domingo, 6 de febrero de 2011



NAZARET, VINO DE SALVACIÓN


A lo largo de todo el Antiguo Testamento encontramos textos preciosos en los que se nos dice que Israel es la Viña del Señor. Los profetas se sirven de la imagen para echar en cara al pueblo de Dios haber defraudado a su Señor. Isaias entona un terrible lamento:
“Mi amigo tenía una viña en una fértil colina. La cavó, la despedregó, plantó cepas selectas, levantó en medio una torre y excavó también un lagar. Esperaba que diera uvas pero dio agrazones” (Is 5,1-2)
La antigua viña, el viñedo amado y cuidado por Yavhé ha resultado su gran decepción. El vino que le ofrecían los israelitas en sus libaciones cultuales (Gn 35,14) ha resultado vino aguado cuando estaba llamado a ser vino selecto ( Is 1,22).
Por eso Dios buscó odres nuevos que contuvieran el vino nuevo que estaba por llegar. Porque Dios es aquel que nunca se rinde y que en su segundo intento siempre logra el nuevo y definitivo fruto. María será el viñedo, la parra fecunda que, plantada en la tierra de José, tierra de Dios, dará al mundo el vino que éste necesita.
La Sagrada Familia es la Nueva Viña, la cepa selecta que responde a los cuidados amorosos del Padre, el amo de la Viña. José y María serán torre y lagar de un nuevo cántico, de una nueva historia que forja la personalidad humana de Jesús, Vino de Salvación y Redención.
Dice un místico sufí que “las religiones son la copa donde se escancia el vino de la divinidad”. Dios se escanció, se derramó en libación en Nazaret. Es Él quien se ofrece para que la humanidad sea un banquete de fiesta. María y José son copa preciosa que recibe la mejor cosecha del Padre.
Ciertamente, cuando uno bebe un buen vino pocas veces repara en la copa que lo contiene. Del mismo modo, a lo largo de los siglos, poco hemos reparado en José y María como familia que contiene al mismo Dios. Siguiendo el símil de la copa María sería la parte superior de ésta:ella recibe y da forma – gesta- al Vino de Dios, ella lo retiene y permite así que la humanidad beba. José, en cambio, es el pie de la copa pues él da a María la estabilidad necesaria para formar el hogar que el Vino de la Nueva Alianza precisa. Por otra parte, solemos coger la copa por su pie y José, con su larga genealogía, enraiza a Jesús en la humanidad, una humanidad que sostiene la copa y, aunque sus ojos vayan directamente al vino e incluso a la parte superior de la copa, sabe que Jesús es uno de los nuestros, nacido de mujer en una familia con antepasados ilustres y antepasados ignominiosos.
Desde que Dios vino al mundo en la viña de Nazaret, la fiesta se celebra y estamos a ella invitados. No nos cansaremos de decir que la espiritualidad de Nazaret no es una “devoción” más sino algo consustancial a nuestra fe. Podemos saberlo o no, sentirlo o no pero lo cierto es que en medio de tanto dolor y tanta injusticia ya está puesta la mesa del banquete y la copa rebosa. Sólo en la medida en que bebamos el Vino de Salvación el mundo será reparado.
Porque el vino se usa también para sanar heridas. Así nos lo narra la parábola del buen samaritano. (Lc10,34) Los santos Pasdres han visto en ese hombre que baja de Jerusalén y es malherido a la humanidad, representada en Adán, que baja del Paraíso y es profundamente dañada. Jesús, cual buen samaritano se acerca a nosotros para sanar nuestras heridas con vino, con Él mismo. Y nos lleva a la posada, que es la Iglesia, donde le aguardamos hasta que vuelva. Los denarios administrados para nuestra sanación son los sacramentos que la Iglesia administra.
Jesús habló con frecuencia del vino. Tiene numerosas parábolas sobre viñas y viñadores e incluso recrea el texto de Isaias. De hecho su primer signo fue convertr el agua en vino bajo la solícita presencia de María. Muchas veces he oído comentar este milagro como signo de la gratuidad de Dios porque, para algunos, es un milagro casi “innecesario”. Parece que no tiene el mismo rango que curar a un ciego o a un paralítico. Dios es así, dicen algunos, sencillamente no quería que una pareja quedara mal en la fiesta de su boda. Es pues, un “detalle” de Jesús.
Creo que no. Me parece uno de los milagros clave o, quizá, el milagro clave. Por algo Juan, el Águila, lo pone en el frontispicio de la vida de Jesús. La presencia de Jesús convierte el agua de la humanidad en vino de divinidad. Ese es el milagro. La Alianza, la boda entre un agua que al entrar en contacto con el Vino no consigue aguarlo sino que, al contrario, se diviniza, es convertida en vino.
Cuando Jesús se sentó a la mesa en la última cena tomó una copa de vino. Y la convirtió en emblema de la Nueva Alianza. Como nuevo Melquisedec (Gn 14,18) ofreció pan y vino y creó un nuevo pueblo, una nueva familia que bebe el cáliz de Salvación cada domingo. Jesús moriría fuera de la Viña (Mt 21,39) después de probar vino y hiel y rechazarlo (Mt 27,34) porque ya el Antiguo Testamento había caducado.
Y según sus palabras el Reino del Padre será un banquete en el que beberemos todos un vino nuevo que Él también espera beber.
Mientras llega ese día, acerquémonos a Nazaret para permanecer en Él, que es la Vid verdadera. Porque sin Él nada podemos. (Jn 15, 1-8)

PARA LOS QUE NO PUDIERON ASISTIR A LA REUNIÓN DE LAICOS NAZARET DE ESTE VIERNES


domingo, 30 de enero de 2011

NAZARET, ESPEJO DEL INVISIBLE


De pequeña circulaban por mi casa unos tebeos llamados “Vidas ejemplares”. Podían ser de un inventor, un explorador o un santo y me hicieron un gran bien. Recuerdo perfectamente las viñetas de la vida de Edison y siempre me ha acompañado la escena en que, siendo él pequeño, su madre enfermó de gravedad y el médico decidió practicarle una intervención en el mismo hogar. Pero no se decidía porque no había luz suficiente. El pequeño Thomas, viendo que su madre corría peligro, salió de su casa y rompió los cristales de una sastrería cercana de la cual sustrajo dos grandes espejos que colocó al lado de la cama de su madre para luego buscar todos los quinqués posibles. La luz aumentó al reflejarse y el médico, deshaciéndose en alabanzas del niño, pudo sanar a la madre.
La Luz es el misterio inefable que todo lo envuelve y a todo da vida. Ella da identidad, hermosea y transfigura sin destruir nada. Jesús se definió a sí mismo como Luz del mundo (Jn8,12). Pero esa Luz nació en un hogar que reflejaba “como en un espejo, la Gloria del Señor” (2 Co 3,18). Nos parezca o no posible, Jesús creció en Nazaret y al crecer, creció y se expandió la fuerza de su Luz. Y esa es nuestra vocación: ser espejo de la Luz.
Nazaret supone vivir en clave de Magnificat y al cantar el Magnificat, María afirma con rotundidad que su alma engrandece a Dios. ¿Podemos engrandecer a Dios que es el Creador de todo? ¿Puedo yo, criatura, hacer más grande a mi Creador?
José y María así lo hicieron. Sus corazones fueron tan límpidos y transparentes que reflejaron la Luz de Dios y la multiplicaron ante nuestros ojos, poco avezados a ver al Invisible. Dios se proyectó sobre Nazaret, sobre esa pareja originaria de una Nueva Creación y recreó la faz de la tierra. Tengo para mí que el dogma de la concepción inmaculada de María y de José ( el de José no es aún dogma pero sí verdad sencilla en la que muchos ya creemos. Porque si Dios se escogió una madre sin pecado, ¿iba a escoger un padre pecador? Sólo es posible responder afirmativamente a eso si creemos que la maternidad física de María es lo más importante. Algo que Jesús mismo desmiente cuando elogian a su madre y Él reconduce el elogio para incluir a José: Felices lo que escuchan y creen...) tiene mucho que ver con ese reflejar y multiplicar la Luz. En efecto un alma rota por el pecado es como un espejo que se hace añicos: refleja fragmentos de Luz, fragmentos de Dios. Cada vez que pecamos “empequeñecemos a Dios” porque nos rompemos y así rompemos la imagen del Dios Invisible que es Luz y Amor. Dios no se empequeñece, lo que se empequeñece es la imagen que de Él transmitimos. José y María no hacen “más grande a Dios” pero al vivir la unicidad de corazón, al ser un magnífico espejo sin fisura alguna, al ser grandes ellos, reflejaron como nadie la Luz de Dios que, desde Nazaret, sigue llegando a nosotros.
Porque el Misterio de Nazaret es como el nacimiento de una nueva estrella cuya luz nos va llegando millones de años después de nacer.
No obstante, Nazaret es tan solo preludio del cielo. “Ahora vemos como en un espejo, después veremos cara a cara...y conoceremos todo tal como Dios nos conoce” (1Co 13,12)
Si Jesús es Imagen del Dios invisible, ser de Nazaret significa ser Imagen del Cristo. Para ello es preciso “despojarse de las obras de las tinieblas y revestirnos de la armadura de la Luz” ( Rm13,12). Ser de Nazaret significa engendrar cada día a Dios y eso sólo es posible si vivimos en el Espíritu. Porque si el Espíritu hizo brotar la vida en un seno virginal y en las entrañas estériles de Isabel puede sin duda reunificarnos por dentro. Para Dios nada hay imposible, basta que dejemos nuestros fragmentos rotos en sus manos y le pidamos que sople su hálito divino, el único que nos devolverá la unidad que rompe el pecado.
Dios viene a nosotros por caminos distintos de los que nosotros frecuentamos para “alcanzarle”. La humildad y el abandono son sus senderos preferidos.
Senderos propios de Nazaret desde que José y María los frecuentaron y desbrozaron para nosotros.



lunes, 24 de enero de 2011



«Tú no tienes que elegir nada, has sido elegido. Se te dará la vocación como tarea a desarrollar. No necesitas nada, se te necesita a ti. No tienes que hacer planes, eres una piedrecita de un mosaico ya existente. Todo lo que yo tenía que hacer era simplemente dejarlo todo y seguirle, sin hacer planes, sin el deseo de experimentar intuiciones particulares. Sólo debía estar allí, sencillamente quedarme quieto para que Él me tomara» ( H. Urs von Balthasar explicando su vocación)

miércoles, 19 de enero de 2011

martes, 11 de enero de 2011




PEQUEÑAS MANERAS DE AMAR

• Aprenderse los nombres de la gente que trabaja con nosotros o de los que nos cruzamos en el ascensor y tratarles luego por su nombre.
• Estudiar los gustos ajenos y tratar de complacerles.
• Pensar, por principio, bien de todo el mundo.
• Tener la manía de hacer el bien, sobre todo a los que no se la merecerían teóricamente.
• Sonreír. Sonreír a todas horas. Con ganas o sin ellas.
• Multiplicar el saludo, incluso a los semiconocidos.
• Visitar a los enfermos, sobre todo sin son crónicos.
• Prestar libros aunque te pierdan alguno. Devolverlos tú.
• Hacer favores. Y concederlos antes de que terminen de pedírtelos.
• Olvidar ofensas. Y sonreír especialmente a los ofensores.
• Aguantar a los pesados. No poner cara de vinagre escuchándolos.
• Tratar con antipáticos. Conversar con los sordos sin ponerte nervioso.
• Contestar, si te es posible, a todas las cartas.
• Entretener a los niños chiquitines. No pensar que con ellos pierdes el tiempo.
• Animar a los viejos. No engañarles como chiquillos, peros subrayar todo lo positivo que encuentres en ellos.
• Recordar las fechas de los santos y cumpleaños de los conocidos y amigos.
• Hacer regalos muy pequeños, que demuestren el cariño pero no crean obligación de ser compensados con otro regalo.
• Acudir puntualmente a las citas, aunque tengas que esperar tú.
• Contarle a la gente cosas buenas que alguien ha dicho de ellos.
• Dar buenas noticias.
• No contradecir por sistema a todos los que hablan con nosotros.
• Exponer nuestras razones en las discusiones, pero sin tratar de aplastar.
• Mandar con tono suave. No gritar nunca.
• Corregir de modo que se note que te duele el hacerlo.

(Martín Descalzo)

viernes, 7 de enero de 2011





LAS FIGURITAS DEL BELÉN

Esta mañana he guardado los múltiples belenes que habíamos puesto en casa. Tanto que me gusta montarlos y qué poco me apetece guardar, envolver, etiquetar…
Mientras iba guardando, se han impuesto dos reflexiones: me gusta sacar las figuritas de sus cajas porque es como si todo estuviera por estrenar, como si sacara de las cajas la ilusión, el deseo de acercarme a Dios, de ofrecerle algo…en cambio cuando las guardo hasta el año que viene es como si se cerrara ese paréntesis que la Navidad abre: tiempo de Gracia, de amor, de buenos propósitos… las figuritas de belén despiertan en mí lo mejor de mí misma, por eso no me gusta guardarlas. Quiero caminar siempre hacía Él.
Caminar…esa es la segunda reflexión. Las figuras del belén no caminan, permanecen hieráticas. Llevan en sus manos dones y ofrendas, si son buenas tienen una sonrisa entrañable en la cara pero…no caminan. Una peana, cubierta muchas veces con el musgo o la tierra, les impide avanzar. La necesitan para sostenerse pero a la vez les impide llegar a dónde están llamados: al portal.
Pienso que muchas veces en la vida somos como esas figuras. Tenemos mil cosas para ofrecer a Jesús, incluso las queremos dar con gozo…pero muchas peanas nos paralizan. Y nos quedamos así, lejos del pesebre, mirándolo sin llegar nunca a él. Con nuestros frutos, el cordero o la cesta de huevos que nunca llegamos a dar porque nuestros pies están clavados en una peana.
Peana del prestigio, del activismo, de los afectos, de la mediocridad…Puede que sean incluso peanas buenas: familia, trabajo, familia religiosa, parroquia…Pero al absolutizarlas nos retienen, nos poseen. Y nos paralizan.
No sé cómo puede ser un pastorcillo sin peana. Seguro que se cae más de una vez. Pero le pido a Dios, al comenzar el 2011, que me quite la peana. Y aunque quede algo inestable y caiga muchas veces…que me pille la Navidad futura ante el portal. Ofreciéndole todo lo que soy y tengo. Especialmente mis caídas al caminar hacia Él.