
domingo, 14 de marzo de 2010

viernes, 12 de marzo de 2010

NOVENA A SAN JOSÉ (II)
JOSÉ, IMAGEN DEL BUEN ESPOSO
Por intercesión de San José, bendice Señor a todos los esposos para que, como él, sepan custodiar la familia que han formado, respeten y amen a su esposa y ayuden a crecer física y espiritualmente a sus hijos. Que como José sepan asumir la responsabilidad de proteger la familia en tiempos adversos y que su trabajo sea siempre ofrenda de amor a los suyos.
jueves, 11 de marzo de 2010

jueves, 4 de marzo de 2010

Si yo fuera María, si yo fuera Jesús ¡cuán indignada estaría! Por suerte la devoción popular se ha avanzado a la teología, a la liturgia incluso, y comenzó ya en el siglo XVI a venerar a San José. Cuenta el P. Llamera que en cierta ocasión una viejecita para dar razón de su gran devoción a San José contestó: ¿No ve usted que lleva al Niño en sus brazos?" (P.B. Llamera, Teología de San José, BAC, Madrid, 1953, p.XV).
Pero si él, Custodio de Dios, Vicedios, como lo llama Valdivieso bellamente, lleva al Niño en brazos ¿por qué seguimos con aquello de que sólo por María se llega a Jesús? Cuando hago mi defensa apasionada de San José siempre encuentro alguien que me mira mal y me acaba diciendo: debes querer poco a la Virgen. Pues no, la quiero, mi familia me trasmitió la devoción a la Virgen bajo el familiar nombre de Moreneta pero entiendo que María no se explica sin José. A la Sagrada Familia no podemos cantarla por separado: Jesús por un lado, María por otro y José…para quien se acuerde. ¿Cuántas veces Jesús adolescente no entraría en una casa diciendo “vengo de parte de mi padre” como dijo de mayor para referirse a su misión? Y ¿no es posible pensar que al recitar las bienaventuranzas viera, como en reflejo, la figura de su padre José?
Leonard Boff ha escrito un bellísimo libro sobre San José que edita Sal Terrae lo recomiendo vivamente. Pero aún más recomiendo que hagamos nuestro aquel “Ite ad Joseph”, id a José, en cualquier situación de nuestra vida. A su lado encontraremos siempre a María. Y en sus brazos al Niño. Que de ahí le viene a José la grandeza: Dios se acurrucó en sus brazos para dormir tranquilo…
Sigamos el ejemplo de "las almas más sensibles a los impulsos del amor divino", las cuales "ven con razón en José un luminoso ejemplo de vida interior" (JUAN PABLO II, o.c. , 27).
lunes, 1 de marzo de 2010

(José Luis Blanco Vega s.j.)
viernes, 26 de febrero de 2010

Los cristianos de Oriente fueron los primeros en celebrar la Transfiguración. Esta fiesta fue introducida en Occidente en el siglo XII por uno de los abades de Cluny, Pedro el Venerable.
En los Evangelios, los relatos de la transfiguración quieren hacernos entrever quién es Jesús verdaderamente y conducirnos a participar en su misterio.
En el monte, Jesús está en oración, en una gran intimidad con Dios (Lucas 9, 28-36). La voz que sólo él había oído en el momento de su bautismo ahora se hace escuchar por los discípulos: «Este es mi Hijo, el amado» El misterio de Jesús aparece ante sus ojos : su vida consiste en esta relación de amor con Dios su Padre.
Jesús vive esta relación de amor desde toda la eternidad, pero también durante toda su existencia terrenal. Ella crece, se fortalece especialmente a través de las pruebas, y se revela cada vez más. Jesús elige apoyarse solamente en Dios, y mantendrá esta elección hasta en la noche más oscura, cuando dé su vida en la cruz.
¿No es este abandono radical y con total confianza lo que provoca que ante los ojos de los apóstoles brille en Jesús la luz de Dios? Moisés y Elías, que aparecen al lado de Jesús, habían sido, de forma evidente, guiados por esta luz. Pero ésta brilla en Jesús de manera única. En él, la luz de la resurrección ya se ha encendido. Su humanidad transfigurada irradia la plenitud del amor de Dios. Nunca nos cansamos de dejarnos maravillar por esta novedad eterna.
Por medio de la transfiguración, Jesús no sólo hace ver que está habitado por la luz de Dios, hace intuir que quiere compartir esta luz. No es sólo la humanidad de Jesús la que puede ser transfigurada, nuestra humanidad también.
Cuando, en la oración, contemplamos la luz de Cristo transfigurado, ésta se va transformando poco a poco en luz interior. El misterio de Cristo llega a ser el misterio de nuestra vida. También nosotros somos los hijos amados de Dios. Cada una, cada uno de nosotros es amado desde siempre y por siempre.
Como Jesús, podemos abandonarnos en Dios. Y Dios a su vez transfigura nuestra persona, cuerpo, alma y espíritu.
Entonces hasta las fragilidades y las imperfecciones se convierte en una puerta por donde Dios entra en nuestra vida. Los abrojos que dificultan nuestra marcha alimentan un fuego que alumbra el camino. Nuestras contradicciones interiores, nuestros miedos, permanecen. Pero , por el Espíritu Santo, Cristo entra hasta el fondo de lo que nos inquieta de nosotros mismos, hasta el punto que las oscuridades quedan iluminadas. Nuestra humanidad no es anulada, Dios la asume, ella puede encontrar en sí una cierta plenitud. Y somos libres, libres de avanzar hasta darnos por aquellos que Dios nos ha confiado.
Más allá de nuestras personas humanas, toda la creación ha recibido la promesa de una transfiguración. Cristo «transfigurará nuestro pobre cuerpo para conformarlo con su cuerpo glorioso, mediante el poder que tiene para someter a sí todo el universo.» (Filipenses 3, 21) Sí, él «hace todas las cosas nuevas.» (Apocalipsis 21, 5)
«¡Escuchadle!» dice la voz venida del cielo. Por el Espíritu Santo él nos habla. Nuestra actitud frente a la vida depende de nuestra atención a su presencia continua.
Estar a la escucha de Dios no nos ahorrará forzosamente dificultades. Si damos prioridad a esta escucha, nos haremos aun quizá más vulnerables. Pero una determinación interior crecerá, y con ella una soltura para entregarnos más fácilmente al soplo del Espíritu Santo. Seremos más capaces de discernir la presencia de Dios en el mundo y seguiremos más valientemente su voluntad.
Con frecuencia, comprendemos poco sobre cómo es posible nuestra propia transfiguración. Nuestra confianza, como la de los discípulos, se queda corta, nuestra fé no deja de ser pobre. Con todo, mirar la luz de Dios nos transforma ya.
En el monte de la transfiguración, es toda la Iglesia la que está representada en Pedro, Santiago y Juan. Si nosotros también escuchásemos más a menudo todos juntos, en una humilde oración común, la voz de Dios, quizá la comprenderíamos mejor. El Espíritu Santo podría actuar mejor y-¿quién sabe?– él podría hasta sorprendernos.
Hno Alois de Taizè