sábado, 18 de agosto de 2012

La Óptica de Nazaret



LA ÓPTICA DE NAZARET O LA GRACIA DE VER EL MUNDO COMO LO VE DIOS (II)

Todos los evangelistas citan Nazaret. Ello indica que el hecho de que la Encarnación del Hijo de Dios tuviera lugar en Nazaret va a constituir para siempre la piedra angular sobre la que se asentará el mensaje de Jesús. Nazaret es la óptica desde la cual Dios aprende a ser persona.
Hoy por primera vez se reivindica no una Iglesia nacida en Jerusalén sino una Iglesia nazarena[1]. Nazaret lleva el sello de la autenticidad, de una autenticidad que hoy se precisa más que nunca. Aunque todos los evangelistas citen Nazaret es Lucas quien, alejándose precisamente de este pueblo santo, como aquel que se aleja de un cuadro precioso para lograr la perspectiva adecuada, nos da la clave de lo que se vive y se hace en Nazaret: “estar en las cosas del Padre” (Lc 2,49). En la escena, que tiene lugar en Jerusalén, Lucas condensa la espiritualidad de Jesús, María y José, la espiritualidad no tan sólo de todo cristiano sino de todo creyente: estar en las cosas del Padre. Y si bien la escena transcurre en la Ciudad Santa, constituye un programa de vida el hecho de que Jesús, tras dejar clara su misión, de la que ya ha tomado plena consciencia, no permanezca en el Templo dedicado a  escudriñar las Escrituras: con la misión de estar en las cosas del Padre, regresa a Nazaret. Allí escudriñará la presencia de Abbá Dios en todas las cosas, en todos los hechos, en todas las personas. La santidad de Dios no necesita Templo porque el mundo es Templo de Dios.
Los verbos que utiliza el evangelista para indicar el regreso de Jesús a su aldea natal son programáticos: descendió, bajó a Nazaret. Y allí les estaba (a José y María) “sometido”. Víctor Codina dice en su precioso libro que “si queremos hallar a Jesús, hemos de ir a Nazaret; si la Iglesia quiere ser fiel a Jesús, ha de ser una Iglesia nazarena, no davídica; y puesto que el mundo de los pobres entre los que se encarnó Jesús en Nazaret tiene una especial densidad humana y teológica para comprender la Palabra de Dios, la misma teología ha de ser nazarena”[2]
Tenía que ser una voz autorizada en el campo de la teología la que  señalara que vivir en Nazaret, ir a Nazaret espiritualmente, no es un gesto devocional sino un gesto teológico. Es más, es el gesto que nos hace cristianos porque sólo sumergiéndonos en la atmósfera de Nazaret podemos vislumbrar el Misterio de la Encarnación, el Misterio de la Redención. Y podemos aprender el estilo de quienes hicieron posible el milagro para continuar haciéndolo pues la encarnación sigue realizándose hoy.
No obstante, me gustaría subrayar que si hoy ya hay teólogos que citan Nazaret como ámbito teológico –y no sólo geográfico-ello se debe a que muchos fieles y bastantes santos, entre ellos Manyanet, han tenido la intuición, el sensus fidei, de clavar su mirada en Nazaret para poder seguir a Jesús desde la autenticidad.
La óptica de Nazaret, la mirada de María, José y Jesús es “estar en las cosas del Padre”. La centralización del Padre en mi vida nos permite conocerlo en su grandeza y alegrarnos en ella, gozarnos al ver como derriba a los soberbios y enaltece a los insignificantes; nos permite vernos como somos, pequeños en los que el Padre obra maravillas, y ver el mundo en su realidad de auxiliados por pura misericordia.
Pero desengañémonos: Nazaret es muy duro. Borremos de nuestra mente y de nuestro corazón esa casa idílica que han pintado algunos artistas donde José trabaja mirando a María, que no se cansa de coser, y el Niño juega haciendo crucecitas. Si nos apuntamos a vivir en Nazaret para mejor conocerle, amarle y seguirle nos apuntamos al anonimato, a la insignificancia, a la irrelevancia social; optamos por ser nadie y eso significa crucificar un día sí y otro también nuestro inflado ego, nuestro deseo de protagonismo, de aplauso, de éxito. Por eso estoy convencida que Nazaret es la patria de los pobres, de aquellos que ya han nacido en la marginalidad y tienen el instinto de ocultarse. No sé si nos hemos fijado en que hay un tipo de personas que tienden a ocultarse de la misma manera que otros se desesperan por aparecer en pantalla. La gente sencilla que se halla, por ejemplo, en una fiesta de cierta importancia tiende a callar convencida de que quizá se expresará mal o de que no tiene nada importante que decir; tiende a pasar desapercibida porque quizá no va bien vestida; tiende a servir sin esperar ser servido porque parece que lo natural es eso, que han nacido para servir; y se avergüenzan cuando les sirven porque no les parece natural.  Si queremos incardinarnos teológicamente en el misterio de Redención hay que ir aprendiendo sencillez, anonimato, olvido, ninguneo. Eso es estar “sometido”, una palabra que hoy suena tan mal, hoy que vivimos en el mundo de la plena realización humana, de la libertad y autonomía, que muchas biblias han suavizado o eliminado.
Esos pobres niños ricos de Rusia no viven “sometidos”. Y, paradójicamente, ello les niega la posibilidad de ser personas libres. Ese es el misterio de Nazaret: someterse a Dios es la única puerta de la libertad y Jesús ha venido a enseñarnos el camino.
Un camino que pasa por su casa. Por Nazaret. La única mirada que, al humanizarnos, nos permite tocar con los dedos la divinidad.  


[1] El teólogo Víctor Codina ha escrito un interesante estudio que titula “Una Iglesia nazarena. Teología desde los insignificantes” Sal terrae. Col. Presencia Teológica. Madrid 2010
[2] Ibídem pag 15

miércoles, 15 de agosto de 2012


LA ÓPTICA DE NAZARET O LA GRACIA DE VER EL MUNDO COMO LO VE DIOS  (II)

Leí un día un reportaje sobre los nuevos niños ricos de Rusia. Son hijos de multimillonarios que desde que han nacido lo tienen todo: colecciones de armas a su alcance, los mejores modistos, viajes… Están acostumbrados a la opulencia. Y desde ella, la fotógrafa –profesional de excelente prestigio- que hacía el reportaje era para unos simplemente una persona “a su servicio”, a la que exigían la mejor foto o los más tontos caprichos, mientras para otros era una molestia impuesta por sus padres, alguien a quien aguantar durante unas horas, un paréntesis entre el último juego de su sofisticado ordenador o su paseo a caballo. Leyendo el reportaje fui sintiendo una pena infinita por estos niños nacidos en una óptica tan falsa que les llevaba a ver la realidad de una manera totalmente distorsionada, ridícula y absurda donde ellos, pequeños de ocho, diez, doce años, se creían muy superiores a la excelente periodista que hacía el reportaje. Estoy convencida que, sin la ayuda de la Gracia, estos niños nunca verán la realidad tal como es.
Y por contraste pasé a pensar en Jesús que al nacer se situó en la óptica de Nazaret. Viendo al Jesús adulto, libre, capaz de seducir a las masas porque sabe hablar al corazón de las personas, que convence porque vive aquello que predica, viéndole capaz de enfrentar valientemente la persecución, el dolor, la muerte. Viendo pues, a Jesús tan libre y señor de sí mismo y con que infinita delicadeza valora la persona sin mirar si es rica o prostituta, pecador público o mujer, pobre o fariseo, llegué a la conclusión que sólo si reeducamos nuestra mirada en Nazaret veremos el mundo tal como lo ve Dios.
Jesús niño y adolescente, joven y adulto aprende en Nazaret el valor del trabajo, el amor a la naturaleza, la vida callada, el lento germinar del trigo y la bondad del Padre que llueve sobre justos e injustos. En Nazaret aprende que los pobres sólo pueden fiarse de Dios y esa es su gran riqueza; por eso, Nazaret se convertirá en la primera de sus bienaventuranzas. Desde la óptica de Nazaret, donde se come para vivir, un banquete es siempre fiesta, abundancia inusual; por eso, Nazaret se convierte en preludio de la eucaristía, porque Jesús ha aprendido a amar la fiesta, la mesa compartida. En Nazaret se sufre como sufre la gente sencilla, sin aspavientos ni dramas, cargando la cruz con pasmosa naturalidad; por eso, Nazaret es para Jesús aprendizaje de fortaleza, justa medida de la vida en su aspecto negativo de cruz y dolor. Un dolor que es intrínseco a la condición humana. Un dolor que Él no viene a suprimir sino a redimir.
Pero Nazaret forja, sobre todo, la riqueza humana de Jesús, su fina psicología, su sentido del humor, su ira ante la injusticia, su capacidad de observar y valorar lo pequeño, su rica interioridad. La personalidad humana de Jesús ha sido muy estudiada por creyentes y no creyentes y cuantos a ella se han acercado han coincidido en remarcar el enorme equilibrio de su naturaleza, su capacidad afectiva y efectiva que lo convierten, humanamente hablando, en uno de los líderes de la historia más importante. No escribió nada y sus palabras aún perduran. Fue perseguido y ajusticiado y somos millones los que le seguimos. Este hombre libre se forjó, como persona, en la humildad de Nazaret, muy lejos de la óptica en la que se educan esos niños ricos a los que aludo al principio.

jueves, 26 de julio de 2012



17 DOMINGO DEL  TIEMPO ORDINARIO
LA MULTIPLICACIÓN DE LOS PANES Y LOS PECES

Después de esto, se fue Jesús a la otra ribera del mar de Galilea, el de Tiberíades,  y mucha gente le seguía porque veían las señales que realizaba en los enfermos. Subió Jesús al monte y se sentó allí en compañía de sus discípulos.  Estaba próxima la Pascua, la fiesta de los judíos.  Al levantar Jesús los ojos y ver que venía hacia él mucha gente, dice a Felipe: "¿Donde vamos a comprar panes para que coman éstos?"  Se lo decía para probarle, porque él sabía lo que iba a hacer.  Felipe le contestó: "Doscientos denarios de pan no bastan para que cada uno tome un poco."  Le dice uno de sus discípulos, Andrés, el hermano de Simón Pedro: "Aquí hay un muchacho que tiene cinco panes de cebada y dos peces; pero ¿qué es eso para tantos?"  Dijo Jesús: "Haced que se recueste la gente." Había en el lugar mucha hierba. Se recostaron, pues, los hombres en número de unos 5.000.  Tomó entonces Jesús los panes y, después de dar gracias, los repartió entre los que estaban recostados y lo mismo los peces, todo lo que quisieron.  Cuando se saciaron, dice a sus discípulos: "Recoged los trozos sobrantes para que nada se pierda."  Los recogieron, pues, y llenaron doce canastos con los trozos de los cinco panes de cebada que sobraron a los que habían comido.  Al ver la gente la señal que había realizado, decía: "Este es verdaderamente el profeta que iba a venir al mundo."  Dándose cuenta Jesús de que intentaban venir a tomarle por la fuerza para hacerle rey, huyó de nuevo al monte él solo (Jn 6, 1-15)

Jesús, Buen Pastor.
Juan, que no nos narra la institución de la Eucaristía, construye el relato de la multiplicación de los panes y los peces como pura transparencia del éxodo del pueblo de Israel, que se alimentaba de maná en el desierto, y del salmo 23, uno de los más bellos y queridos de la comunidad judía y cristiana de todos los tiempos:
“El Señor es mi pastor, nada me falta…en verdes praderas me hace reposar…prepara una mesa ante mí…”
La proximidad de la fiesta de la Pascua y los gestos de Jesús que coge, bendice y reparte el pan nos llevan espiritualmente al cenáculo.  Pero Juan escribe ya bajo la luz de la Resurrección y plasma en esta escena un icono de lo que será el Reino: cercanía de Dios, plenitud, comunión fraterna y comunión, también, con el mundo creado por Dios.  Sin duda Juan nos describe un nuevo Paraíso donde todos escuchan a Jesús y reciben de él, que les sirve, el alimento que puede saciarlos.
Éxodo, salmo 23, cenáculo y la Jerusalén celestial se funden en esta escena que teológicamente supera las narraciones eucarísticas de los sinópticos. En el cenáculo real la Eucaristía se celebra en la intimidad de los elegidos. Aquí todo el pueblo es elegido y es servido directamente por Jesús para que sus ministros vean su ejemplo y lo secunden.
El subrayado de Juan remarca la abundancia de Dios –sobran doce cestos llenos- frente a la escasez humana: cinco panes, dos peces.
Entrega tus panes y peces
El muchacho anónimo de Galilea propicia uno de los más bellos milagros de Jesús. Si Jesús, al servir a la muchedumbre, es modelo de actuación para los apóstoles, este muchacho es mi modelo.
Porque también yo tengo “panes y peces” que, además, pueden contarse. Mis panes y peces, por muchos que sean, hablan de dones limitados, de cualidades finitas. De incapacidad humana para el milagro que sólo Dios puede hacer.
Pero Dios ha querido necesitar mis panes y peces. Sólo si pongo en sus manos mi incapacidad  para amar, para orar, para hacer el bien incluso a los que amo…sólo entonces todo es posible. ¡Y sobrarán cestos llenos!
En general nos cuesta mucho entregar lo que poseemos. Queremos prevenir, controlar, dominar el futuro. Caemos en la necedad de creer que cinco panes y dos peces pueden saciar mi sed de felicidad. Pero sólo desde el no-cálculo, desde el abandono y la generosidad, Dios obra milagros. Aquellos que mi alma necesita y el mundo precisa.
En el fondo, el más bello milagro de este relato es el hecho de que Jesús consiga cambiar los corazones. Seguro que, tras el ejemplo del muchacho, otros entregaron sus “panes y peces” y el milagros e hizo…entre todos.
Una mirada al mundo
Nuestro mundo hambriento es lo más alejado de esta situación de generosidad y plenitud que relata Juan.  Parecería que no hay ningún muchachito que entregue sus panes y peces y que Dios, por tanto, no puede obrar el milagro. Cada día mueren miles de personas privadas de  lo más esencial mientras unos pocos viven en el lujo y la opulencia.
Indigna y entristece leer la prensa, ver las noticias. La solución, nos dice la Palabra de este domingo, no vendrá de los políticos. El mismo Jesús huye cuando lo quieren nombrar rey.
La Palabra nos pide que comencemos a entregar nuestros panes y peces. Hay mucha, mucha gente que ya lo hace, dejémonos contagiar de su desprendimiento.
Y Dios volverá a obrar el milagro.

jueves, 19 de julio de 2012


16 DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO
VENID...PARA DESCANSAR UN POCO...

Del Evangelio según Marcos 6,30-34
Los apóstoles se reunieron con Jesús y le contaron todo lo que habían hecho y lo que habían enseñado. Él, entonces, les dice: «Venid también vosotros aparte, a un lugar solitario, para descansar un poco.» Pues los que iban y venían eran muchos, y no les quedaba tiempo ni para comer. Y se fueron en la barca, aparte, a un lugar solitario. Pero les vieron marcharse y muchos cayeron en cuenta; y fueron allá corriendo, a pie, de todas las ciudades y llegaron antes que ellos. Y al desembarcar, vio mucha gente, sintió compasión de ellos, pues estaban como ovejas que no tienen pastor, y se puso a enseñarles con calma muchas cosas.
El evangelio de este domingo seduce, de entrada, por la familiaridad que se constata entre los apóstoles y Jesús. Esos apóstoles que sienten la necesidad, las ganas y el deseo de ir a Jesús para contarle todo lo que han vivido, es una de las más bellas imágenes de la oración. Orar no es otra cosa que contar mi día a Jesús, con sus éxitos, sus fracasos, sus inquietudes, sus miedos y deseos. Descargar mi fardo, alegre o pesado, en el corazón de Jesús me alivia porque, haya sido como haya sido mi día, Él  “me conduce, prepara ante mí una mesa, me hace reposar…” 
El evangelio nos relata una escena de intimidad – ese llegar y contarle todo al Amigo- pero Jesús invita siempre a más. Conoce mi corazón y sabe que soy como un abanico: necesito darme, abrirme…y replegarme, adentrarme en mi interior, hacer silencio. Si nos fijamos en la imagen del abanico es probable que constatemos que nadie se fija mucho en el eje que sostiene las distintas varillas. Y ese eje, tan discreto, es el que permite el juego de abrir y cerrar. Cabría preguntarse si Jesús es mi eje, si actúo en su nombre y luego sé ir a Él, replegarme en el silencio de quien ama, para descansar en Él.
Jesús nos ofrece este domingo “descansar en Él”. Mi madre siempre decía que, mientras el mundo estaba lleno de monumentos absurdos, a nadie se le había ocurrido hacer un monumento a quien inventó el colchón y la cama. Cuando el día ha sido agotador… ¡qué placer tumbarse por fin en la cama! Si mi cuerpo necesita ese colchón… ¿cómo no entender que Dios es el gran colchón sobre el cual puedo “tumbar” mi corazón? ¡Qué gusto descansar en Él! Posiblemente las imágenes de Jesús al uso sean más poéticas que la mía. No obstante, a mí me gusta pensar en Dios como un gran colchón…y creo que Él no estaría en desacuerdo pues hoy nos invita a descansar en Él.
Fijémonos en los otros protagonistas, los que buscan a Jesús.  Lo ven marcharse y lo reconocen. Y, aunque pueden adivinar que desea estar a solas con sus amigos, no dudan en torcerle los planes. Van tras Él  por tierra y llegan antes que Él.
Quizá a veces vemos “marchar” a Dios de nuestras vidas. Lo vemos alejarse, difuminarse en el ajetreo. Pero siempre podemos buscarlo en el silencio, en los parajes pacíficos. Podríamos aprender que cuando Dios nos parece un ser lejano, hay que buscar aquello que me da paz. Y con toda certeza, allí le encontraré. Puede que no sepa buscar a  Dios directamente. Entonces me basta con escuchar mi corazón y saber qué lo pacifica: esos momentos de silencio, esa lectura de la Palabra, ese andar a solas, esa música que me eleva…No es Dios, pero allí está.
Lo que más me gusta de este evangelio es que  la gente haga cambiar los planes a Jesús. Él quería una cosa – estar un rato a solas con sus amigos- pero la gente le cambia los planes. A veces, con tanto hablar de la Voluntad de Dios, hemos entendido que Dios tiene una Voluntad para mí y que todo lo que yo tengo que hacer en esta vida es descubrir cuál es y adaptarme a ella. Porque Él, que todo lo sabe y puede, no va a cambiar su Voluntad sobre mí, claro está.
Pues parece que no, que no es eso, porque de lo que se trata es de ir viendo “entre los dos” qué es lo más conveniente, lo mejor, lo preciso. Dios no es un Ser Inflexible que además disfruta un poco haciéndome buscar su Voluntad. No. Resulta que Él quiere buscar conmigo, que Él quiere ser mi Luz, quiere hablarlo, contrastarlo…¡Y  está dispuesto a cambiar lo que Él creía mejor! De hecho, el Antiguo Testamento está lleno de historias divertidas en las que Dios cambia constantemente de planes: en el caso más patente Dios quiere acabar con la humanidad pero Abraham le regatea hasta conseguir un trato.
Dios es aquel que siempre cambia de planes. ¡Valiente afirmación! Lo maravilloso es que Dios cambia de planes porque yo le conmuevo el corazón. Me mira, me observa y se le conmueven las entrañas. A veces le doy lástima, otras le inspiro ternura. Pero nunca le dejo indiferente: su alma tiene sed de mí. Tanta, que pierde los papeles de su Voluntad  y cada día me busca sin aferrarse a nada, ni a su condición divina.
Ese fue su máximo cambio: hacerse, como yo, humano. Para que yo me haga, como Él, divino.
Él me enseña, en ese pastoreo que tiene sobre mi alma, a no aferrarme a nada. A vivir buscándole. Porque no me quiere como mejor ejecutor de su Divina Voluntad.
Me quiere por compañero del alma. Y entre los dos, todo.

viernes, 13 de julio de 2012

jueves, 12 de julio de 2012


DOMINGO 15 DEL TIEMPO ORDINARIO
Los envió de dos en dos...

No sabemos qué hubiera ocurrido si Nazaret hubiera aceptado el mensaje de Jesús. En el relato continuado del evangelio de Marcos vemos que al fracaso de la misión entre los suyos, en Nazaret, le sucede una nueva manera de misionar. Ya no será en las sinagogas – espacio natural de Dios en el mundo judío-  sino en los caminos donde la Palabra resonará.  
Los apóstoles son enviados después de haber visto qué hacía Jesús. Y después de haber visto no sólo el éxito sino también el fracaso porque en Nazaret no pudo hacer Jesús ningún milagro; quizá a ello se deba la última recomendación que, aunque parezca dura, no hace otra cosa que exigir el no llorar ni lamentarse cuando no vemos el éxito pastoral. En la urgencia de la evangelización es preciso saber ver que hay tierras estériles a la semilla. Empecinarse en que la tierra estéril o rocosa dé fruto, viene a decir Jesús, no es propio de la sabiduría. Curiosa afirmación y exigencia porque creo que es la única que el mismo Jesús incumplió radicalmente. Él no desistió nunca de proclamar el evangelio y todavía pocos días antes de morir la anunciaba en “tierras estériles”, en el Templo de Jerusalén. Y es que a veces la lógica dice una cosa pero la pasión impone la contraria.
A los apóstoles los envía de dos en dos. Todos los comentaristas ven en este hecho  la imagen de la comunidad pero me resulta difícil pensar en una comunidad de dos. El número dos me remite instantáneamente a la familia nuclear, a la pareja. Y, aunque me desmarque del comentario oficial, me gusta pensar que Jesús nos envía en familia. Es la iglesia doméstica, son los padres los primeros transmisores de la fe, son ellos los que tienen la urgencia y el deber de predicar la conversión a sus hijos, expulsar los demonios que los circundan, ungirlos de fortaleza y curarlos de las enfermedades que contraen.
Cierto. El texto no habla de parejas sino, simplemente, de apóstoles. Pero la familia es el primer apóstol del niño que en su ámbito crece.
Si retomamos la imagen de los dos que son enviados a predicar vemos qué concepción tiene Jesús de la Iglesia: una Iglesia itinerante, siempre en camino. Sólo eso significan las sandalias, emblema máximo del peregrino. No es en la sinagoga, no en el Templo, no en el sedentarismo. El evangelio nos lleva al camino y nos exige estar siempre en ruta, desasidos, descentrados, desapropiados. Más a fondo, nos pide el desprendimiento de no esperar por los frutos. Lo nuestro es pasar y sembrar. Dejar a  Dios el poder de hacer crecer y a otros la dicha de la cosecha. Y cuántas veces nos amarga el no ver fruto…y cuántas creemos que hacer crecer es algo que depende de nosotros…
La otra imagen es la prohibición de tener dos túnicas. La túnica servía de abrigo ante las inclemencias del tiempo y también de lecho improvisado en el camino. La gente  pobre tenía una; dos es signo, sino de riqueza sí de posesión. Una Iglesia pobre e itinerante es lo que nos pide Jesús este domingo. Una realidad que a veces cuesta mucho de ver, la verdad. Es bueno traer aquí las palabras de San Basilio:
 «El pan que tú no comes, es el pan del hambriento; la túnica colgada en tu armario, es la túnica de quien va desnudo; los zapatos que tú no calzas, son los zapatos de quien camina descalzo; el dinero que tu escondes, es el dinero del pobre; los actos de caridad que no haces, son injusticias que cometes» (Hom. VI in Lc XII, 18 PG XXXI, col. 275). 

Qué gusto si la jerarquía eclesiástica actual  recobrara el lenguaje claro y directo en la predicación…
Ante la alusión a la túnica viene a la memoria la túnica de Jesús, la que se sortean cuando él agoniza clavado en cruz. Era una túnica sin costura, tejida, con toda probabilidad, por María. Manos de mujer sobre Jesús, manos de mujer sobre y en la Iglesia. Jesús, sacerdote y rey, necesita la ternura femenina sobre sí.  Y es una mujer la que suscita también la referencia a su túnica. La hemorroísa va por detrás para tocar, aunque sólo sea la orla de su manto…
Jesús, calzado con sandalias y con una única túnica, es modelo de Iglesia. Siempre en camino, siempre pobre.regúntate si en la fe vives instalado o “en camino”. Pregúntate  si tu vida no conjuga el verbo “acumular” (en el armario, en el banco o en el corazón) Porque sólo la desinstalación completa nos da poder sobre los demonios.  


viernes, 6 de julio de 2012


EVANGELIO DEL DECIMOCUARTO DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO
JESÚS EN NAZARET

El evangelio de este domingo (Mc 6,1-6) resulta incómodo para aquellos que intentamos “vivir en Nazaret”. Porque pone de manifiesto un Nazaret que no es ámbito de Salvación, un Nazaret que tiene legañas en los ojos y no sabe ver, un Nazaret que se define por su cerrazón. Es decir, un Nazaret que es el primero en “crucificar” a Jesús.
Jesús va a Nazaret. Ya había comenzado a manifestarse su Gloria y cabe suponer que se retira a su pueblo unos días para “descansar”. Descanso que debió hallar en su madre pero que sus amigos de infancia, sus convecinos y sus parientes le negaron.
Va a Nazaret y nada ocurre hasta que llega el sábado. No sabemos si estuvo muchos días pero sí se nos insinúa que nada anormal sucedió hasta el sábado. Posiblemente sus amigos y parientes se acercaron a verle, se abrazarían, compartirían sonrisas y mesa. Todo normal.
Pero el sábado se puso a enseñar en la sinagoga y su predicación suscitó múltiples preguntas (aprovecho para decir a mis amigos curas que eso es lo que debe hacer toda predicación).
Las preguntas de los nazarenos van todas en la misma dirección: a éste le conocemos. Lo hemos visto crecer, conocemos su familia, sabemos su oficio. En realidad no son preguntas porque no esperan respuesta alguna. Son objeciones que niegan la evidencia, algo que con frecuencia hacemos cuando nos encontramos con la Providencia de Dios, con su Amor.  Los datos que nos dan los nazarenos en forma de pregunta son datos sobre la humanidad de su vecino Jesús.
Ese es el gran obstáculo: Dios se ha encarnado, se ha hecho un buen vecino, amigo para quienes lo quieran así, y esa cercanía es motivo de rechazo para muchos que se mantienen apegados a la imagen previa que de Dios se han hecho.
A Jesús los nazarenos lo habían visto pequeño, débil, uno más. Ahora lo ven investido de sabiduría quizá porque Jesús hizo de lo pequeño la gran escuela espiritual. Cualquier nazareno, cualquiera de nosotros puede alcanzar la sabiduría divina si frecuenta, como Jesús, la escuela de la cotidianidad, el gran libro de Dios.
Pero para los nazarenos pequeñez y grandeza se contraponen, se excluyen. Curiosamente para muchos cristianos esto sigue siendo así. Nos gustan las vidas íntegras, redondas, casi planas. Las polaridades nos incomodan. Descubrir que Henry Nouwen, el gran autor espiritual autor de libros tan bellos y profundos como “El regreso del hijo pródigo” y “El sanador herido” era homosexual hizo que muchos que devoraban sus libros lo rechazaran frontalmente. Conocer las miserias de la Iglesia que la prensa publica un día sí y otro también ha hecho que algunos se alejen de ella y consideren el bien que hace pura hipocresía. Saber que M.Teresa de Calcuta vivió a la orilla de la no fe durante años, preguntándose por la existencia de Dios,  ha escandalizado  a muchos. Seguimos igual que siempre: nos gustan las recetas, nos gusta que lo blanco sea blanco y lo negro, negro. Malos y buenos, como en las películas.
Pero a nuestro Dios le gusta lo contrario. Le encanta lo pequeño y lo considera recipiente ideal para albergar la Grandeza. Le gusta y ama el pecador santo y la acción contemplativa tanto como la contemplación hecha acción; las vírgenes madres y las madres vírgenes. Dios no vive en la disyuntiva “o” sino en la conjunción “y”…
El Nazaret que conocemos este domingo no es otra cosa que nuestro corazón. Nuestra humanidad, la pequeñez de cada día, con todas las debilidades, con el pecado consentido, con las dudas y negaciones, con la lejanía voluntaria, es el ámbito perfecto para que Jesús se yerga e irradie su sabiduría. A ver si entendemos de una vez que, incomprensiblemente, mi indignidad fascina a Dios.
Nazaret es mi corazón. Un corazón que a veces abraza a Jesús y otras se escandaliza y se cierra a su acción. Nazaret es también lugar de misión.
Para ser descanso de Jesús necesito aprender que el hijo de mi vecino, la señora viejecita que me encuentro cada día o el niño pesado que no me deja en paz puede ser la gran Palabra de Salvación que Dios me envía. No vayamos a rechazarla sólo porque “ya lo conocemos”.
Acostumbrarnos a Dios, a  la Eucaristía, a poder rezar el padrenuestro, a ser perdonado…es la manera más rápida de llegar a una inconsciente apostasía.  
No nos acostumbremos a Jesús.