domingo, 14 de noviembre de 2010

Cada brizna de pasto
tiene una angel que
se inclina y le susurra:
crece, crece...
( Talmud)

NAZARET, SEMILLA DE SANTIDAD


A lo largo de su predicación podemos constatar que Jesús ama de manera especial las imágenes que hablan de crecimiento. Si hacemos una lectura atenta de su predicación y en especial de sus parábolas, pronto descubrimos ese hilo conductor: Granos de mostaza, de trigo…¡incluso de cizaña! Talentos que se multiplican, agua que se convierte en bebida más valorada, masa que crece con la levadura, pescas abundantes…Su vida queda definida también con aquel “crecía en edad, sabiduría y gracia ante Dios y ante los hombres” que tanto ha fastidiado a algunos pensando que ya se podían haber esmerado un poco más los evangelistas y facilitarnos algún detalle.
Todo ser viviente tiende al crecimiento. No hay nada vivo que no sea creado para crecer. Tú también. La cuestión es en qué estás creciendo en este momento de tu vida. Puede que crezcas en seguridades, en bienestar, en tranquilidad. Y entonces, déjame decirlo, estás lejos del Reino. Pero puede que crezcas en paciencia, en entrega, en oración, confianza, solidaridad…y en ese caso vives en el Reino.
A veces sentimos curiosidad por saber cómo será esa realidad que llamamos “cielo”. Y quizá bastaría mirar nuestro corazón para descubrirlo. "He encontrado mi cielo en la tierra pues el cielo es Dios y Dios está en mi alma" (Sor Isabel de la Trinidad)
Dios está en semilla en tu corazón. Quizá por eso su primera palabra dirigida al hombre es : creced, multiplicad. Dios no nos da “premios finales” porque es imposible pensar que Dios, en su infinito amor, retenga algo de sí para más adelante. Él ya nos ha dado cuanto nos puede dar, Él ya se ha dado.
Tienes pues, “el cielo en tus manos”. De ti depende que germine y crezca sin que tú sepas cómo, noche y día, hasta que dé fruto (Mc 4).
Pienso que Dios te plantea dos retos: saber de qué es la semilla que ha plantado en nuestro corazón y buscar a nuestro alrededor testimonios de semillas que ya han dado fruto y son, quizá, altísimos árboles donde van los pájaros a posarse.
Mira, vuelve tus ojos al hogar de Nazaret. “Hágase”, exclama María. De José no guardamos palabras, solo acciones, hechos. Pero el evangelista subraya: era justo. “Yo debo estar en las cosas de mi Padre”, dice Jesús adolescente.
La semilla que Dios ha puesto en nuestro corazón es semilla de cercanía. Semilla que acorta, al crecer, la distancia entre mi persona y Dios. Semilla que me hace parecer cada vez más a Dios porque he nacido para ser como Él. El Cardenal Newman decía que la santidad es “llegar a ser lo que somos”. Es una de las definiciones de santidad más simples y más exactas.
Nos complicamos, nos enredamos y nos perdemos. María, José y Jesús tienen la madurez espiritual de no hacerlo. Ellos están a lo que están: el Padre. Único eje de sus actos, decisiones y afectos. El resto puede ser bueno pero relativo. Lirios del campo que hoy son y mañana no. Hierba que perece. Pájaros que caen y mueren.
La Sagrada Familia no vivió en un mundo ideal. A su alrededor había guerras, sangre, injusticia y miseria. Pero no cayeron en la trampa de desear que todo fuera perfecto. Miraron el mundo desde arriba, con los ojos de Dios. Y no se dejaron cegar por el mal sino que vieron en la hondura. Como decía Jung “Quien ve hacia afuera sueña, quien ve hacia adentro despierta”. Miraron hacia adentro, hacia la semilla-Dios. Y despertaron el mundo.
Nazaret es semilla de santidad. Las tres personas de ese Hogar alcanzaron su plenitud total. Ellos ya han dado fruto y fruto abundante. Pero el mensaje de Nazaret, el conocimiento de que la santidad es “estar en lo del Padre” todavía no ha germinado en el mundo. Nazaret sigue siendo aún una semilla; se ve ya una brizna pero aún no se adivina el árbol que llegará a ser.
Pero incluso de ese brote aprendemos que sólo la santidad da respuesta a nuestros deseos más profundos. Que es ella nuestro auténtico deseo y la única fuente de unificación que nos hace felices. Porque “El nos ha elegido antes de la creación del mundo para que fuésemos santos e inmaculados ante El, en el amor” (Ef. 1,4).

domingo, 7 de noviembre de 2010


EL PAPA RECUERDA A SAN JOSEP MANYANET EN EL ÁNGELUS DE LA SAGRADA FAMILIA (BARCELONA)




Hermanos y hermanas en Nuestro Señor Jesucristo:
Ayer, en Puerto Alegre, Brasil, tuvo lugar la ceremonia de beatificación de la Sierva de Dios María Bárbara de la Santísima Trinidad, fundadora de la Congregación de las Hermanas del Inmaculado Corazón de María. Que la fe profunda y la ardiente caridad con que ella siguió a Cristo, susciten en muchos el deseo de entregar por completo su vida a la mayor gloria de Dios y al servicio generoso de los hermanos, especialmente de los más pobres y necesitados.
Hoy, he tenido el enorme gozo de dedicar este templo a quien siendo Hijo del Altísimo, se anonadó haciéndose hombre y, al amparo de José y María, en el silencio del hogar de Nazaret, nos ha enseñado sin palabras, la dignidad y el valor primordial del matrimonio y la familia, esperanza de la humanidad, en la que la vida encuentra acogida, desde su concepción a su declive natural. Nos ha enseñado también que toda la Iglesia, escuchando y cumpliendo su Palabra, se convierte en su Familia. Y más aún nos ha encomendado ser semilla de fraternidad que sembrada en todos los corazones aliente la esperanza.
Imbuido de la devoción a la Sagrada Familia de Nazaret, que difundió entre el pueblo catalán San José Manyanet, el genio de Antoni Gaudí, inspirado por el ardor de su fe cristiana, logró convertir este templo en una alabanza a Dios hecha en piedra. Una alabanza a Dios que, como en el nacimiento de Cristo, tuviera como protagonistas a las personas más humildes y sencillas. En efecto, Gaudí, con su obra, pretendía llevar el Evangelio a todo el pueblo. Por eso, concibió los tres pórticos del exterior del templo como una catequesis sobre Jesucristo, como un gran rosario, que es la oración de los sencillos, en el que se pueden contemplar los misterios gozosos, dolorosos y gloriosos de Nuestro Señor. Pero también, y en colaboración con el párroco Gil Parés, diseñó y financió con sus propios ahorros la creación de una escuela para los hijos de los albañiles y para los niños de las familias más humildes del barrio, entonces un suburbio marginado de Barcelona. Hacía así realidad la convicción que expresaba con estas palabras: "Los pobres siempre han de encontrar acogida en el templo, que es la caridad cristiana".
En catalán:
Aquest matí també ha estat per a Mi motiu de satisfacció poder declarar aquest temple com a Basílica Menor. En ell, homes i dones de tots els continents admiren la façana del Naixement. Ara, nosaltres, meditem el Misteri de l’Encarnació i adrecem la nostra pregària a la Mare de Déu amb les paraules de l’Àngel, i li confiem la nostra vida i la de tota l’Església, i li demanem, al mateix temps, el do de la pau per a tots els homes de bona voluntat.
[Esta mañana he tenido también la satisfacción de declarar este templo como Basílica menor. En ella, hombres y mujeres de todos los continentes admiran la fachada del Nacimiento. Nosotros, ahora, meditamos el Misterio de la Encarnación y elevamos nuestra plegaria a la Madre de Dios con las palabras del Ángel, y le confiamos nuestra vida y la de toda la Iglesia, al tiempo que suplicamos el don de la paz para todos los hombres de buena voluntad.]

sábado, 6 de noviembre de 2010



EL CÓDIGO QR


Los códigos QR los inventó una compañía japonesa. Hoy están extendidos por todo el mundo y se usan en todos los ámbitos. Se trata de un sencillo código bidimiensional que puede almacenar una gran cantidad de datos. Aunque se pensó para clasificar productos mercantiles, hoy hay quien los usa en su tarjeta de visita, en el anuncio de un piso que se vende porque puede enseñarte el piso sin entrar en él, en revistas de agencias de viaje que te llevan de ruta, en educación y en múltiples campos del saber humano.
Por supuesto, para leer el código debes tener un lector en tu móvil. Los de última generación ya lo traen incorporados, en los más antiguos debes descargarte el lector.
Me he divertido mucho haciendo un mini-curso de códigos QR. Pero a medida que aprendía pensaba que muchas veces, para nosotros, Dios habla en código QR. No lo entendemos. Bastaría tener un pequeño y sencillo lector en el corazón para ser capaces de entender entre líneas su Voluntad. Él no es complicado, es suma sencillez. Quien inventó el código QR se basó en un patrón muy simple. Pero precisas lector. Es barato y asequible. Sólo hay que buscarlo. Cuando lo tienes resulta casi un juego ir leyendo lo que para otros es un garabato. Tiene sentido ese sinsentido. Y comienzas a crear códigos QR. Porque quien aprende el lenguaje de Dios ya no sabe hablar de otro modo.
Pidamos el lector para nuestro corazón; porque Dios nos sigue hablando.

martes, 2 de noviembre de 2010

LA BELLEZA DESAPERCIBIDA O EL DÍA DE TODOS LOS SANTOS


«Un día invernal, a hora punta, un violinista se situó a la entrada de una estación de Metro de Washington y se puso a tocar su violín. Durante cincuenta minutos los precipitados viajeros no paraban mientes en seis piezas de Bach que emitían las cuerdas del afinado violín. Se calcula que pasaron miles en esa hora y fueron muy pocos los que frenaban el paso, escuchaban unos segundos y algunos dejaban caer alguna moneda en el sombrero. Los que controlaban la experiencia pudieron contabilizar que sólo unos seis pararon unos minutos y una mujer agradeció al músico su interpretación. Pero no hubo aplausos y menos alguien que pidiera un bis. En el fondo del sombrero se recogieron 32 dólares.

El violinista que accedió a la experiencia que quiso hacer y filmar el periódico The Washington Post se llama Joshua Bell, uno de los mejores del mundo. Dos días antes de su presencia en el Metro, había llenado un Teatro de Boston con melómanos que –el que menos- había pagado cien dólares por asistir al concierto del afamado músico. Tanto en el teatro como en el Metro había ejecutado las mismas seis piezas de Bach y usado el mismo violín Stradivarius, valorado en tres millones y medio de dólares.

La idea del periódico era realizar un ensayo sociológico sobre el comportamiento de las personas. Comprobaron que el personal puede pasar junto a bellezas o acontecimientos sublime sin captarlos. Si se llevan otras preocupaciones en la cabeza (en este caso las prisas por llegar al trabajo o a alguna actividad), están prácticamente incapacitados para percibir lo que sucede alrededor. Y con frecuencia esta incapacidad se ve agravada por tópicos: “Estos pobres músicos fracasados tienen que recurrir a estas estaciones de metro para sacar un pequeño sueldo”».

Resulta estremecedor pensar en cuánta santidad hay a nuestro alrededor sin que seamos capaces de percibirla. Hombres y mujeres anodinos, vidas normales y corrientes que, quizá, si abriéramos los ojos, nos depararían la sorpresa de su enorme belleza. ¿Cuántas veces habré pasado de largo ante un santo sin darme ni siquiera cuenta? ¿Conviviré con alguno/a?
Quizá haya leído con interés una vida de M. Teresa de Calcuta, de San Francisco...Pero Dios no es un Dios tacaño, el repartió la santidad en toda su creación. Sólo me queda decir: Señor, que vea!
No vaya a ser como esos viajeros del metro: incapaces de belleza.

sábado, 16 de octubre de 2010


DESIDERIA (II)



¿Cómo son las visitas de Desideria?
A menudo, o por lo menos de vez en cuando, todos hemos hecho alguna visita de cortesía. ¿ Quién no tiene experiencia de cumplir con un compromiso que la vida social nos ha marcado? Son visitas que pesan, que, a veces, se postergan y que, gustosamente, delegaríamos en alguien.
Las visitas de Desideria no son de cortesía y ésta es su primera enseñanza: en la vida espiritual no nos basta con “cumplir” con Dios, con no faltar a lo esencial, con ir a misa y alguna cosa más...
Hay otro tipo de visitas: las que se hacen para acompañar a alguien. Son visitas de amistad, de amor. Visitas que se desean, aunque a veces cuesten, porque nacen de las aguas más profundas del corazón. Con frecuencia hemos visitado un enfermo, un anciano. Hemos estado horas para estar, simplemente, al lado de.
Y hay, también, otro tipo de visitas: las de aprendizaje, aquellas que un alumno aventajado hace al maestro en la intimidad de su casa. Supone un honor que el maestro abra las puertas de su casa a sus alumnos y las experiencias humanas nos relatan cuánto aprendieron en esas tertulias caseras algunos de nuestros personajes más ilustres. Y cómo, insensiblemente, pasaron de alumnos aventajados a discípulos.
En Desideria se cumplen estos dos últimos tipos de visita. Ella se acerca a la Sagrada Familia para aprender y para estar con ellos.
¿Cuál es el proceso? ¿Cómo se inician las visitas? ¿Cómo puedo acercarme yo a la Casa de Nazaret?
La visita responde a “toques interiores” es decir a mociones espirituales por las cuales Dios mismo nos va marcando el camino. Nuestro deseo de Dios nace en Dios mismo: Desideria va a Nazaret “atraída por la exquisita fragancia de vuestras virtudes” ( E.N. I,I ) Dios nos seduce lentamente, nos ata con suaves lazos. Aunque hay en la historia conversiones radicales es más frecuente la lenta transformación. Porque Dios se parece más a un alfarero que a un mago.
Acercarse a Dios supone también el atrevimiento, la “parresía” de los hijos de Dios: perdonad mi atrevimiento (E.N.I,I ) dice en repetidas ocasiones Desideria.
Y toda visita tiene un objeto, un fin; Desideria enumera algunos de estos fines:
La dicha de poder visitaros
Escuchar las palabras de paz y vida eterna
Ofrecer no sólo lo que se tiene y vale, sino el corazón.
Buscar ánimo, aliento y comprensión para mis defectos e ignorancias...
Este proceso supone haber “discernido” mis propios deseos, saber cuáles me producen dicha, paz, qué deseos me humanizan, me llevan a aprender cómo ser más mujer, más hombre de Dios. Supone también saber dónde hallo fortaleza para mi debilidad, aliento para mis desánimos. E implica también acercarse con deseos de ofrecer a Dios lo que soy, mis luces y mis sombras.
A lo largo de las distintas visitas, Desideria se mostrará “ ansiosa, deseosa, agradecida, acostumbrada...y resuelta a poner por obra lo que aprende en Nazaret”.
Para ello, hará falta un grado de intimidad: siéntate cerquita ( E.N. I,I ) le dice Jesús a Desideria. No obstante, para gozar de ese grado de intimidad son necesarias unas condiciones que tanto María como José le recuerdan:
Acercarse con infantil sencillez y confianza
Escuchar con atención y agradecimiento
Guardar diligentemente las divinas palabras en el corazón.
Ser agradecida y fervorosa.
Acrecentar la esperanza
No arredrarse ante las dificultades.
Ser humilde.
Poner en obra cuanto se aprende en las visitas a la Sagrada Familia
Sin embargo, la visita, el encuentro con Jesús, sólo se da si el alma se abandona y se deja guiar por esos “toques interiores” que antes citábamos:
Por dicha tuya has dado asentimiento a la divina inspiración y te has resuelto a venir a esta nuestra casa que es morada de paz y verdadera alegría. Sí, hija, no temas: aquí se te enseñará y encontrarás lo que quieres y tu corazón desea. (E.N. I,I )
Así que no basta la acción divina. Él necesita que colaboremos activamente en nuestra propia salvación. Pero Manyanet es consciente de que el deseo de Dios puede oscurecerse y hasta apagarse. La vida espiritual es un camino hacia la unificación interior:
“Lo que quieres y tu corazón desea” dice María que podemos hallar en Nazaret. Nos movemos, por tanto, en dos niveles que, en Desideria, ya se han unido: el deseo profundo de Dios está en mí porque Dios mismo lo ha sembrado. Ese anhelo de santidad, esos deseos de ser de Dios, ese deseo de vivir el evangelio en radicalidad... esa es mi verdad más auténtica porque en el fondo nos definimos por lo que deseamos. Pero “lo que quiero”, aquello que tiene como sujeto mi voluntad, mis actos, mis compromisos, mi tiempo... ¿va solidificando, fortaleciendo, haciendo más explícito el deseo sumergido de Dios? ¿Lo que quiero en la vida es exactamente lo que mi corazón desea?
Manyanet constata que con frecuencia vivimos alejados de la santidad a la cual todos hemos sido llamados. Y expone dos causas que reitera a menudo: la distracción y la tibieza. Hoy diríamos, quizá, la superficialidad y la mediocridad. Ambos temas dan para largas reflexiones que no deseo incluir aquí. Retomemos pues el deseo de Dios. Sí, Él lo ha sembrado en nuestro interior pero ¿qué nos hace conscientes de Él? ¿Qué lo despierta?
Todos tenemos la experiencia de haber conocido a personas que desprendían paz interior y gozo sin apenas decir nada. Todos hemos “estado bien” a su lado aunque no hiciéramos ni dijéramos nada trascendental. Sabíamos también que esas personas no habían tenido una vida distinta, eran “normales y corrientes”, tenían dificultades, luchas, dolor...pero no acababan de ser “normales y corrientes”. De una manera u otra su cercanía y esos rasgos que las diferenciaban las convertían en un faro luminoso.
Nada despierta tanto la sed de Dios como encontrarse con un sediento de Dios. Y si alguien personificó esa sed fue María. Y fue José. Por eso Desideria va a Nazaret “atraída por la exquisita fragancia de vuestras virtudes”.
La virtud, esa palabra casi olvidada, es camino y reflejo del deseo auténtico de Dios. De ello reflexionaremos más adelante.

lunes, 11 de octubre de 2010


DESIDERIA


Quiero presentaros a Desideria. No basta decir que es una figura inventada por San José Manyanet o que es la protagonista del libro Escuela de Nazaret. Desideria es mucho más porque Desideria, lo sepamos o no, somos todos.
La palabra “deseo”, manchada durante algunos años, ha sido clamorosamente rehabilitada desde la exégesis bíblica y la psicología de más alto nivel. Que es donde se sitúa Desideria.
Hoy existen ya muchos libros que nos hablan de nuestros deseos más profundos, del deseo de Dios y de un Dios deseante. En realidad, la Biblia es la historia de un ardiente deseo, a veces correspondido, a veces desoído y apagado. Pero siempre vivo.
Desideria, esa figura tan manyanetiana, es una mujer y eso me parece interesante. Es verdad que es el trasunto del alma, que propiamente encarna toda alma deseosa de Dios, pero que sea una mujer, tan convertida en “objeto de deseo” a lo largo de los siglos, tan dañada y tan distorsionada, impone una reflexión.
La mujer es espacio natural de recepción y creación de vida. Nuestros deseos, debidamente atendidos, son los que configuran nuestra vida. Los que nos crean y recrean. Dicen que la mujer es frágil pero sabemos cuán fuerte puede llegar a ser. Nuestros deseos de Dios son, a menudo, muy débiles pero basta atenderlos un poco para transfigurar toda nuestra existencia. El deseo de Dios, seguido y saciado, ha sido la única forja de santidad. La mujer también es, en general, más intuitiva. Se habla, con cierta sorna, de la intuición femenina. Ese sexto sentido es un camino para alcanzar a Dios, a quien sólo podemos intuir, vislumbrar…No quiero hacer aquí un elogio de la feminidad pero veremos como Desideria va a necesitar seguir el deseo naciente de Dios, guiarse por cuanto sólo es capaz de intuir y ser creadora de un nuevo ser…en la forja de Nazaret.
Se ha definido el deseo como una atracción hacia algo percibido como bueno. Nuestra experiencia religiosa nos dice que nada hay más bueno que Dios. Desear a Dios no es algo “aparte” de nuestros otros deseos. No se contrapone al deseo familiar, de amistad o de cubrir nuestras necesidades: el hambre, por ejemplo. Pero es la cumbre de todo deseo y orienta los otros. Es Dios quien nos ha constituido seres capaces de relación y en esa “relacionalidad” ha querido incluirse Él. Desde nuestro primer hálito, le deseamos.
En la Bíblia, y especialmente en el A. Testamento, existen muchas imágenes y textos del deseo de Dios:
a Ti elevo mi alma, Sal 24,1
levanto mis ojos a Ti, que habitas en los cielos, Sal 122, 1
mi alma tiene sed de Dios, Sal 41,2;
a Ti anhela mi carne, como tierra árida, sin agua, Sal 62,2b
mi alma te ansía de noche, mi espíritu en mi interior madruga por Ti
oh Dios, tu eres mi Dios, desde la aurora te busco, Sal 62,2a;
La imagen del exilio del Paraíso y de la Tierra prometida así como el Cantar de los Cantares son altos exponentes de ese deseo que cruza el A. Testamento. Pero también los textos que nos narran peregrinaciones a Jerusalén, búsqueda de pastos, migraciones etc son imagen del deseo que, esencialmente, nos pone en marcha. Porque el deseo se percibe siempre como carencia de un bien y ello nos dinamiza, nos mueve.
Ya hemos visto que el tema del deseo de Dios es inherente a la persona. Es, además, el gran tema de la vida espiritual y a lo largo de la historia se ha tratado desde distintos ángulos y con distintas imágenes, alcanzando en los místicos sus cotas más altas: “¿Adónde te escondiste, Amado, y me dejaste con gemido?” (San Juan de la Cruz). La vida pues, no es otra cosa que un éxtasis, una salida de sí para unirse al objeto de nuestro deseo más profundo: Dios.
Manyanet trata este tema, ya clásico, con la bella figura de Desideria. Cabría resaltar dos aspectos en esta figura femenina:
El nombre: Nomen est omen. El nombre en la biblia es vocación, augurio de misión, definición de la persona. Manyanet da al paradigma de la vida espiritual el nombre de “deseosa”. Sin deseo de Dios no hay vida en el Espíritu.
Las visitas: Muy en la espiritualidad del siglo XIX y XX, Manyanet recoge la devoción de las “visitas espirituales”, que, en este caso, él aplica a la Sagrada Familia. Algunos hombres de su época escribieron “visitas espirituales” que se hicieron famosas. En el ámbito catalán, al cual Manyanet pertenece, basta recordar la “Visita espiritual a la Mare de Déu de Montserrat” del obispo Torras y Bages.

(CONTINUARÁ)