerdote…pero Dios oye igualmente y como, por suerte, no tiene nuestros criterios el hecho de que Él no haya sido informado directamente no le impide hacernos el bien. Más a fondo, este jefe de la sinagoga que se acerca a Jesús es todo un reconocimiento del Antiguo Testamento que se inclina ante el Mesías prometido.
Jesús le dice a Jairo: no temas, basta que tengas fe. Siempre decimos que el mandato de Jesús es el amor pero para amar, como para tener fe, hay que ahuyentar todo temor. Por eso Jesús, a tiempo y a destiempo insiste: no temas, no tengan miedo…Se lo dice incluso a María, a José. Y lo repite hasta la saciedad. ¿Por qué prestamos tan poca atención al mandato de Jesús de no temer? Un corazón temeroso no puede amar, no puede creer. Sobre todo, no puede ser feliz. Cuando nos protegemos, cuando porque nos hirieron una vez, nos replegamos, cuando calculamos…nos alejamos de la propia felicidad. Dios nos quiere valientes, con la osadía de quien sabe que su Padre cuida de los pajarillos, de los lirios del campo… ¿qué puede entonces pasarme a mí? La fe es incompatible con el temor. Y Jairo cree…por amor a su hija, a quien quiere viva. A Jesús no le importan los motivos de nuestra fe, ya nos dará tiempo después para purificarla. También el hijo pródigo vuelve a casa por motivos oscuros pero recibe el abrazo y la fiesta, que no merecía, desde luego. Pero es que, básicamente, Dios es “raro”. Es decir, distinto de nosotros.
Jesús coge a la niña de la mano. Quizá este domingo tengamos que decir: “agárrame, Señor” Sólo si me reconozco débil Dios podrá desplegar el poder de su Salvación. Por eso resulta “tonta” la imagen de fuertes que nos creamos. Odiamos parecer débiles, cuando la debilidad asumida es orla de manto que sana.
Este domingo partamos de nuestra propia situación para dejar actuar a Dios. Que no se nos escape la vida, que no la dejemos morir. Y hagamos caso del mandato casero de Jesús: dar de comer. Alimenta tu corazón, tu fe, tu interioridad.  Dale cada día de comer.




miércoles, 27 de junio de 2012



Hola amigos/as! he estado desaparecida un tiempo pero retomo el blog con un corto excelente que puede ayudarnos. Hay que vencer el mal a  fuerza de bien así que...¡no nos cansemos de obrar el bien! Y...al estilo de Nazaret, porque el bien si es callado y silencioso tiene perfume de santidad.

sábado, 31 de marzo de 2012

Cuando el cine lleva a Dios...

Les pongo aqui la presentación que nos sirvió para comenzar a practicar la Lectio Divina. Tal como lo pidieron iré colgando el material de las reuniones. Y a ver si retomo los post!