jueves, 15 de julio de 2010



NAZARET, ESPIRITUALIDAD DEL CONSUELO DIVINO (IV)



Bienaventurados los que lloran porque serán consolados (Mt 5,4)

Es posible que Jesús, al proclamar esta bienaventuranza, pensara, sí, en tanta gente que sufre y sufrirá. Pero no tengo duda alguna de que también pensaba en su Padre, “Dios de todo consuelo” (2Cor ); Él sabía bien que también necesita ser consolado por tantos hijos que se le van de casa, por tanta ingratitud ante sus dones, por tanta indiferencia...
Sabemos por experiencia humana que la lejanía, la frialdad de la persona que amamos lacera nuestro corazón. Sabemos que también un proyecto de vida que se rompe nos deja en pleno desconsuelo. Rotos por dentro aunque caminemos, sonriamos y trabajemos. Y Dios cuyo amor es mil veces más ardiente que el mío, cuyo sueño y proyecto al crear el mundo ha sido tantas veces despedazado...¿Dios no llora? ¿Dios no necesita consuelo?
Imagino cuánto agradecería Dios el gesto de la Verónica, No pudo hacer más que enjugar el rostro de Jesús en su largo vía crucis. Fue un pequeño gesto de consuelo que, sin embargo, devolvió a Jesús toda su dignidad.
Nazaret es, esencialmente, ámbito de consuelo divino. En Nazaret viven y a Nazaret van todas aquellas personas que quieren ser el consuelo de Dios. Porque Dios necesita ser consolado por tanto niño hambriento, por tantos hombres y mujeres humillados, por tanta indignidad. Dios se duele con nosotros y también Él, de quien proviene todo consuelo, grita pidiendo consuelo. Él nos ha consolado siempre como una madre consuela a sus hijos (Is 66,13) pero nos consuela en nuestra adversidades para que nosotros sepamos hacer lo mismo con los que pasan por alguna tribulación (2Cor 1,4)
Los primeros, los únicos en captar que Dios es vulnerable, que Dios es un ser indigente y necesitado de alivio fueron María y José. Y así lo enseñaron a Jesús. La vida de los Tres cobraba sentido cuando, a pesar de no entender, intuían que su “sí”era un alivio para Dios. Seguro que no lo pensaron así pero aquel taller de Nazaret fue el único espacio capaz de secar las lágrimas de Dios que había visto roto su sueño de un Paraíso porque Adán y Eva ya no vivían en el. Nazaret es el nuevo Edén, la escuela de la nueva humanidad y en esa escuela se aprende a consolar a Dios.
Ese aprendizaje aleja de la imagen del Dios todopoderoso, del Dios que todo lo da porque sólo Él es el Fuerte. Ese aprendizaje invierte nuestra relación con Dios. La oración de súplica se convierte en otro tipo de súplica que sólo algunos místicos han descubierto. Aquellos que se levantan cada día y preguntan a Dios qué pueden hacer por Él, esos son los auténticos hijos de Nazaret. En realidad sólo existe el amor de retribución pues aún cuando una persona ame a Dios con todo su ser, alma y cuerpo, ese amor sólo es un don más de Dios. ¿Se le puede dar algo a Dios? Quizá la respuesta sea tan simple como eso: que nuestro amor sea para Él un consuelo infinito...
Quienes me lean podrán decir al final si lo que digo es o no un desatino. Porque yo creo que para ser consuelo de Dios hay que ser algo “discapacitado para el mundo”. Hay que abajarse, hacerse pequeño, atender el detalle. Contar poco. Quizá, no contar nada. Y eso está muy lejos del corazón soberbio y engreído. Por eso dice Jesús: “ay de vosotros los ricos: ya habéis recibido vuestro consuelo!” (Lc 6,24)
La discapacidad para triunfar en el mundo, para tener un éxito arrollador no es lo que nos hace de Nazaret. Lo que nos hace de Nazaret es tener la desfachatez de no concederle importancia, de no buscarlo. Es más: de atrevernos a rechazarlo. Entonces nuestros sentidos se abren a lo esencial y vemos al hermano herido, a la vecina llorosa, a la joven triste y acongojada.
Hace más de treinta años conocí a Cipri. Un día en el que yo estaba muy abatida fui a su casa con varios amigos. Por el trayecto hablamos de todo, hicimos broma, nos tomamos el pelo. También yo, aunque estaba, no recuerdo el motivo, muy afligida. Al llegar a casa de Cipri toqué el timbre y abrió él. Pero ya no me dejó pasar. Quería saber qué me pasaba, porqué estaba tan triste. Aún hoy, su gesto es un bálsamo para mi corazón. Cipri era un joven discapacitado y su casa era una residencia para chicos como él. Pero yo había caminado con chicos “normales” durante un buen rato, chicos y chicas que han triunfado en su profesión y nadie me consoló, nadie vio ni siquiera mi tristeza. Sólo aquel que “no valía”.
Cipri es de Nazaret. Cipri obedecía la voz de Dios que dice: “Consolad, consolad a mi pueblo...habladle al corazón...” (Is 40,1-2) Muchos años antes lo había hecho la Sagrada Familia. José fue consuelo para María cuando buscaban posada, cuando huían hacia Egipto. María consoló a José en su noche turbada con su silencio confiado, lo consoló porque fue un bálsamo en su vida. Jesús consoló a la samaritana de su sed profunda, al ciego de su oscura noche, al sordo de su aislamiento y soledad. Y porque los tres recreaban el Paraíso originario, Dios posaba cada día su mirada en ellos para recibir el consuelo con el que consolar a sus hijos. La Buena Noticia de Nazaret es que Dios nos necesita.
¿Qué hicieron de especial María y José para consolar y enseñar a Jesús a ser el Consuelo de Israel? (Lc 2,25)
Miremos a los Tres y hallaremos una lección de compañía, de cercanía en la cruz. Aprenderemos de ellos el silencio que nos posibilita escuchar y la palabra que habla al corazón. Aprenderemos a abrazar, a acoger en nuestros brazos. Jesús tocó muchas veces a aquellos que nadie tocaba. Y se dejó tocar. Sabremos que nuestro cuerpo es también capaz de cercanía, de consuelo, de comunión.
En un mundo que llora es preciso crecer en la espiritualidad del consuelo. Nadie evitará a nadie la cruz. Pero sí podemos ser Cirineos y Verónicas. Mejor aún: seamos Nazaret, ámbito donde puede germinar el Nuevo proyecto de Dios.

viernes, 9 de julio de 2010




NAZARET, ESPIRITUALIDAD DE LA PALABRA (III)


Recientemente se habla mucho de volver a la Palabra, al origen, a las fuentes. No hay duda de que en estos últimos años muchos cristianos han descubierto el valor de la Palabra de Dios y han aprendido a amarla. El último Sínodo es buena prueba de la inquietud que siente la Iglesia por alimentar la fe con el conocimiento de Cristo que sólo quien asimila la Palabra llega a tener.
Y no dudamos en afirmar que Nazaret es el prototipo de esa espiritualidad de la Palabra. Pero ¿qué significa eso? ¿Podemos contentarnos con deducir que quien vive en Nazaret conoce y frecuenta las Escrituras de modo que puede decir con el salmista: “Lámpara es tu palabra para mis pasos, luz en mi sendero”? Vamos a ver si mirando, como siempre, la Trinidad de la tierra logramos ver con claridad en qué consiste esa “espiritualidad de la Palabra”.
El evangelista Lucas nos presenta reiteradamente a María como la mujer que escucha y dialoga con Dios aceptando que ella no puede comprender en totalidad su Palabra. Y vemos a la Virgen ofrecer su vida a esa Palabra de Dios con la frase más bella: Hágase en mí según su Palabra. Y desde ese momento la Palabra se encarna.
José aparece también como hombre de diálogo. Sus sueños están llenos de mensajes angélicos lo cual nos indica que ni al cesar la actividad humana consciente, cesaba el diálogo interior con Dios. Y en ese diálogo José recibe y acoge la Palabra guardando ese silencio que magistralmente definió Pablo VI como “la actividad profunda del amor que escucha”.
¿Y qué decir de Jesús? La primera palabra que tenemos de la Palabra es aquel “Yo debo estar en las cosas del Padre”. Desde niño escucha y lentamente va descubriendo su misión. A los tres les cambió la vida de manera radical ese escuchar la Palabra. Una sola Palabra ha dicho Dios al mundo y en silencio debe ser escuchada (San Juan de la Cruz). Y si algo caracteriza Nazaret es la atención a lo esencial. De ahí que nuestra espiritualidad suponga dar primacía al ser sobre el hacer.
Escuchar supone obedecer y tanto en José como en María vemos que lo hacen “con diligencia” que etimológicamente significa amando. Escuchar y obedecer por amor. Sólo la obediencia refleja la autenticidad de la escucha. Es entonces, es cuando la escucha de la Palabra florece en obediencia que “ tu Palabra engendra fe rendida” aunque los sentidos se equivoquen, como canta bellamente el himno “Adoro te devote”.
Nazaret es hogar de “fe rendida”, de fe absoluta. Los sentidos no suelen acompañar en esa espiritualidad de Nazaret: no hay grandes manifestaciones y los días se suceden unos a otros sin que la espectacularidad aparezca...porque no es ese el estilo de Dios. Nos pasa como al profeta Elías: muchas veces esperamos que Dios se nos manifieste entre truenos y relámpagos y nos cuesta reconocerlo en la brisa suave. “Lo corriente y normal” pueden convertirse en obstáculo para el encuentro con Dios si no hallan “fe rendida”. Es lo que les sucede a los vecinos de Nazaret después de escuchar embelesados a Jesús en la sinagoga. De repente alguien pregunta: “¿No es éste el hijo de José”? (Lc 4,22) Y el hecho de haber visto entre ellos a Jesús desde pequeños los ciega para la Luz; es más: los enfurece contra la Luz. Esta es la experiencia de muchos cristianos que, educados en la fe desde la niñez, han perdido la capacidad de asombrarse ante Dios.
Nazaret supone leer a Dios entre las líneas de nuestra vida porque la Palabra se encarna cada día en nosotros, en nuestra historia, en nuestro quehacer. Y podemos acogerla o rechazarla convirtiendo nuestra existencia en esas tinieblas que nunca alcanzan la Luz (Jn 1,5 ).
Vivir de la Palabra supone tener un río de agua viva en el interior que mana sin cesar y sé encontrar aún en plena noche.
Qué bien sé yo la fonte que mana y corre
Aunque es de noche
” (San Juan de la Cruz)

Para ello, para reconocer el evangelio, la buena noticia en nuestras vidas, es necesario “ponerse de acuerdo con la luz” (Pablo VI). Sólo así se nos revela la significación interior de aquello que vivimos y, también, de aquello que leemos como Palabra revelada. Por ello, aunque sea duro permanecer en la Palabra, quien se alimenta de ella la percibe “dulce como la miel”. (Ez 3,4). Al fin y al cabo es el Señor quien “cada mañana me espabila el oído para que escuche como los iniciados” (Is 50,5) Y si me hace iniciado no es para mi goce personal sino para que mi lengua de iniciado sepa “decir al abatido una palabra de aliento” (Is 50,4). Y aliento nuevo, ruah, espíritu que sopló sobre el mundo para una nueva creación, fue la Sagrada Familia, Jesús, María y José.
Queda claro que la Sagrada Familia se alimentaba de la Palabra y, en concreto, de la liturgia sinagogal a la que, como dice el texto de Lucas, Jesús tenía por costumbre asistir. Las palabras que guardamos de María son claras alusiones a textos del Antiguo Testamento y José se nos presenta con rasgos bíblicos. Por otra parte es sumamente significativa la lectura que Jesús hace en la sinagoga de Nazaret del texto de Isaías:

El Espíritu del Señor reposa sobre mí
Porque Él me ha ungido.
Me ha enviado a anunciar la Buena noticia a los pobres,
A proclamar la libertad a los cautivos
A los ciegos la luz
A libertar a los cautivos y
A proclamar el año de gracia del Señor


El Espíritu del Señor es espíritu de Santidad. Desde toda la eternidad Dios nos ha llamado para ser “santos e inmaculados en su presencia” (Ef 1, 4). Nos ha llamado a participar de su intimidad, a vivir esa vida eterna que sólo se da en la Trinidad.
Y con ello llegamos a la conclusión: vivir la espiritualidad de la Palabra no es otra cosa que vivir la misma vida de Dios. Es “ser santo porque nuestro Dios es santo”. Si Él se comunica conmigo sólo puede comunicarme santidad. Y yo sólo puedo entrar en la escuela de santidad que es Nazaret.
Puede resultar difícil definir el concepto de santidad. Pero si miramos a Jesús, José y María vemos que lo reducen a una expresión: servir.
Ser santo es continuar la obra de Dios, estar dispuesto a todo para colaborar con Él. Ponerse, como Jesús, el delantal y preguntar cada mañana a Dios:
¿En qué puedo ayudarte?

jueves, 1 de julio de 2010



MUJER DE CADA DÍA

Mientras crece la noche, cada día
prende el Amor su llama
en tu candil de aceite desvelado,
siempre igual y creciente.
El pan de tus moliendas se cuece, cada día,
bajo el fuego tranquilo de tus ojos,
mientras crece también la madrugada.
La fuente de la plaza te entrega, cada día, su limosna
mientras le crece el corazón al mundo.
Como el ave del Tiempo vas y vienes,
de la casa a la calle, del Misterio al misterio,
muchas veces al día,
y llevas con tus pasos el compás de las horas...
Tú sabes qué es vivir a pulso lento,
sin novedad para la prensa humana.
Apenas sin distancia: la de un grito.
En esta pobre aldea que vigilan
las higueras comadres
y el centinela de un ciprés oscuro.
-¿De Nazaret va a salir algo bueno?
José viene cansado, cada noche.
Y el Niño trae el hambre entre los dedos
por undécima vez.
-¿Qué quieres, hijo?
(Las almendras se miran, asustadas de gozo,
y el plato ríe miel por todas partes).
Tú ya has dejado el huso sobre el banco dormido
y la lana suspira blancamente.
Esta mañana has ido por retama,
y te sangran las manos, en silencio,
y te huelen las manos a lejía de yerbas.
Has ordeñado luego las dos cabras sumisas,
y sabes toda a leche.
Ayer vino el siroco, y te abrasó las flores.
Hoy irrumpe el simún
como una tropa de soldados romanos,
y hay que cerrarlo todo y, con la prisa, a oscuras,
se te pierde una dracma, rescatada
del tributo de Herodes.
Si las vecinas rompen tu retiro, como gallinas locas,
tú sonríes.
Un día nace un niño, y tú lo acunas.
Y un día muere un hombre, y tú lo velas.
En la olla inservible crece un lirio morado,
y tú riegas su lenta profecía.
Nazaret se despuebla, cuando llega la Pascua,
y tú marchas con todos,
peregrina del Templo,
con Yahvé de la mano,
con un salmo en la boca.
La ruta de Israel converge en tus sandalias.
Y los caminos múltiples del mundo
arrancan de tus pies caravaneros.
Tu corazón no para, día y noche.
Día y noche recogen sus limpios cangilones
el agua de la Vida.
Y el Verbo se hace Hombre, día y noche,
delante de tus ojos,
al filo de tus manos,
detrás de tu silencio...
(Pere Casaldaliga)

martes, 29 de junio de 2010




Cuando tenemos el Espíritu Santo, el corazón se dilata, se baña en el Amor divino.
Sin el Espíritu Santo, somos como una piedra del camino. Tomad en una mano una esponja embebida de agua y en la otra una piedra; presionadlas de la misma manera; no saldrá nada de la piedra y de la esponja haréis salir el agua en abundancia. La esponja es el alma llena del Espíritu Santo, y la piedra es el corazón frío y duro donde el Espíritu Santo no habita.
El Espíritu Santo forma los pensamientos en el corazón de los justos y engendra las palabras en su boca. Aquellos que tienen el Espíritu Santo no producen nada malo; todos los frutos del Espíritu Santo son buenos… Cuando tenemos el Espíritu Santo, el corazón se dilata, se bañan en el Amor divino.
Hará falta decir cada mañana: “Dios mío, envíame tu Espíritu que me haga conocer lo que soy y lo que tú eres”.

San Juan María Vianney, cura de Ars

lunes, 28 de junio de 2010



136 AÑOS DE INMENSA GRATITUD



Hace 136 años San Josep Manyanet entregó a unas cuantas mujeres el don y la gracia de vivir la espiritualidad de Nazaret. Hace 136 años fundó una Congregación, las “Misioneras Hijas de la Sagrada Familia de Nazaret” como familia para las familias.
Hoy, acrecentado el tesoro histórico de la Congregación por la santidad de Manyanet y centenares de mujeres que con fidelidad, entrega y amor siguieron a Jesús en el misterio de Nazaret, nos alegramos de tener tantas predecesoras que alumbran nuestro caminar.
No obstante, la fidelidad no es la continuidad sino la recreación del carisma recibido según los nuevos tiempos. Y no tengo duda de que si en una primera fase, los religiosos y religiosas han descubierto y preservado el misterio de Nazaret, lo han descubierto y preservado para que sea, quizá, el mayor regalo de la Iglesia a los laicos del s. XXI.
Mientras algunos religiosos se conciencian y los laicos se enteran, ¡felicidades Nazaret!
Y, por encima de todo, gracias al Padre por suscitar en la iglesia a San José Manyanet, apóstol de la familia

martes, 22 de junio de 2010


NAZARET, ESPIRITUALIDAD DEL CAMINO (II)



Los escasos textos evangélicos que nos presentan a la Sagrada Familia son textos llenos de caminos. El camino tendrá tanta significación que los primeros cristianos son conocidos como “los del camino”; por ello no es de extrañar que identifiquemos a José y María como gente que vive en el camino.
Por el camino se va de una realidad a otra, de pueblo a pueblo, de mar a montaña, de ciudad a ciudad. Prefiguraciones de su Hijo, por José y María pasamos de la antigua a la Nueva Alianza, de la Ley a Cristo, de la promesa a la plenitud, del temor en obediencia al amor en el servicio. Cristo fue y es el Camino pero es preciso señalar que José y María fueron los primeros en inaugurar la senda. Y, paradójicamente, José es camino para la humanidad de Jesús que necesita una genealogía, unas raíces, un hogar, un padre a la sombra del cual crecer. María es camino para la maravilla que supone la concepción, gestación y parto de un bebé. Sí, algo de los dos había en Jesús porque sus caminos acababan siempre en Él.

Ser persona de camino significa estar dispuesto a la continua desinstalación.
El camino supone básicamente desinstalación. El primero en desinstalarse es Dios que se abre camino a través de los siglos para plantar su tienda entre nosotros. Y la tienda es símbolo de peregrinaje permanente. Dios se abre camino en el seno de María y en la noche de José. Y José y María, a quien Dios une en el camino de la fe más radical, transitan diversos caminos: de Nazaret a Belén, de Belén a Egipto, de Egipto a Nazaret; de Belén a Jerusalén, de Nazaret a Jerusalén cuando el niño tiene doce años y de Jerusalén a Nazaret. La constante es siempre la misma: volver a Nazaret.
Más adelante la imagen que nos deja Jesús es la de Alguien que camina, que no tiene donde reposar la cabeza.

A José le llegó, como cabeza de familia, la Palabra de Dios que envuelvía el futuro de todos los suyos. Toma a María, porque el niño necesita una familia, una posición y apellido en la sociedad en la que va a nacer, una identidad y un padre. Levántate, huye, regresa, ve… Y José, custodio de la santa Familia se levanta, huye, regresa, va…
Entre el imperativo divino y la acción humana no hay distancia. Quizá en eso consista la santidad: acortar la distancia entre voluntad divina y voluntad humana. En María y José no sólo no hay distancia sino que la voluntad de ambos se ha fusionado con la de Dios. Por eso José y María son tan Palabra como la Palabra que en el principio decía: “que se haga la Luz, y la Luz nacía”. Con los dos comienza la Nueva Creación.
José y María tenían un proyecto. Se habían desposado con ilusión, se amaban. Y de repente, en su camino, Dios entra para quedarse. Y ya no tienen proyecto propio, tienen el de Dios. Y eso es vivir a la intemperie, porque Dios nunca te da el plano del camino sólo te urge a caminar. Pero ellos saben convertir esa intemperie en hogar cálido donde Dios nunca sintió añoranza del cielo.

Ser persona de camino significa confiar, abandonarse.
Para quien busca a Dios nunca hay parada y fonda. No hay posada si no es en Él. Dios te desmonta a cada instante el futuro, te va urgiendo por caminos inciertos. Mas quien vive espiritualmente en Nazaret ha vendido ya el campo y no lleva ni alforja ni zurrón para el camino. Nazaret está radicalmente reñido con el deseo humano de tener control sobre aquello que acontece en nuestras vidas. Se camina por Él, en Él y con Él. Como lo hace la Sagrada Familia que tienen en el Niño la razón de todos sus caminos.
En los caminos de la Sagrada Familia hay una constante ya insinuada: todos conducen al ocultamiento: oculto nace Jesús en la cueva de Belén, ocultos viven los tres en Egipto, ocultos, lejos de Arquelao, se instalan en Nazaret.
Los caminos de la Sagrada Familia se convierten así en paradigma de la vocación cristiana. Porque se trata de encontrar la tierra buena que dé fruto abundante. Y no es Belén ni Egipto. Es el anonimato de Nazaret. Allí germina en silencio la semilla que será Pan del mundo.
Ser de Nazaret nos lleva a buscar los caminos del corazón que conducen a la interioridad, esa interioridad que se convierte en manantial de Vida porque es sede del Eterno, del Paráclito, del Espíritu.
Nuestro corazón es el nuevo Nazaret. Y no es posible olvidar que llevamos un tesoro en vasos de arcilla. En mi arcilla humana. Debo buscar cada día el Nazaret de mi vida para que Dios crezca a sus anchas.

Con tremenda solidaridad para toda la raza humana vemos a José y María transitar los caminos sin Dios.
No hubo ángel alguno que diera a José, o a María, la orden de partir de Jerusalén . Pero partieron. Y esta vez, Él no fue con ellos. Cuando sintieron el vacío de su presencia dieron media vuelta y regresaron ansiosos. Y eso es la conversión. Girar y reorientarse hacia Él. A veces es preciso desandar nuestro camino. Porque es Dios quien impone el ritmo, quien decide. Y cuando nosotros tomamos el mando…a menudo nos alejamos de Él.
Era obligación de José, y de María, estar pendiente del hijo. Jerusalén era un tumulto de gente, los niños debían perderse con facilidad. Pero quizá estaban “acostumbrados” a un Jesús que siempre se portaba bien. Por un momento no recordaron que Dios siempre sorprende, siempre desmonta los esquemas que tenemos de la vida. Lo habían vivido a tope pero es que nunca aprendemos del todo. A Dios no se le encasilla, te lo esperas por un camino y te viene por el otro.

Ser persona del camino supone descentrarse continuamente
Fíjémonos en la población que escoge Dios para el mayor Misterio:

“Tierra de Zabulón y Neftalí, camino del mar, al otro lado del Jordán, Galilea de los paganos...el pueblo que vivía en las tinieblas ha visto una gran luz” (Mt 4,15-16)

Nazaret no es centro de nada humano como no sea de desprecio. Tierra de paganos, tierra contaminada, tiene a los ojos de los judíos observantes una situación marginal. Dios nace en los márgenes de nuestros caminos por eso hay que dejar continuamente nuestras sendas, aquellas que nos parecen “lógicas” porque Él sigue viniendo por la cuneta. Jesús estaba habituado a fijarse en quienes vivían a la vera del camino: el ciego, los leprosos, la simiente que cae fuera de la tierra...Él fue siempre, como ha dicho un gran escriturista actual, un “judío marginal”.
A lo largo del camino Dios nos enseña. Jesús enseñaba íntimamente a los suyos mientras iban de camino. Muchas veces, de niño y joven, iría con José a Caná o Séforis en busca de trabajo y también para él el camino fue aprendizaje. Silencio y palabras llenas pero, sobre todo, presencia. En el camino los discípulos discuten y también son interrogados por Jesús acerca de su persona. El camino es siempre provisionalidad. Y el camino lleva a la cruz. No es posible ignorar que la espiritualidad de Nazaret está profundamente vinculada al dolor y sufrimientos redentores. Pero sabemos que en ese camino “Jesús va delante” (Mc 10, 32) . Él ha convertido el Camino en ámbito de salvación:
“Por el camino anunciad que el Reino está cerca” (Mt 10,7)
Es lo que anunciaban José y María en sus caminos más habituales: el de ir a la fuente cada día, en el caso de María, y al taller o dondequiera que hubiera trabajo en el caso de José.
Vivamos nuestra cotidianeidad sabiendo que tenemos el reino cerca: en casa, en el corazón.

LA ÚLTIMA CIMA

El año pasado murió en España un cura escalador. Pero más que escalador, era un "buen" cura. Su vida se proyecta en los cines del país con un éxito sorprendente. Comenzó sólo en cuatro cines y en unas semanas, a petición del público, paso a proyectarse en más de cincuenta cines. Confieso que no la he visto pero me llamó la atención su propaganda que, al parecer, resultó muy efectiva: la única película que habla bien de los curas. Vean lo que dice su director. Porque independientemente de que vayamos a verla o no, da que pensar. Por eso este breve post quiere ser un homenaje a tanto cura bueno que hay en el mundo. A tanto cura fiel que sigue a Jesucristo. Les debo mucho a muchos, hay nombres en mi vida que llevan el añadido "cura". Gracias.