lunes, 20 de diciembre de 2010

LAS TIC Y LA NAVIDAD

jueves, 16 de diciembre de 2010


NAZARET, ESPIRITUALIDAD DE LOS ACONTECIMIENTOS



Vivir en Nazaret supone tener la audacia de asumir todas las preguntas que la persona se plantea buscando en los signos de los tiempos, en el día a día, en la rutina cotidiana, esa sinfonia maravillosa que es ver el mundo bajo la mano amorosa de Dios.
Vivir escrutando el cielo, masticando cada acontecimiento, dejándolo reposar en el corazón – como María- aceptando con naturalidad que se nos resista su significado sin por ello dejar de creer que tiene profunda significación cualquier tilde de nuestra vida.
Tener todas las preguntas y abandonar el ansia y la inquietud por las respuestas, creyendo que Él saldrá por algún lado para hacernos ver con claridad aquello que, para nuestro torpe corazón y nuestra mirada tantas veces opaca, permanece oculto en lo secreto.
Vivir en Nazaret supone creer que el ritmo de Dios no se detiene, que Él actúa siempre y que, no sabemos cómo, mil gracias derramando, pasa por mi pequeña tarea, mi dolor de cabeza, mi rabieta o malhumor, mi gozo y mi pena, dejándolos transfigurados, vestidos de hermosura.
Las preguntas que se haría María, las que se hizo José fueron, abandonadas en Dios, anclas que los amarró al cielo. Con frecuencia puede que no entiendas porqué ocurre esa desgracia, qué quiere decir esa inquietud que sientes en la oración, adónde te lleva ese nuevo compromiso, cómo acabará esa misión que has comenzado, de qué manera vas a soportar tanto dolor...esas son las preguntas que lanzadas al cielo pueden anclar tu corazón en Dios. ¿O acaso no te has fijado que el interrogante tiene forma de anzuelo? “Enganchados” a su corazón Infinito conoceremos no la respuesta que buscamos sino su Grandeza. Y conoceremos también que, pese a todo, nuestra pequeñez es esa lámpara que la Luz necesita para brillar en casa.
Vivir en Nazaret te anima a orientarte, como los marinos, como los antiguos peregrinos, mirando las estrellas. La de Nazaret es una espiritualidad sideral, una espiritualidad que te hace mirar la tenue luz de las estrellas para saber dónde poner el paso siguiente. Nada más.
Paradójicamente este escrutar al cielo no nos asegura la Luz pero sí la voz de Dios diciendonos constantemente: no tengas miedo, yo estoy contigo. Vivir en Nazaret es aceptar vivir como la mayoría o la casi totalidad de los humanos: en el anonimato y en la noche. Pero desde una fe y una confianza tan profunda en la misericordia de Dios, en que todo lo encamina al Bien, que la noche se hace transparente. Es noche que no interrumpe su historia con nosotros. Porque de noche sucedieron las grandes claves históricas de la Salvación: una noche nace Aquel que es Luz del mundo y una noche, más clara que el día, lo ve resucitar. En la noche pues, pero como centinelas. En la noche, pero como vírgenes que sostienen su débil lámpara. Una lámpara que no las ilumina a ellas sino que señala el camino al Esposo...
Nazaret es intemperie. No hay mañana seguro pero es el futuro. Es maná agradecido, jamás despensa. Es provisionalidad y abandono, libertad y pobreza.
Nada hay seguro en Nazaret salvo la Providencia de Dios. Nada puede darse por sentado ni por sabido porque Él puede ampliar la tienda que lo aloja – el corazón- o sacarte de la tierra para llevarte a una que sólo Él ve. Mas para quien ama la humanidad de Dios, para quien ama Nazaret, una oficina, una cocina, una cama o silla de ruedas, puede ser su Nazaret. Basta con aprender a leer los signos pobres, con azuzar el espíritu y no dejar que se aletargue, con ir soltando amarras para anclarse más en Dios.
Nazaret no es un camino hecho, es una senda que mis pasos deben abrir cada día. Nadie va a Dios por el mismo camino que otro ha ido, dice el poeta.
Asumir Nazaret es, en definitiva, asumir un Dios extraño. Un Dios que no hace ostentación, que no ama ni busca las manifestaciones incuestionables. Tampoco es un Dios que se esconda, como quien juega. Somos nosotros que, teniéndole delante no le vemos. No sabemos entenderle, no sabemos escucharlo.
Por eso, Nazaret es la escuela de toda la humanidad, de toda la Iglesia. ¡El mismo Jesús aprendió en Nazaret a descubrir la Voluntad de Dios sobre Él!
Vayamos pues a Nazaret. Porque es en los acontecimientos, en la vida cotidiana, que Dios sigue obrando en mí. Es en todo lo que sucede y me sucede que yo puedo crecer – como Jesús- en sabiduría y gracia.
A nosotros nos ha sido dado conocer los designios secretos del Reino (Mt 13,11). ¿Por qué pues, somos capaces de interpretar el aspecto del cielo y no sabemos leer los signos de los tiempos? (Mt 16,3)
Que Jesús, María y José sean nuestros maestros

jueves, 25 de noviembre de 2010






TODOS ESTABAN ESPERANDO.

Estaban esperando los caminos
para sentir en su terrosa espalda
la caricia del asno que traía
el peso de un capullo a punto de brotar.


Estaban esperando los arroyos,
los castillos de corcho, las montañas de musgo,
las nubes de algodón, las lavanderas
de barro y los molinos,
para hacerse suspiro y maravilla
de Nacimiento, cada Navidad.

Estaban esperando las campanas
para echarse a volar y arrancar a los vientos
las inefables lenguas de su música.
Estaban esperando las estrellas
para poner en todos los murales celestes
la flecha indicadora
que soñaban los Magos.

Estaban esperando los papiros
-polvo de paraísos, diluvios, babilonias,
desiertos, faraones, rayes, jueves...-
y todas las doncellas del pueblo de Israel
y los preciosos versos de Virgilio
y las reales águilas de todas las banderas
del Imperio Romano.

Estaban esperando las legiones angélicas
para poner rumbo a Belén sus alas
y llevar a los astros
la más extraña nueva de los hombres.

Estaban esperando los pastores
en su lenta velada de balidos
y sonoros cencerros y lana humedecida
por la lluvia de todos los inviernos terrestres.

Estaban esperando los profetas
y la voz del Bautista tonante en los desiertos.
Y José, el asombrado y asombroso José,
almirante mayor de los caminos
a las riendas del "no-temas" angélicos
y la fe levantada como un faro antiniebla
contra todas las dudas naturales.

Y María, la de los sueños grandes,
la de las noches blancas,
la de los maternales rubores inviolados,
alzada sobre el arco de los tiempos
en el signo de Isaías a Acab .

Estaban esperando todos.
Todos y todos estaban esperando.
(Como tú y yo -nosotros-
estamos esperando
ahora
en esta vigilia permanente,
que este largo y tembloroso adviento que es la vida".

(Francisco Vaquerizo Moreno)

viernes, 19 de noviembre de 2010


DESIDERIA: LA SANTIDAD (III)


Una de las definiciones que más me gusta de santidad es la del Cardenal Newman: llegar a ser lo que somos en verdad.
La naturaleza nos da la primera lección de coherencia: de un perro nacen perritos y un manzano da manzanas. Una jirafa tiene jirafitas y una gallina, pollitos. Si de verdad nos creemos que somos hijos de Dios…seamos consecuentes. Porque ¿Qué Dios es santo como nuestro Dios?
Dios nuestro Padre es Santo. Y la belleza del mundo, que culmina en la persona, es resplandor de esa santidad.
La santidad no es una carga, una obligación, un esfuerzo ímprobo que Dios nos impone. Parece mentira que hayan cuajado expresiones como “no soy un santo” y cosas por el estilo. Lo decimos y escuchamos con cara sonriente. La santidad es la esencia de Dios- su nombre es Santo, dice María- y cuando nos indica que debemos ser santos nos dice que nos lega una preciosa herencia: su talante, su manera de ser, su manera de mirar el mundo y las personas…eso es ser santo!
Del mismo modo que cada padre desea transmitir a su hijo, junto con la vida, lo mejor de él, Dios, que es santo, quiere darnos su santidad. Pero mientras que un padre y una madre transmiten lo que tienen, no lo que son, Dios, por el contrario, nos transmite también lo que es. Nuestra tarea es “asumirlo”, agradecerlo, preservarlo y compartirlo. ¿Podemos renegar del ADN que Dios nos ha transmitido? Charles Péguy decía que "la única desgracia irreparable en la vida es la de no ser santos". Es una especie de automutilación. Podemos fracasar en nuestras vidas en muchas cosas. Pero no deberíamos dañarnos, es decir, no deberíamos dejar de ser santos.
Existe una santidad que hemos recibido por el simple hecho de ser hijos de Dios, que explicitamos en el bautismo, y que recibimos continua y gratuitamente; y hay una santidad que debemos aumentar con nuestro esfuerzo. Cuando un padre deja una gran herencia a sus hijos también espera que la acrecienten. Pero yo nada puedo hacer crecer la Santidad de Dios. Se me pide solo que no deje crecer la cizaña, que arranque lo malo para que brille el Bien. Miguel Angel dijo que la escultura es el arte de quitar. Todas las otras artes se practican añadiendo algo: el color sobre la tela, en la pintura; una piedra a otra, en la arquitectura; un sonido a otro, en la música. Sólo la escultura se practica quitando, haciendo caer los pedazos inútiles, para que surja la obra de arte. El escultor no añade nada, sólo quita. Se cuenta de Miguel Angel que un día, paseando por un jardín de Florencia, vio un bloque de mármol informe, abandonado y semienterrado. Se paró de repente, como si hubiese visto a alguien. "En ese bloque- exclamó- está encerrado un ángel; quiero sacarlo". Y agarró el cincel. También Dios nos mira tal como somos, semejantes a aquel bloque de piedra tosco y anguloso y dice: "Ahí dentro hay escondida una criatura maravillosa; está la imagen de mi Hijo. Quiero sacarla a la luz". La Santidad también es el arte de quitar…
«Sed santos, porque yo, Yahveh, vuestro Dios, soy santo» (Lv 19,2).
«Cristo amó a la Iglesia y se entregó a sí mismo por ella, para santificarla, purificándola mediante el baño del agua, en virtud de la palabra, y presentársela resplandeciente a sí mismo; sin que tenga mancha ni arruga ni cosa parecida, sino que sea santa e inmaculada» (Ef5,25-27).
La santidad es una vocación universal. Que Jesús realiza de manera sencilla: «Yo hago siempre lo que le agrada a Él» (Jn 8,29) Porque su voluntad era esencialmente buena se adhiere desde pequeño al sumo Bien. Y es connatural a Él puesto que, además, ha vivido en casa el ejemplo.
La santidad tiene una moneda pequeña: la virtud. En ese sentido la santidad es perceptible y “practicable”. No se trata de algo inalcanzable. Más bien es, o debe ser, el pan de cada día. En realidad la virtud es el patrimonio moral de la persona, lo que nos humaniza, lo que nos define como hombre o mujer plenamente realizado.
San José Manyanet afirma de modo contundente que Nazaret es escuela de virtudes. Por eso en Nazaret se encuentra “lo que quieres y tu corazón desea” (E.N. I,1). Por ser hijos de Dios alienta en nosotros esa “centellica”, como decía Eckart, esa luz divina que nos hace anhelar el bien. Porque no nos reconocemos si no es en la santidad.
¿Qué significa virtud? La palabra viene del latín virtus, que igual que su equivalente griego, areté, significa "cualidad excelente", "disposición habitual a obrar bien en sentido moral". Por decirlo de alguna manera es “tener el vicio de hacer el bien”. Aunque reservamos la palabra vicio para definir el hábito de hacer el mal, hoy en día, popularmente, la palabra vicio se aplica a cualquier cosa de la que uno no puede “desengancharse”: el vicio de comer chicle, de jugar con los dedos mientras atendemos…pues bien, enganchémonos al bien. Claro que la virtud se adquiere por aprendizaje, por eso hablamos de ser un virtuoso de la música, por ejemplo. Salvo excepciones, no se es virtuoso a los siete años porque todo bien requiere paciencia y, sobre todo, voluntad. Ese es el punto clave. La persona que aspira a la virtud es porque su voluntad es la que es buena.
Dios no nos deja sin un camino trillado para alcanzar la santidad. Lo admirable es que Dios reside, con toda Santidad, en una familia.
Por eso “atraídos por la exquisita fragancia de vuestras virtudes” (E.N. 1 v1) nos llegamos a Nazaret, escuela de virtudes, escuela de santidad. Hogar y Templo.

domingo, 14 de noviembre de 2010

Cada brizna de pasto
tiene una angel que
se inclina y le susurra:
crece, crece...
( Talmud)

NAZARET, SEMILLA DE SANTIDAD


A lo largo de su predicación podemos constatar que Jesús ama de manera especial las imágenes que hablan de crecimiento. Si hacemos una lectura atenta de su predicación y en especial de sus parábolas, pronto descubrimos ese hilo conductor: Granos de mostaza, de trigo…¡incluso de cizaña! Talentos que se multiplican, agua que se convierte en bebida más valorada, masa que crece con la levadura, pescas abundantes…Su vida queda definida también con aquel “crecía en edad, sabiduría y gracia ante Dios y ante los hombres” que tanto ha fastidiado a algunos pensando que ya se podían haber esmerado un poco más los evangelistas y facilitarnos algún detalle.
Todo ser viviente tiende al crecimiento. No hay nada vivo que no sea creado para crecer. Tú también. La cuestión es en qué estás creciendo en este momento de tu vida. Puede que crezcas en seguridades, en bienestar, en tranquilidad. Y entonces, déjame decirlo, estás lejos del Reino. Pero puede que crezcas en paciencia, en entrega, en oración, confianza, solidaridad…y en ese caso vives en el Reino.
A veces sentimos curiosidad por saber cómo será esa realidad que llamamos “cielo”. Y quizá bastaría mirar nuestro corazón para descubrirlo. "He encontrado mi cielo en la tierra pues el cielo es Dios y Dios está en mi alma" (Sor Isabel de la Trinidad)
Dios está en semilla en tu corazón. Quizá por eso su primera palabra dirigida al hombre es : creced, multiplicad. Dios no nos da “premios finales” porque es imposible pensar que Dios, en su infinito amor, retenga algo de sí para más adelante. Él ya nos ha dado cuanto nos puede dar, Él ya se ha dado.
Tienes pues, “el cielo en tus manos”. De ti depende que germine y crezca sin que tú sepas cómo, noche y día, hasta que dé fruto (Mc 4).
Pienso que Dios te plantea dos retos: saber de qué es la semilla que ha plantado en nuestro corazón y buscar a nuestro alrededor testimonios de semillas que ya han dado fruto y son, quizá, altísimos árboles donde van los pájaros a posarse.
Mira, vuelve tus ojos al hogar de Nazaret. “Hágase”, exclama María. De José no guardamos palabras, solo acciones, hechos. Pero el evangelista subraya: era justo. “Yo debo estar en las cosas de mi Padre”, dice Jesús adolescente.
La semilla que Dios ha puesto en nuestro corazón es semilla de cercanía. Semilla que acorta, al crecer, la distancia entre mi persona y Dios. Semilla que me hace parecer cada vez más a Dios porque he nacido para ser como Él. El Cardenal Newman decía que la santidad es “llegar a ser lo que somos”. Es una de las definiciones de santidad más simples y más exactas.
Nos complicamos, nos enredamos y nos perdemos. María, José y Jesús tienen la madurez espiritual de no hacerlo. Ellos están a lo que están: el Padre. Único eje de sus actos, decisiones y afectos. El resto puede ser bueno pero relativo. Lirios del campo que hoy son y mañana no. Hierba que perece. Pájaros que caen y mueren.
La Sagrada Familia no vivió en un mundo ideal. A su alrededor había guerras, sangre, injusticia y miseria. Pero no cayeron en la trampa de desear que todo fuera perfecto. Miraron el mundo desde arriba, con los ojos de Dios. Y no se dejaron cegar por el mal sino que vieron en la hondura. Como decía Jung “Quien ve hacia afuera sueña, quien ve hacia adentro despierta”. Miraron hacia adentro, hacia la semilla-Dios. Y despertaron el mundo.
Nazaret es semilla de santidad. Las tres personas de ese Hogar alcanzaron su plenitud total. Ellos ya han dado fruto y fruto abundante. Pero el mensaje de Nazaret, el conocimiento de que la santidad es “estar en lo del Padre” todavía no ha germinado en el mundo. Nazaret sigue siendo aún una semilla; se ve ya una brizna pero aún no se adivina el árbol que llegará a ser.
Pero incluso de ese brote aprendemos que sólo la santidad da respuesta a nuestros deseos más profundos. Que es ella nuestro auténtico deseo y la única fuente de unificación que nos hace felices. Porque “El nos ha elegido antes de la creación del mundo para que fuésemos santos e inmaculados ante El, en el amor” (Ef. 1,4).

domingo, 7 de noviembre de 2010


EL PAPA RECUERDA A SAN JOSEP MANYANET EN EL ÁNGELUS DE LA SAGRADA FAMILIA (BARCELONA)




Hermanos y hermanas en Nuestro Señor Jesucristo:
Ayer, en Puerto Alegre, Brasil, tuvo lugar la ceremonia de beatificación de la Sierva de Dios María Bárbara de la Santísima Trinidad, fundadora de la Congregación de las Hermanas del Inmaculado Corazón de María. Que la fe profunda y la ardiente caridad con que ella siguió a Cristo, susciten en muchos el deseo de entregar por completo su vida a la mayor gloria de Dios y al servicio generoso de los hermanos, especialmente de los más pobres y necesitados.
Hoy, he tenido el enorme gozo de dedicar este templo a quien siendo Hijo del Altísimo, se anonadó haciéndose hombre y, al amparo de José y María, en el silencio del hogar de Nazaret, nos ha enseñado sin palabras, la dignidad y el valor primordial del matrimonio y la familia, esperanza de la humanidad, en la que la vida encuentra acogida, desde su concepción a su declive natural. Nos ha enseñado también que toda la Iglesia, escuchando y cumpliendo su Palabra, se convierte en su Familia. Y más aún nos ha encomendado ser semilla de fraternidad que sembrada en todos los corazones aliente la esperanza.
Imbuido de la devoción a la Sagrada Familia de Nazaret, que difundió entre el pueblo catalán San José Manyanet, el genio de Antoni Gaudí, inspirado por el ardor de su fe cristiana, logró convertir este templo en una alabanza a Dios hecha en piedra. Una alabanza a Dios que, como en el nacimiento de Cristo, tuviera como protagonistas a las personas más humildes y sencillas. En efecto, Gaudí, con su obra, pretendía llevar el Evangelio a todo el pueblo. Por eso, concibió los tres pórticos del exterior del templo como una catequesis sobre Jesucristo, como un gran rosario, que es la oración de los sencillos, en el que se pueden contemplar los misterios gozosos, dolorosos y gloriosos de Nuestro Señor. Pero también, y en colaboración con el párroco Gil Parés, diseñó y financió con sus propios ahorros la creación de una escuela para los hijos de los albañiles y para los niños de las familias más humildes del barrio, entonces un suburbio marginado de Barcelona. Hacía así realidad la convicción que expresaba con estas palabras: "Los pobres siempre han de encontrar acogida en el templo, que es la caridad cristiana".
En catalán:
Aquest matí també ha estat per a Mi motiu de satisfacció poder declarar aquest temple com a Basílica Menor. En ell, homes i dones de tots els continents admiren la façana del Naixement. Ara, nosaltres, meditem el Misteri de l’Encarnació i adrecem la nostra pregària a la Mare de Déu amb les paraules de l’Àngel, i li confiem la nostra vida i la de tota l’Església, i li demanem, al mateix temps, el do de la pau per a tots els homes de bona voluntat.
[Esta mañana he tenido también la satisfacción de declarar este templo como Basílica menor. En ella, hombres y mujeres de todos los continentes admiran la fachada del Nacimiento. Nosotros, ahora, meditamos el Misterio de la Encarnación y elevamos nuestra plegaria a la Madre de Dios con las palabras del Ángel, y le confiamos nuestra vida y la de toda la Iglesia, al tiempo que suplicamos el don de la paz para todos los hombres de buena voluntad.]

sábado, 6 de noviembre de 2010



EL CÓDIGO QR


Los códigos QR los inventó una compañía japonesa. Hoy están extendidos por todo el mundo y se usan en todos los ámbitos. Se trata de un sencillo código bidimiensional que puede almacenar una gran cantidad de datos. Aunque se pensó para clasificar productos mercantiles, hoy hay quien los usa en su tarjeta de visita, en el anuncio de un piso que se vende porque puede enseñarte el piso sin entrar en él, en revistas de agencias de viaje que te llevan de ruta, en educación y en múltiples campos del saber humano.
Por supuesto, para leer el código debes tener un lector en tu móvil. Los de última generación ya lo traen incorporados, en los más antiguos debes descargarte el lector.
Me he divertido mucho haciendo un mini-curso de códigos QR. Pero a medida que aprendía pensaba que muchas veces, para nosotros, Dios habla en código QR. No lo entendemos. Bastaría tener un pequeño y sencillo lector en el corazón para ser capaces de entender entre líneas su Voluntad. Él no es complicado, es suma sencillez. Quien inventó el código QR se basó en un patrón muy simple. Pero precisas lector. Es barato y asequible. Sólo hay que buscarlo. Cuando lo tienes resulta casi un juego ir leyendo lo que para otros es un garabato. Tiene sentido ese sinsentido. Y comienzas a crear códigos QR. Porque quien aprende el lenguaje de Dios ya no sabe hablar de otro modo.
Pidamos el lector para nuestro corazón; porque Dios nos sigue hablando.

martes, 2 de noviembre de 2010

LA BELLEZA DESAPERCIBIDA O EL DÍA DE TODOS LOS SANTOS


«Un día invernal, a hora punta, un violinista se situó a la entrada de una estación de Metro de Washington y se puso a tocar su violín. Durante cincuenta minutos los precipitados viajeros no paraban mientes en seis piezas de Bach que emitían las cuerdas del afinado violín. Se calcula que pasaron miles en esa hora y fueron muy pocos los que frenaban el paso, escuchaban unos segundos y algunos dejaban caer alguna moneda en el sombrero. Los que controlaban la experiencia pudieron contabilizar que sólo unos seis pararon unos minutos y una mujer agradeció al músico su interpretación. Pero no hubo aplausos y menos alguien que pidiera un bis. En el fondo del sombrero se recogieron 32 dólares.

El violinista que accedió a la experiencia que quiso hacer y filmar el periódico The Washington Post se llama Joshua Bell, uno de los mejores del mundo. Dos días antes de su presencia en el Metro, había llenado un Teatro de Boston con melómanos que –el que menos- había pagado cien dólares por asistir al concierto del afamado músico. Tanto en el teatro como en el Metro había ejecutado las mismas seis piezas de Bach y usado el mismo violín Stradivarius, valorado en tres millones y medio de dólares.

La idea del periódico era realizar un ensayo sociológico sobre el comportamiento de las personas. Comprobaron que el personal puede pasar junto a bellezas o acontecimientos sublime sin captarlos. Si se llevan otras preocupaciones en la cabeza (en este caso las prisas por llegar al trabajo o a alguna actividad), están prácticamente incapacitados para percibir lo que sucede alrededor. Y con frecuencia esta incapacidad se ve agravada por tópicos: “Estos pobres músicos fracasados tienen que recurrir a estas estaciones de metro para sacar un pequeño sueldo”».

Resulta estremecedor pensar en cuánta santidad hay a nuestro alrededor sin que seamos capaces de percibirla. Hombres y mujeres anodinos, vidas normales y corrientes que, quizá, si abriéramos los ojos, nos depararían la sorpresa de su enorme belleza. ¿Cuántas veces habré pasado de largo ante un santo sin darme ni siquiera cuenta? ¿Conviviré con alguno/a?
Quizá haya leído con interés una vida de M. Teresa de Calcuta, de San Francisco...Pero Dios no es un Dios tacaño, el repartió la santidad en toda su creación. Sólo me queda decir: Señor, que vea!
No vaya a ser como esos viajeros del metro: incapaces de belleza.

sábado, 16 de octubre de 2010


DESIDERIA (II)



¿Cómo son las visitas de Desideria?
A menudo, o por lo menos de vez en cuando, todos hemos hecho alguna visita de cortesía. ¿ Quién no tiene experiencia de cumplir con un compromiso que la vida social nos ha marcado? Son visitas que pesan, que, a veces, se postergan y que, gustosamente, delegaríamos en alguien.
Las visitas de Desideria no son de cortesía y ésta es su primera enseñanza: en la vida espiritual no nos basta con “cumplir” con Dios, con no faltar a lo esencial, con ir a misa y alguna cosa más...
Hay otro tipo de visitas: las que se hacen para acompañar a alguien. Son visitas de amistad, de amor. Visitas que se desean, aunque a veces cuesten, porque nacen de las aguas más profundas del corazón. Con frecuencia hemos visitado un enfermo, un anciano. Hemos estado horas para estar, simplemente, al lado de.
Y hay, también, otro tipo de visitas: las de aprendizaje, aquellas que un alumno aventajado hace al maestro en la intimidad de su casa. Supone un honor que el maestro abra las puertas de su casa a sus alumnos y las experiencias humanas nos relatan cuánto aprendieron en esas tertulias caseras algunos de nuestros personajes más ilustres. Y cómo, insensiblemente, pasaron de alumnos aventajados a discípulos.
En Desideria se cumplen estos dos últimos tipos de visita. Ella se acerca a la Sagrada Familia para aprender y para estar con ellos.
¿Cuál es el proceso? ¿Cómo se inician las visitas? ¿Cómo puedo acercarme yo a la Casa de Nazaret?
La visita responde a “toques interiores” es decir a mociones espirituales por las cuales Dios mismo nos va marcando el camino. Nuestro deseo de Dios nace en Dios mismo: Desideria va a Nazaret “atraída por la exquisita fragancia de vuestras virtudes” ( E.N. I,I ) Dios nos seduce lentamente, nos ata con suaves lazos. Aunque hay en la historia conversiones radicales es más frecuente la lenta transformación. Porque Dios se parece más a un alfarero que a un mago.
Acercarse a Dios supone también el atrevimiento, la “parresía” de los hijos de Dios: perdonad mi atrevimiento (E.N.I,I ) dice en repetidas ocasiones Desideria.
Y toda visita tiene un objeto, un fin; Desideria enumera algunos de estos fines:
La dicha de poder visitaros
Escuchar las palabras de paz y vida eterna
Ofrecer no sólo lo que se tiene y vale, sino el corazón.
Buscar ánimo, aliento y comprensión para mis defectos e ignorancias...
Este proceso supone haber “discernido” mis propios deseos, saber cuáles me producen dicha, paz, qué deseos me humanizan, me llevan a aprender cómo ser más mujer, más hombre de Dios. Supone también saber dónde hallo fortaleza para mi debilidad, aliento para mis desánimos. E implica también acercarse con deseos de ofrecer a Dios lo que soy, mis luces y mis sombras.
A lo largo de las distintas visitas, Desideria se mostrará “ ansiosa, deseosa, agradecida, acostumbrada...y resuelta a poner por obra lo que aprende en Nazaret”.
Para ello, hará falta un grado de intimidad: siéntate cerquita ( E.N. I,I ) le dice Jesús a Desideria. No obstante, para gozar de ese grado de intimidad son necesarias unas condiciones que tanto María como José le recuerdan:
Acercarse con infantil sencillez y confianza
Escuchar con atención y agradecimiento
Guardar diligentemente las divinas palabras en el corazón.
Ser agradecida y fervorosa.
Acrecentar la esperanza
No arredrarse ante las dificultades.
Ser humilde.
Poner en obra cuanto se aprende en las visitas a la Sagrada Familia
Sin embargo, la visita, el encuentro con Jesús, sólo se da si el alma se abandona y se deja guiar por esos “toques interiores” que antes citábamos:
Por dicha tuya has dado asentimiento a la divina inspiración y te has resuelto a venir a esta nuestra casa que es morada de paz y verdadera alegría. Sí, hija, no temas: aquí se te enseñará y encontrarás lo que quieres y tu corazón desea. (E.N. I,I )
Así que no basta la acción divina. Él necesita que colaboremos activamente en nuestra propia salvación. Pero Manyanet es consciente de que el deseo de Dios puede oscurecerse y hasta apagarse. La vida espiritual es un camino hacia la unificación interior:
“Lo que quieres y tu corazón desea” dice María que podemos hallar en Nazaret. Nos movemos, por tanto, en dos niveles que, en Desideria, ya se han unido: el deseo profundo de Dios está en mí porque Dios mismo lo ha sembrado. Ese anhelo de santidad, esos deseos de ser de Dios, ese deseo de vivir el evangelio en radicalidad... esa es mi verdad más auténtica porque en el fondo nos definimos por lo que deseamos. Pero “lo que quiero”, aquello que tiene como sujeto mi voluntad, mis actos, mis compromisos, mi tiempo... ¿va solidificando, fortaleciendo, haciendo más explícito el deseo sumergido de Dios? ¿Lo que quiero en la vida es exactamente lo que mi corazón desea?
Manyanet constata que con frecuencia vivimos alejados de la santidad a la cual todos hemos sido llamados. Y expone dos causas que reitera a menudo: la distracción y la tibieza. Hoy diríamos, quizá, la superficialidad y la mediocridad. Ambos temas dan para largas reflexiones que no deseo incluir aquí. Retomemos pues el deseo de Dios. Sí, Él lo ha sembrado en nuestro interior pero ¿qué nos hace conscientes de Él? ¿Qué lo despierta?
Todos tenemos la experiencia de haber conocido a personas que desprendían paz interior y gozo sin apenas decir nada. Todos hemos “estado bien” a su lado aunque no hiciéramos ni dijéramos nada trascendental. Sabíamos también que esas personas no habían tenido una vida distinta, eran “normales y corrientes”, tenían dificultades, luchas, dolor...pero no acababan de ser “normales y corrientes”. De una manera u otra su cercanía y esos rasgos que las diferenciaban las convertían en un faro luminoso.
Nada despierta tanto la sed de Dios como encontrarse con un sediento de Dios. Y si alguien personificó esa sed fue María. Y fue José. Por eso Desideria va a Nazaret “atraída por la exquisita fragancia de vuestras virtudes”.
La virtud, esa palabra casi olvidada, es camino y reflejo del deseo auténtico de Dios. De ello reflexionaremos más adelante.

lunes, 11 de octubre de 2010


DESIDERIA


Quiero presentaros a Desideria. No basta decir que es una figura inventada por San José Manyanet o que es la protagonista del libro Escuela de Nazaret. Desideria es mucho más porque Desideria, lo sepamos o no, somos todos.
La palabra “deseo”, manchada durante algunos años, ha sido clamorosamente rehabilitada desde la exégesis bíblica y la psicología de más alto nivel. Que es donde se sitúa Desideria.
Hoy existen ya muchos libros que nos hablan de nuestros deseos más profundos, del deseo de Dios y de un Dios deseante. En realidad, la Biblia es la historia de un ardiente deseo, a veces correspondido, a veces desoído y apagado. Pero siempre vivo.
Desideria, esa figura tan manyanetiana, es una mujer y eso me parece interesante. Es verdad que es el trasunto del alma, que propiamente encarna toda alma deseosa de Dios, pero que sea una mujer, tan convertida en “objeto de deseo” a lo largo de los siglos, tan dañada y tan distorsionada, impone una reflexión.
La mujer es espacio natural de recepción y creación de vida. Nuestros deseos, debidamente atendidos, son los que configuran nuestra vida. Los que nos crean y recrean. Dicen que la mujer es frágil pero sabemos cuán fuerte puede llegar a ser. Nuestros deseos de Dios son, a menudo, muy débiles pero basta atenderlos un poco para transfigurar toda nuestra existencia. El deseo de Dios, seguido y saciado, ha sido la única forja de santidad. La mujer también es, en general, más intuitiva. Se habla, con cierta sorna, de la intuición femenina. Ese sexto sentido es un camino para alcanzar a Dios, a quien sólo podemos intuir, vislumbrar…No quiero hacer aquí un elogio de la feminidad pero veremos como Desideria va a necesitar seguir el deseo naciente de Dios, guiarse por cuanto sólo es capaz de intuir y ser creadora de un nuevo ser…en la forja de Nazaret.
Se ha definido el deseo como una atracción hacia algo percibido como bueno. Nuestra experiencia religiosa nos dice que nada hay más bueno que Dios. Desear a Dios no es algo “aparte” de nuestros otros deseos. No se contrapone al deseo familiar, de amistad o de cubrir nuestras necesidades: el hambre, por ejemplo. Pero es la cumbre de todo deseo y orienta los otros. Es Dios quien nos ha constituido seres capaces de relación y en esa “relacionalidad” ha querido incluirse Él. Desde nuestro primer hálito, le deseamos.
En la Bíblia, y especialmente en el A. Testamento, existen muchas imágenes y textos del deseo de Dios:
a Ti elevo mi alma, Sal 24,1
levanto mis ojos a Ti, que habitas en los cielos, Sal 122, 1
mi alma tiene sed de Dios, Sal 41,2;
a Ti anhela mi carne, como tierra árida, sin agua, Sal 62,2b
mi alma te ansía de noche, mi espíritu en mi interior madruga por Ti
oh Dios, tu eres mi Dios, desde la aurora te busco, Sal 62,2a;
La imagen del exilio del Paraíso y de la Tierra prometida así como el Cantar de los Cantares son altos exponentes de ese deseo que cruza el A. Testamento. Pero también los textos que nos narran peregrinaciones a Jerusalén, búsqueda de pastos, migraciones etc son imagen del deseo que, esencialmente, nos pone en marcha. Porque el deseo se percibe siempre como carencia de un bien y ello nos dinamiza, nos mueve.
Ya hemos visto que el tema del deseo de Dios es inherente a la persona. Es, además, el gran tema de la vida espiritual y a lo largo de la historia se ha tratado desde distintos ángulos y con distintas imágenes, alcanzando en los místicos sus cotas más altas: “¿Adónde te escondiste, Amado, y me dejaste con gemido?” (San Juan de la Cruz). La vida pues, no es otra cosa que un éxtasis, una salida de sí para unirse al objeto de nuestro deseo más profundo: Dios.
Manyanet trata este tema, ya clásico, con la bella figura de Desideria. Cabría resaltar dos aspectos en esta figura femenina:
El nombre: Nomen est omen. El nombre en la biblia es vocación, augurio de misión, definición de la persona. Manyanet da al paradigma de la vida espiritual el nombre de “deseosa”. Sin deseo de Dios no hay vida en el Espíritu.
Las visitas: Muy en la espiritualidad del siglo XIX y XX, Manyanet recoge la devoción de las “visitas espirituales”, que, en este caso, él aplica a la Sagrada Familia. Algunos hombres de su época escribieron “visitas espirituales” que se hicieron famosas. En el ámbito catalán, al cual Manyanet pertenece, basta recordar la “Visita espiritual a la Mare de Déu de Montserrat” del obispo Torras y Bages.

(CONTINUARÁ)

domingo, 3 de octubre de 2010


NAZARET, TIERRA DE NOSTALGIA


Si sientes nostalgia de Dios, si estás en cualquiera de los estadios en que esa nostalgia se manifiesta, si te sientes vacío de todo o vives una plenitud tan grande que te lleva a intuir que solo es un atisbo de lo que Él, con su Presencia, produce, si vives en sequedad o noche oscura, si no sabes dónde poner el siguiente paso, si no sabes qué camino tomar, si deseas con todo tu corazón esa mano que sostiene y conduce, Nazaret es tu tierra. Nazaret es la nostalgia de Dios. Y qué bueno sería que quienquiera que sienta esa añoranza en cualquiera de sus manifestaciones tuviera al lado un amigo que le invitara: entra en la casa de Nazaret.
La palabra nostalgia significa dolor de verse ausente del propio hogar, la patria o los amigos. Tiene un origen griego que significa algo así como “dolor por la imposibilidad de un regreso que se desea ardientemente”. νόστος, regreso, y –algia, dolor.
Lo sepa o no, la persona, creada por Dios y hecha a su imagen, sólo descansa cuando vive en el Corazón misericordioso de Dios. Cuando ha encontrado el regreso, como el hijo pródigo, y ha sido abrazado por el Padre.
El hogar de Nazaret es el fruto de muchas nostalgias. En ese hogar vemos la añoranza profunda de Dios respecto a sus hijos. Él nos creó capaces de dialogar con él, de mirarle a los ojos, de preguntarle… de completarle. Nos creó porque somos su medida y cuando escogimos otros caminos, cuando nos alejamos de Él, su Ser Todopoderoso se supo incompleto. Por eso nos buscó una y otra vez, por eso imaginó mil maneras de recuperarnos: la Alianza, los profetas, la Torah...y su propio Hijo.
Pero de igual manera que el agua toma la forma del recipiente que la contiene, el Hijo de Dios iba a tomar su forma humana del hogar que lo custodiaría durante años. Los padres escogidos para la Nueva Alianza, José y María, sentían tal nostalgia de vivir con Dios y en Dios que ya su corazón era ardiente Paraíso. Porque la añoranza profunda tiene la virtud de prefigurar la figura del ausente, de hacerlo casi tangible. A veces no hay mayor “presencia” que la ausencia dolorosa.
Podemos sentir añoranza de Dios por tres caminos: porque hemos experimentado su presencia y la hemos perdido; porque nunca hemos experimentado esa presencia – por lo menos de forma consciente – y nos sentimos vacíos. Y finalmente porque sintiendo la presencia de Dios deseamos con mayor intensidad su Ser.
Comencemos por los que viven en el segundo camino. Hoy hay mucha gente que no ha recibido la fe, muchas personas a las que no se les ha acompañado en la experiencia de Dios. Quizá saben nocionalmente algo, incluso mucho de religión. Pero no han bebido del agua que da la vida eterna:

“Quien beba del agua que yo le daré no tendrá más sed: el agua que le daré se convertirá en río de agua viva”.(Jn 4, 14)


La Biblia refleja ese deseo profundo de Dios con la imagen del hombre sediento. Hoy muchas personas viven cerca del pozo, lo llevan en su interior, y mueren de sed. Quizá alguien podría decirles: entra en Nazaret.
Otras personas viven en el primer camino: han tenido experiencia de Dios, han bebido del Agua que da vida pero ahora se sienten “ como tierra reseca, agostada, sin agua” (ps 63,2) Dios, a veces, desaparece de nuestro horizonte y lo hace para que le busquemos con ansia: “Salí tras ti clamando y eras ido…” (San Juan de la Cruz). Otras veces, la mayoría, lo sacamos de nuestra vida con nuestra mediocridad, con nuestro nadar entre dos aguas, con nuestra falta de amor.
La Sagrada Familia se sitúa en el tercer camino: en el de aquellos que habiendo bebido, han sentido crecer la sed. Porque, paradójicamente, la sed de Dios se aviva cuanto más bebemos de Él. Ellos viven las palabras del salmo:

Mi alma se consume y anhela
los atrios del Señor,
mi corazón y mi carne
retozan por el Dios vivo
.(Ps 83,3)

El hogar de Nazaret es el atrio del Templo. En el Templo habita Dios y en el atrio nos recibe el Hijo, con María y José. No podemos, en esta vida, llegar al Templo santo pero esos pájaros pequeños y audaces que han entrado en el Templo hasta hacer su nido en los altares no son otros que Jesús, María y José:


Hasta el gorrión ha encontrado una casa;
la golondrina, un nido
donde colocar sus polluelos:
tus altares, Señor de los ejércitos,
Rey mío y Dios mío. (ps 83,4)

Ellos gozan de la mayor intimidad de Dios. Pero gorriones y golondrinas no permanecen quietos en el nido. Entran y salen continuamente y, de una forma u otra, señalan el camino, alegran al peregrino. Qué duda cabe que María y José son unos privilegiados pero no guardan para ellos el privilegio. Con su sencillez y humildad se convierten en nuestros faros. En nuestras señales de camino. En nuestra alegría.
Este salmo canta el deseo del peregrino que se dirige al Templo de Jerusalén para entrar en el Templo santo. Es pues, una ascensión. Y toda vida es ascensión, subida. "Subid, hermanos, ascended. Cultivad, hermanos, en vuestro corazón el ardiente deseo de subir siempre (cf. Sal 83, 6). Escuchad la Escritura, que invita: "Venid, subamos al monte del Señor y a la casa de nuestro Dios" (Is 2, 3), que ha hecho nuestros pies ágiles como los del ciervo y nos ha dado como meta un lugar sublime, para que, siguiendo sus caminos, venciéramos (cf. Sal 17, 33). Así pues, apresurémonos, como está escrito, hasta que encontremos todos en la unidad de la fe el rostro de Dios y, reconociéndolo, lleguemos a ser el hombre perfecto en la madurez de la plenitud de Cristo (cf. Ef 4, 13)" (San Juan Clímaco. La scala del Paradiso,).

Otea el horizonte: verás un gorrión, una golondrina que señala el Atrio de Dios: Nazaret. No te quedes en el camino. Bebe de tu propia cisterna (Is 36,16), de tu propio corazón. Dios habita en Él, tu corazón es ya Templo santo y no vas a llegar ascendiendo sino descendiendo. Hazte, como José y María, pequeño cual gorrión o golondrina. Dios alimenta a los pájaros, abandónate. Si no sientes sed, pídela. Si la tienes, bebe.
Sólo en Dios descansa nuestra alma. Mientras a Él llegamos, vivamos en Nazaret, Atrio divino que me permite vislumbrar la Belleza y Grandeza de quien me espera para darme un abrazo. En Nazaret se abrazan Dios y la persona. Y pese a ello, Jesús, porque era auténticamente humano, vivió siempre añorado de Dios. En la cruz muere proclamando lo que nos define: “Tengo sed”.(Jn 19,28)
Esa es mi medida, mi definición: tener sed de Dios, nostalgia, añoranza. Y emprender el camino.

martes, 28 de septiembre de 2010

SI NOS ABANDONAMOS EN MANOS DE DIOS, COMO ESA VASIJA ROTA, TODO ES POSIBLE

martes, 21 de septiembre de 2010

UN CORTO QUE DICE MUCHO

El corto Día y Noche puede hablarnos de tolerancia ante el que piensa y ve el mundo de manera diferente; puede hablarnos de descubrir lo bueno que tiene el otro, de no polarizarnos; puede hablarnos de reconciliación entre hermanos, pueblos, naciones. También de reconciliación con mi propia sombra. Nadie posee la verdad. Sólo se encuentra al abrazar al hermano.

Day and Night - Dia y Noche - Cortometraje Pixar - Completo

lunes, 20 de septiembre de 2010


NAZARET, ESPEJO DE MI DEBILIDAD




Seguramente tú, que buscas a Dios, has experimentado en tu corazón aquel sentimiento de pequeñez que, incluso ante el esplendor de la naturaleza, puede sentir la persona.
Te sientes llamado a seguir a Cristo en su vida de Nazaret y, no obstante, percibes aún tus límites como un obstáculo para la santidad. Te sientes, quizá, como Pedro que exclama: “Apártate de mí, que soy un pecador” ( Lc 5,8 )
Quizá te humille reconocer que la pereza, la tristeza consentida, la sensualidad, la inconstancia, la falta de fe, la resistencia al abandono o tantas otras cosas tienen aún sobre ti, que buscas a Dios, mucho poder en tu corazón. ¿Has olvidado la palabra que te dice que el poder de Dios se manifiesta en la debilidad? (2Cor 12,9-10)
Puedes ser el mayor pecador de la tierra que eso no será, aún, tu debilidad. La única flaqueza que existe, la única debilidad que nos doblega es la de no ser capaces de poner nuestros límites, nuestras fuerzas y nuestros sueños, en manos de Dios. La persona que ante el mal que le rodea y le ciñe piensa que puede vencerlo con esfuerzo, con voluntad y dominio de sí, incluso con oración, está cerrando la puerta a la santidad.
Tu debilidad es, justamente, tu mayor talento. Ella va a permitir que Dios se acredite. Porque Dios espera colarse en tu vida por esa grieta, por esa fragilidad, incluso por ese pecado. No importa lo grande y fea que sea la grieta, no importa si amenaza resquebrajar tu vida. Cuando los que seguían a Jesús se encontraron sin nada para comer, débiles y hambrientos después de tres días, (Mt 14,13) esa situación conmovió las entrañas de Jesús que multiplicó panes y peces en tal abundancia que sobraron cestos llenos de ellos.
Mira ahora, tú que buscas a Dios, a los Tres de Nazaret. No los veas perfectos, inmaculados, puros. La debilidad de María, virgen embarazada, amenazada de muerte si José la denunciaba, movió a Dios a revelar sus planes a éste. Porque José, también frágil, construía ya sus proyectos para repudiar a María y aunque generosamente aceptaba pasar como “culpable”, en esa desazón, en esa angustia, en esa noche oscura, Dios se le manifestó. Nuestras noches, del tipo que sean, son el marco perfecto para que brille la Luz.
Con frecuencia decimos y rezamos que Dios se hizo hombre. A mí me gusta decir que Dios se hizo bebé, niño balbuciente y dependiente, pura fragilidad. Y ¿quién tiene miedo de un niño? Cuando yo abrazo un niño ¿me importa acaso saber que es frágil y débil? Son sus mismos límites los que suscitan en mí la ternura y la gratuidad. Santa Teresita se sabía mirada así por Dios cuando se esforzaba, decía ella, en subir la escalera de la virtud. Al final, impotente, levantaba los ojos al Padre y éste descendía amoroso para recogerla y, llevándola en brazos, subirla hasta la cumbre. Dios no es un juez que mire con desagrado esa mancha en mi expediente vital. Simplemente, se abaja y me abraza gracias a esa mancha. Feliz culpa, canta la liturgia, que nos mereció tal Salvador. Sólo si nos reconocemos niños heridos Dios puede curarnos.
Fíjate en Jesús, de quien canta el profeta: “sus heridas nos han curado”. Nace débil y muere en extrema debilidad. Herido y aparentemente repudiado por Dios. Vive como pobre y conoce, en su misión, el fracaso, la traición.
No podemos imaginar a la Sagrada Familia como una familia sin fisuras, sin dudas, sin miedos. Entre miedos y dudas crecieron en fe y confianza. Tú puedes, debes hacerlo también. Tendemos a buscar “apaños” para nuestra debilidad: el dinero, el prestigio, la excelencia profesional…Queremos sentirnos fuertes, seguros. Pero Jesús nos dice: “No podéis servir a Dios y al dinero” (Lc 16,13 ). El “dinero” es todo aquello que provoca en mí una sensación de seguridad que no tiene su origen en Dios. Para los fariseos los rezos y el cumplimiento estricto de la Ley se convirtió en su “dinero”. Y cuanto más acumulaban, más se alejaban del rostro misericordioso de Dios.
Pregúntate: ¿Dónde buscas apoyarte, cuál es tu “dinero”?. Porque Dios tiene especial preferencia por los débiles: desarraigó a Abraham que, además, era viejo; Moisés era tartamudo, Gedeón cobarde, David un mujeriego manchado de sangre, Elías tendía a la depresión, Jonás huyó de Dios, Pedro negó a Jesús, Marta se inquietaba por todo, la samaritana era de muchos maridos…
Pero todos fueron pobres. Pobres de espíritu, porque conocieron su debilidad y la pusieron en manos de Dios. Creyeron, contra toda esperanza, que Dios podía brillar en su oscuridad. La oración de petición pura surge del corazón pobre, del corazón que sabe que sin Dios nada puede: “Señor, que vea”, “Dame de beber”, “Acuérdate de mí”. El pobre no acumula, recoge su manná diario y agradece. El pobre vive el padrenuestro y pide para hoy sabiendo que Dios sale fiador por nosotros.
Pon tu debilidad en manos de Dios. Puede que experimentes tu debilidad como algo “malo”. Pero puede que tu debilidad sean sueños, planes, proyectos santos. José y María tenían sus sueños. Y los abandonaron en Dios que superó con creces cuanto podían esperar. Jesús soñó la conversión de su pueblo y paladeó la cruz. Fueron frágiles, caminaron por nuestra misma vereda.
Pero el mismo Dios que se reveló en las lágrimas de Mª Magdalena, en la huida de los de Emaús, en la condición pecadora de Zaqueo, en la indignidad de la cananea, en el descuido de unos novios y en el llanto de Pedro, se revelará también en tu fragilidad.
Abándonate.

miércoles, 15 de septiembre de 2010


BERNARDETTE TAMBIÉN VIVÍA EN NAZARET


Bernardette no escribió propiamente estas palabras. Pero Marcelle Auclair recoge fragmentos de su vida y los hilvana dando lugar al precioso “Testamento espiritual” de Bernardette Soubirous. Falleció a los 35 años en medio de la incomprensión y el dolor. Pero ella supo amar la cruz y transformarla en cántico de gratitud. Una virtud muy propia de Nazaret


TESTAMENTO ESPIRITUAL

“Por la pobreza en la que vivieron papá y mamá, por los fracasos que tuvimos, porque se arruinó el molino, por haber tenido que cuidar niños, vigilar huertos frutales y ovejas; y por mi constante cansancio..., te doy gracias, Jesús.
Te doy las gracias, Dios mío, por el fiscal y por el comisario, por los gendarmes y por las duras palabras del padre Peyramale…
No sabré cómo agradecerte, si no es en el paraíso, por los días en que viniste, María, y también por aquellos en los que no viniste. Por la bofetada recibida, y por las burlas y ofensas sufridas, por aquellos que me tenían por loca, y por aquellos que veían en mí a una impostora; por alguien que trataba de hacer un negocio..., te doy las gracias, Madre.

Por la ortografía que jamás aprendí, por la mala memoria que siempre tuve, por mi ignorancia y por mi estupidez, te doy las gracias.
Te doy las gracias porque si hubiese existido en la tierra un niño más ignorante y estúpido tú lo hubieses elegido...
Porque mi madre haya muerto lejos. Por el dolor que sentí cuando mi padre, en vez de abrazar a su pequeña Bernardita, me llamó “hermana María Bernarda” te doy las gracias.
Te doy las gracias por el corazón que me has dado, tan delicado y sensible, y que colmaste de amargura...

Porque la madre Josefa anunciase que no sirvo para nada, te doy las gracias. Por el sarcasmo de la madre maestra, por su dura voz, por sus injusticias, por su ironía y por el pan de la humillación..., te doy las gracias.
Gracias por haber sido como soy, porque la madre Teresa pudiese decir de mí: “Jamás le cedáis lo suficiente”...
Doy las gracias por haber sido una privilegiada en la indicación de mis defectos, y que otras hermanas pudieran decir: “Qué suerte que no soy Bernardita”...

Agradezco haber sido la Bernardita a la que amenazaron con llevar a la cárcel porque te vi a ti, Madre... Agradezco que fui una Bernardita tan pobre y tan miserable que, cuando me veían, la gente decía: “¿Esa cosa es ella?”, la Bernardita que la gente miraba como si fuese el animal más exótico... Por el cuerpo que me diste, digno de compasión y putrefacto..., por mi enfermedad que arde como el fuego y quema como el humo, por mis huesos podridos, por mis sudores y fiebre, por los dolores agudos y sordos que siento..., te doy las gracias, Dios mío.
Y por el alma que me diste, por el desierto de mi sequedad interior, por tus noches y por tus relámpagos, por tus rayos..., por todo. Por ti mismo, cuando estuviste presente y cuando faltaste..., te doy las gracias, Jesús.

lunes, 13 de septiembre de 2010

LOS ACONTECIMIENTOS SON LOS MAESTROS QUE DIOS NOS VA DANDO PARA QUE NOS AYUDEN A SERVIRLO

(PASCAL)

jueves, 9 de septiembre de 2010

miércoles, 8 de septiembre de 2010

(La Virgen con sus padres, San Joaquín y Santa Ana)




La Natividad de la Virgen María.
La fiesta de la plenitud y el alivio
Cardenal J. Ratzinger. ( Benedicto XVI)


Una fiesta como la de la Natividad de la Santísima virgen María, por la época en que se celebra —es decir, cuando el tiempo, después de los calores estivales, se hace más suave, y cuando la uva y tantos otros frutos llegan a madurar— expresa muy bien dos conceptos: el de la "plenitud de los tiempos" (cf Gál 4,4; Ef 1,10; Heb 9,26) y el del alivio beneficioso aportado por el nacimiento de María.

Todo en el AT converge hacia el tiempo de la Encarnación, y en este punto comienza el NT. En ese momento de plenitud se inserta María, La Natividad de María —comenta san Andrés de Creta en la homilía sobre la segunda lectura del oficio de la fiesta (cf Sermón 1: PG 97, 810)— "representa el tránsito de un régimen al otro, en cuanto que convierte en realidad lo que no era más que símbolo y figura, sustituyendo lo antiguo por lo nuevo".

El tema de la luz recurre constantemente en la Fiesta de la Natividad de la Santísima virgen María: "Por su vida gloriosa todo el orbe quedó iluminado" (segundo responsorio de las lecturas del oficio). "Cuando nació la Santísima Virgen, el mundo se iluminó" (segunda antífona de laudes). "De Ti nació el Sol de la justicia" (ant. del Benedictus). Y junto al tema de la luz, obviamente, el tema de la alegría. "Que toda la creación... rebose de contento y contribuya a su modo a la alegría propia de este día" (segunda lectura del oficio).

"Celebremos con gozo el nacimiento de María" (tercera ant. de laudes). "Tu nacimiento... anunció la alegría a todo el mundo" (ant. del Benedictus).

Plenitud de los tiempos, luz y alegría. Quizá se logre entender mejor lo que representa el nacimiento de la Virgen para la humanidad si se tiene en cuenta la condición de un encarcelado. Los días del encarcelado son largos, interminables... Cuenta los minutos de la última noche que transcurre en la cárcel. Después, finalmente, las puertas se abren: ¡ha llegado la hora tan esperada de la libertad! Esos minutos interminables, contados uno a uno, nos recuerdan las páginas evangélicas de la genealogía de Jesús. Unos nombres se suceden a otros con monotonía: "Abrahán engendró a lsaac, Isaac engendró a Jacob, Jacob engendró a Judá... Jesé engendró a David, el rey. David engendró a Salomón..." (Mt 1,2.6ab). Hasta que suena, finalmente, la hora querida por Dios: es la plenitud de los tiempos, el inicio de la luz, la aurora de la salvación: "Jacob engendró a José, el esposo de María, de la cual nació Jesús, el llamado Cristo" (Mt 1 .16).

martes, 7 de septiembre de 2010


NAZARET, ESPIRITUALIDAD DEL ABANDONO (VII)


Quizá una de las palabras más vinculadas a la espiritualidad propia de Nazaret es abandono. Y quizá también sea la clave para saber entrever si nos hallamos nuclearmente en Nazaret o si nos movemos en la periferia de lo devocional.
La espiritualidad del abandono va mucho más allá de la renuncia a los propios planes algo que, además, tiene a veces una connotación negativa. Vivir abandonado en Dios es saber que sólo Él es nuestro refugio, nuestro amparo, nuestro valedor. Es aceptar gozosamente que Dios no te da normalmente una gran explicación sobre su Voluntad sino que te deja caminar en la noche con una linterna en la mano: suficiente para no tropezar.
Jesús, María y José son, los Tres, el paradigma de aquellos que sin entender el camino que hacían, lo hicieron. Sin entender adónde los llevaba Dios, se fueron con Él. Para ellos no fue un referente lo que tenían, ni siquiera lo que hacían. El estallido de luz que habían vivido, cada cual en su momento y hora, fue siempre el pilar que los sostuvo.
Abandonarse en Dios significa no aferrarse a las cosas, a las futilidades, a los criterios humanos. Pero sobre todo, significa desprenderse de la propia voluntad para hacer propia la Voluntad de Dios. Aunque parezca locura, aunque parezca incomprensible si se juzga con la razón humana. El abandono se sostiene en una confianza total y suprema en Dios, en un Dios que es amor, que me conoce y quiere para mí lo mejor; y se apoya del mismo modo en el reconocimiento de la propia pequeñez. María canta esa humildad de esclava y Jesús nos pone como ejemplo a los niños. José no dice nada, se limita a vivirlo y enseñarlo a su hijo.
Todos los santos han vivido la experiencia del abandono. Santa Teresita lo explicaba con la infantil imagen de la pelotita y el barquito, San Ignacio lo sintetiza en su famosa oración “Tomad, Señor y recibid…”. San Francisco no explicó nada, se perdió por los caminos de Umbría después de desnudarse ante su padre y el Obispo.
Nazaret es escuela de Abandono. Ir a Nazaret, vivir en Nazaret es arrojarse en los brazos de Dios y dejar que Él cuide de ti en todo, que sea Él quien guie tus pasos, que sea Él quien determine tus adelantos y tus paradas. Paradójicamente ese abandono que conlleva reconocer la propia fragilidad, hace a la persona extraordinariamente fuerte y libre. Los santos se han convertido en un testimonio de gozo y audacia y para ellos no ha contado ni salud ni edad, ni fama ni prestigio, a la hora de obrar la Voluntad de Dios.

Dios es mi luz y mi salvación ¿a quién temeré? Dios es el refugio de mi vida ¿quien me hará temblar?... Aunque un ejército acampe contra mí, mi corazón no teme; aunque estalle una guerra contra mí, estoy seguro... Él me dará cobijo en su cabaña en el día de la desgracia; y me esconderá en lo escondido de la tienda (de su corazón)” (Sal 27).

Jesús, María y José hallaron sus fuerzas en Dios, su gozo, su libertad y su audacia. Y es que el Abandono significa escoger a solo Dios desasiéndose de todo criterio, riqueza o poder que podamos anhelar. Desear sólo lo que Dios desea para mí, esa es la clave. Desear ver el rostro de Dios y aceptar vivir en la penumbra. Dios es Aquel que no dando seguridad alguna llena el alma de quien se abandona a Él de confianza.
María y José abandonaron sus planes familiares, Jesús abandonó no sólo su dignidad divina sino también la idea que, sin duda, Él se había forjado de su propia misión pues es obvio que, en los inicios, no espera la cruz. Sufrió dolorosamente el abandono de sus amigos y el tener que abandonar a su Madre.
El abandono más doloroso, o quizá el único capaz de hacer temblar el alma, es el de Dios. Es la queja aguda de Jesús en la cruz que se siente abandonado por Dios. Pero incluso en esos momentos, Dios no te quita la “linterna”. Es la fe total la que vive el que se abandona. Porque en Nazaret se nos enseña a abandonarnos en Dios y en Nazaret se vive y se siente que Dios nunca te abandona.

“Aunque mi padre y mi madre me abandonen, Dios estará conmigo” (Sal 27,10).

El Abandono no es, en absoluto, una virtud pasiva (si es que hay virtudes pasivas). El Abandono te lleva a la unión con Dios y Dios actúa, Dios se derrama en misericordia y bondad. Por eso “confía en Dios y obra el bien. Haz del Señor tus delicias y Él te dará lo que te pide tu corazón. Encomiéndale todos tus afanes, confía en Él y Él actuará” (Sal 36,3-5).
Él guía la barca de nuestra vida. Que no nos pille con las velas caídas.

miércoles, 1 de septiembre de 2010


EN ESTE INICIO DE CURSO, UN PROGRAMA DE CERCANÍA




Si una mano estrechamos, puede abrirse
una puerta de luz, una salida
que nos lleve a un jardín jamás soñado.

Sus sorpresas nos abren dedos tibios
y a demandas contestan ignoradas:
las súbitas palomas alzan vuelo.

Si una mano estrechamos, es posible
circunvalar el aire o abrazarlo,
proyectar su calor, borrar la sombra.

Como en juego de niños nos aúna,
hermanados, idénticos, sonriendo,
en ese justo centro de la Vida.

Concha Zardoya
(Valparaiso/Chile 1914 - Majadahonda/Madrid 2004)


La frase clave es "Si una mano estrechamos". Todo un programa de acercamiento, estrechamiento humano, solidaridad, destrucción de barreras sociales, culturales o religiosas que nos dividen. Si aprendiéramos cada día a estrechar la mano a alguien, tender la mano a solucionar problemas, estar abiertos a los demás... se haría visible ese misterio que llamamos "Encarnación". Porque Dios vino y nos estrechó para siempre la mano.

¡Feliz inicio de curso!

sábado, 21 de agosto de 2010

UN CORTO PREMIADO QUE OS REGALO ANTES DE INICIAR EL CURSO.

NO NECESITA COMENTARIOS


lunes, 2 de agosto de 2010



HACIA EL XI SIMPOSIUM INTERNACIONAL JOSEFINO

Acaba de concluir el X Simposium, que se celebró en Polonia, y ya se prepara el XI Simposium Internacional Josefino, que tendrá lugar en Guadalajara, Jalisco, México, en el 2013.

El primero que se realizó fue en Roma en 1970. Surgió con la idea de conmemorar el centenario del patronazgo de San josé sobre la Iglesia. Pío IX lo había declarado solemnemente el 8 de diciembre de 1870: San José, Patrón de la Iglesia Universal. Cien años después, y bajo la luz del Concilio Vaticano II, se celebraba el I Simposio. Tuvo tanto eco que ha venido celebrándose cada cuatro años con una amplia gama de ponentes, temas y paises asistentes. Este último se ha celebrado en Polonia y en el 2013, México será sede josefina por antonomasia.

Con la instalación de un comité formado por 3 misioneros de San José y 3 sacerdotes de la Diócesis de Ciudad Guzman, a 150 kilometros de Guadalajara, México, ya está en marcha la preparación del XI Simposio Internacional de San José que será en octubre del 2013 con el tema:
"Con San José de Zapotlán, defensores de la vida y el amor".

No debería faltar la presencia nazarena...

sábado, 31 de julio de 2010


NAZARET, ESPIRITUALIDAD MISIONERA (VI)
Si hay una constante en la vida espiritual, una constante que nos van revelando, de una manera u otra, todos los grandes místicos es la de que no se concibe amar a Dios sin una necesidad imperiosa de conformarse según Él es. No es posible amar sin desear parecerse, asemejarse y vivir juntos las alegrías y las penas.
Esa necesidad de parecerse nos la señala muy bien Jesús: “Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso”
La Segunda Persona de la Trinidad sale, enviado por el Padre y el Espíritu, del seno Divino, sin aferrarse a su condición, para llegar a la humanidad y darle a conocer su grandeza. Jesús es el Misionero por antonomasia. Y, a partir de ese momento, José y María van a conformar su vida a base de “salidas”
María sale de Nazaret, tras recibir el anuncio del Ángel, llevando en su seno al Misionero de Dios en la primera procesión de Corpus que conocemos. Sale de la tranquilidad de su pueblo para ir a Ain-Karen. Con ella llega la Alegría, que el niño de Isabel refleja en su inquieto saltar, y la vida pues ayuda en el parto a la que ya era considerada estéril. María, misionera de la Alegría y la Vida.
José, tras noche inquieta de sueños, sale de su casa para ir a buscar a la novia y desposarse con ella, acogiendo al Hijo que el Espíritu ha engendrado. José, misionero de la Alianza, prefigurada en su boda con María, misionero de la educación de los niños pues asume en plenitud la paternidad.
José y María salen de Nazaret para ir a empadronarse a Belén, donde no son acogidos, y se refugian en una cueva para que sean los pastores, vecinos indeseables, los primeros en adorar al Niño. José y María, misioneros de la marginalidad.
María y José salen de Belén para llevar al Niño al Templo y presentarlo al Padre dejando que Simeón y Ana conozcan a quien es Gloria de Israel y Luz de las Naciones. María y José, misioneros de quienes esperan contra toda esperanza, de quienes viven años en noches cerradas, de quienes parecen olvidados de Dios.
José y María salen también de Belén porque José recibe un anuncio de dolor y es preciso poner a salvo al Niño. Ya la iniciativa la tiene José que lleva a Jesús y María a una tierra y cultura extraña. José, misionero ad gentes, misionero que lleva a Jesús y María a tierras que no han oído su nombre y allí se quedas, trabaja, se inculturiza. Quizá, sólo quizá, las primeras palabras de Jesús se balbucearon en arameo, sí, pero también en otra lengua que luego olvidó. Jesús, José y maría, misioneros de tantos emigrantes que añoran su tierra y oyen a sus hijos palabras ajenas a su lengua.
Jesús, José y María, que salen de Egipto cuando se enteran de la muerte de Herodes y regresan a su tierra para asentarse en Nazaret.
María que sale cada día a la fuente para enseñarnos cuánto precisamos el Agua Viva. José que baja al taller para enseñarnos el valor del trabajo. Jesús Niño que corretea por las calles de Nazaret, las pocas calles, y se da a conocer como el hijo del carpintero.
Jesús, María y José, que salen hacia Jerusalén cuando el Niño tiene doce años. Y el Niño, que sale de ellos, quedándose en el Templo porque “hay que estar en las cosas del padre”. Jesús, misionero de teólogos y sabios. José y María, misioneros de cuantos creen haber perdido a Dios y nos enseñan a buscarlo.
Y luego Nazaret. Sujeción y obediencia. Silencio y anonimato. Oración y trabajo. Auténtica espiritualidad misionera. No es “preparación para la vida pública”, es la más rotunda predicación que haya escuchado el mundo.
Salir, salir de sí, es ser de Nazaret.
Y quedar, quedarse en ese Nazaret que es hogar, escuela, taller y Templo. No es posible ser de Nazaret sin sentir la urgencia de parecerse a Ellos. Eso nos lleva a saber en qué momentos es preciso cortar amarras, abandonar posiciones, salir de nuestra comodidad. Y en qué momentos lo esencial en un misionero es “permanecer en su amor” (Jn 15).
Sagrada Familia de Nazaret, misionera de las Familias, rogad por nosotros.

viernes, 30 de julio de 2010



LA PALABRA DE HOY
¿NO ES ÉSTE EL HIJO DEL CARPINTERO?

En aquel tiempo Jesús fue a su propia tierra, donde comenzó a en­señar en la sinagoga del lugar. La gente, admirada, decía: "¿De dónde ha sacado este todo lo que sabe? ¿Cómo puede hacer tales milagros? ¿No es este el hijo del carpintero? Y su madre, ¿no es María? ¿No son sus hermanos Santiago, José, Simón y Judas, y no viven sus hermanas tam­bién aquí, entre nosotros? ¿De dónde ha sacado todo esto?" Y no qui­sieron hacerle caso. Por eso, Jesús les dijo: "En todas partes se honra a un profeta, menos en su propia tierra y en su propia casa." Y no hizo allí muchos milagros, porque aquella gente no creía en él. (Mt 13,54-58)

El conflicto está dentro. No son los de fuera los que menoscaban a Jesús sino los de dentro: Nazaret, Israel…
También en mí está el conflicto cuando Dios viene a mí que soy su tierra, su patria, el ámbito donde quiere crecer. Él llega para hacer proezas con su mano, para transfigurar mi vida. Pero también yo, como los de Nazaret, soy a veces especialista en tergiversar los valores.
Dios ha querido tener familia, padre y madre, parientes. Raíces. ¡Dios las valora!
Pero yo convierto esas raíces divinas en una imposibilidad para creer. Me gustaría, en el fondo, un Dios más etéreo, menos humano. Por eso pregunto: ¿No es este el hijo del carpintero? Y su madre ¿no es María?. Y lo que para Dios era un camino hasta Él yo lo convierto en muro que separa.
Esa irrelevancia de Jesús, un carpintero por padre, una mujer como tantas por madre, es lo que dificulta mi fe. ¡Qué difícil es aceptar de verdad el Misterio de Nazaret! ¡Qué difícil asumir que Dios no quiere estridencias, que no se hace distinto, que es de mi mismo barro…Mentalidad que refleja una pobre concepción de la persona. Me niego a admitir que Jesús, de quien conozco sus humanas raíces, sea Alguien poderoso porque lo he visto crecer, lo conozco de niño y joven…y lo hago de mi misma calaña. Estoy más acostumbrado a mirar las sombras de la persona que sus luces.
Y quizá eso es lo que Jesús viene a decirme: que soy de barro, sí, pero transfigurado. Que tengo límites, historia, raíces. Pero que ellas me permiten alzar vuelo. Que si quiero seguirle debo aceptar que Él entre en mí y sea capaz de no escandalizarme de cuánto Él quiere.

miércoles, 28 de julio de 2010


NAZARET, ESPIRITUALIDAD DEL SILENCIO (V)
En Nazaret la Palabra se hizo carne. Y la Palabra frecuentó a diario la escuela del silencio. En Nazaret se nos descubre que silencio y palabra forman parte de una misma realidad; en Nazaret aprendemos que el silencio externo hace más sensibles los oídos del corazón para escuchar la Palabra que, viva y eficaz, se pronuncia como brisa suave pero es más tajante que espada de dos filos.
Enamorarse de la Palabra lleva a enamorarse del silencio. Silencio que no es ausencia de palabras sino anonadamiento, vacío de sí, sujeción de emociones y pasiones. Alguien dijo que el silencio es la patria de los fuertes. En ella se forjó José y María, en ella creció Jesús. Los tres son personas silenciosas, es decir, personas en continuo diálogo interior con Dios. La vida interior que tienen es tan rica, tan arrolladora que nada puede distraerlos del Absoluto. Porque Nazaret es, por encima de todo, atención a lo esencial. En frase tajante de Jesús es”estar en las cosas del Padre”. Y aún cuando Jesús pronuncia esa frase en el Templo baja a vivirla a Nazaret.
Sólo el silencio es camino para discernir qué hay de paja y qué de trigo en nuestra vida. Callamos poco. Nuestra sociedad está enferma de ruido, nuestros niños temen el silencio, a nuestros jóvenes les aburre. Y el mundo, más que nunca, necesita contemplativos. Como necesita profetas.
Nazaret aúna en sí el don de la contemplación y el don de la profecía. La Sagrada Familia es familia oculta, silenciosa y casi silenciada. Y es Familia tan profética que parece como esas piedras lanzadas sobre las aguas tersas de un lago de alta montaña: sus ondas, el testimonio de los Tres, siguen expandiéndose siglo tras siglo agrandando los círculos, aumentando los discípulos.
He citado en otras ocasiones la frase de San Juan de la Cruz: “Una sola Palabra ha dicho Dios al mundo y en silencio debe ser escuchada” Quizá la cito reiteradamente porque me impresiona que podamos anular la Palabra que Dios nos dice con nuestra cháchara, con nuestro ruido interior. Si grave es no hacer caso a la Palabra de Dios, más grave aún es no oírla. El silencio es una expresión profunda de respeto y adoración. Nace cuando uno se siente sobrecogido, empequeñecido ante el Misterio. Por eso es el clima habitual de María y José que jamás se acostumbraron a la novedad de Dios. Por eso configura el talante de Jesús que vive en perenne admiración ante la Obra del Padre. Por eso es, especialmente, el hálito del Espíritu Santo.
El silencio supone también actitud de aprendizaje. Ir a Nazaret y saber callar para ver qué nos dice la Sagrada Familia, cómo actúa, cómo vive. El discípulo vive en actitud de atención interna, expectante ante la Palabra del Maestro. Quizá por eso resulta tan difícil encontrar hoy personas habituadas al silencio como elemento natural para crecer y crecer aprendiendo. Si algo se opone al silencio no es sólo el ruido y la cháchara sino la soberbia.
La soberbia impide el nacimiento de la alabanza que sólo se da en el humus del silencio. Alaba quien al encontrarse con Dios se queda, literalmente, sin palabras. Alaba quien no osa romper la grandeza divina tratando de explicársela. Dios es como la música que hay que escuchar dejándose llevar por ella desde el silencio activo. Quien haya frecuentado conciertos de música clásica sabrá que el silencio que se crea en el auditórium es una suma de admiración, disfrute, asombro, actividad interna y asentimiento. Y mucho más. Pero con esas actitudes vivía la Sagrada Familia.
Nazaret es contemplación, adoración. Pero de vez en cuando el silencio cristaliza y se levanta en profecía. Por eso Nazaret es voz de los sin voz. Porque en Nazaret se da sentido a lo que tantos viven, a esa tarea anónima, esa vida aparentemente gris de quien se entrega calladamente. Nazaret es ausencia de poder y prestigio, dos pasiones que arrastran a la persona a la infelicidad. Jesús, José y María viven instalados en el ser, no en el tener ni en el hacer. Esa es la profunda profecía que hoy debemos leer.
Y en ese silencio el cielo se les entreabre y descubren que el cielo está aquí ya. No es fácil vivir la experiencia de Nazaret pero es preciso que la humanidad la viva. Porque en nuestro mundo, donde parece necesario escalar, medrar, ascender, tener poder -porque lo contrario supone ser un fracasado- necesitamos hombres y mujeres capaces de decir que eso no les interesa. Nazaret es la esencia de la felicidad. Y, aunque el mundo haya despreciado su testimonio, algunos sí queremos permanecer en la escuela de Nazaret. Estoy convencida de que cada vez seremos más.
Nazaret es escuela de virtudes y en esa escuela el clima es el silencio y el perfume la santidad. Sólo en Nazaret la criatura tiene la oportunidad de “contagiarse” de la Santidad Divina.
El silencio clamoroso de la casa del carpintero hizo que los cielos destilaran sobre ellos su Sabiduría. Allí vive y crece Jesús que es la “revelación del designio de Dios, oculto en el silencio de los siglos” (Rm 16,21). En Nazaret Dios ha dicho y revelado cuanto es y como es. Vayamos a Nazaret y conoceremos a Dios.
Los Tres de Nazaret son, para siempre, la profecía viviente de un Dios que se revela Familia..
Una profecía que, hoy, sólo un corazón acallado logra entender.
Y entonces, “estando ya mi casa sosegada” es posible darle al Amado alcance.

sábado, 17 de julio de 2010



Dame amor. Vida mía, diré a voces,
porque dándome amor, en él te goces.
Si tu poder inmenso me cedieras,
te daría, en mi amor, cuanto quisieras.

Amarte quiero más, que no gozarte,
y gozarte tan solo por amarte.
Escoria soy, mi amor; mas, aunque escoria,
un dios quisiera ser para tu gloria.

Pues si yo fuera Dios, tanto te amara
que para serlo Tú, yo renunciara.
Mas ¡ay, amado mío, yo me muero
de ver que nunca te amo cuanto quiero!

Úneme a ti, querido de mi vida:
será la nada en todo convertida.
Si pudiera, mi bien, algo robarte,
sólo amor te robara para amarte.

Mas si mi amor tu gloria deslustrara,
aunque pudiera amarte, no te amara.
Ámate, pues de amor eres abismo,
por ti, por mí, por todos, a ti mismo.


(S. Agustín)

jueves, 15 de julio de 2010



NAZARET, ESPIRITUALIDAD DEL CONSUELO DIVINO (IV)



Bienaventurados los que lloran porque serán consolados (Mt 5,4)

Es posible que Jesús, al proclamar esta bienaventuranza, pensara, sí, en tanta gente que sufre y sufrirá. Pero no tengo duda alguna de que también pensaba en su Padre, “Dios de todo consuelo” (2Cor ); Él sabía bien que también necesita ser consolado por tantos hijos que se le van de casa, por tanta ingratitud ante sus dones, por tanta indiferencia...
Sabemos por experiencia humana que la lejanía, la frialdad de la persona que amamos lacera nuestro corazón. Sabemos que también un proyecto de vida que se rompe nos deja en pleno desconsuelo. Rotos por dentro aunque caminemos, sonriamos y trabajemos. Y Dios cuyo amor es mil veces más ardiente que el mío, cuyo sueño y proyecto al crear el mundo ha sido tantas veces despedazado...¿Dios no llora? ¿Dios no necesita consuelo?
Imagino cuánto agradecería Dios el gesto de la Verónica, No pudo hacer más que enjugar el rostro de Jesús en su largo vía crucis. Fue un pequeño gesto de consuelo que, sin embargo, devolvió a Jesús toda su dignidad.
Nazaret es, esencialmente, ámbito de consuelo divino. En Nazaret viven y a Nazaret van todas aquellas personas que quieren ser el consuelo de Dios. Porque Dios necesita ser consolado por tanto niño hambriento, por tantos hombres y mujeres humillados, por tanta indignidad. Dios se duele con nosotros y también Él, de quien proviene todo consuelo, grita pidiendo consuelo. Él nos ha consolado siempre como una madre consuela a sus hijos (Is 66,13) pero nos consuela en nuestra adversidades para que nosotros sepamos hacer lo mismo con los que pasan por alguna tribulación (2Cor 1,4)
Los primeros, los únicos en captar que Dios es vulnerable, que Dios es un ser indigente y necesitado de alivio fueron María y José. Y así lo enseñaron a Jesús. La vida de los Tres cobraba sentido cuando, a pesar de no entender, intuían que su “sí”era un alivio para Dios. Seguro que no lo pensaron así pero aquel taller de Nazaret fue el único espacio capaz de secar las lágrimas de Dios que había visto roto su sueño de un Paraíso porque Adán y Eva ya no vivían en el. Nazaret es el nuevo Edén, la escuela de la nueva humanidad y en esa escuela se aprende a consolar a Dios.
Ese aprendizaje aleja de la imagen del Dios todopoderoso, del Dios que todo lo da porque sólo Él es el Fuerte. Ese aprendizaje invierte nuestra relación con Dios. La oración de súplica se convierte en otro tipo de súplica que sólo algunos místicos han descubierto. Aquellos que se levantan cada día y preguntan a Dios qué pueden hacer por Él, esos son los auténticos hijos de Nazaret. En realidad sólo existe el amor de retribución pues aún cuando una persona ame a Dios con todo su ser, alma y cuerpo, ese amor sólo es un don más de Dios. ¿Se le puede dar algo a Dios? Quizá la respuesta sea tan simple como eso: que nuestro amor sea para Él un consuelo infinito...
Quienes me lean podrán decir al final si lo que digo es o no un desatino. Porque yo creo que para ser consuelo de Dios hay que ser algo “discapacitado para el mundo”. Hay que abajarse, hacerse pequeño, atender el detalle. Contar poco. Quizá, no contar nada. Y eso está muy lejos del corazón soberbio y engreído. Por eso dice Jesús: “ay de vosotros los ricos: ya habéis recibido vuestro consuelo!” (Lc 6,24)
La discapacidad para triunfar en el mundo, para tener un éxito arrollador no es lo que nos hace de Nazaret. Lo que nos hace de Nazaret es tener la desfachatez de no concederle importancia, de no buscarlo. Es más: de atrevernos a rechazarlo. Entonces nuestros sentidos se abren a lo esencial y vemos al hermano herido, a la vecina llorosa, a la joven triste y acongojada.
Hace más de treinta años conocí a Cipri. Un día en el que yo estaba muy abatida fui a su casa con varios amigos. Por el trayecto hablamos de todo, hicimos broma, nos tomamos el pelo. También yo, aunque estaba, no recuerdo el motivo, muy afligida. Al llegar a casa de Cipri toqué el timbre y abrió él. Pero ya no me dejó pasar. Quería saber qué me pasaba, porqué estaba tan triste. Aún hoy, su gesto es un bálsamo para mi corazón. Cipri era un joven discapacitado y su casa era una residencia para chicos como él. Pero yo había caminado con chicos “normales” durante un buen rato, chicos y chicas que han triunfado en su profesión y nadie me consoló, nadie vio ni siquiera mi tristeza. Sólo aquel que “no valía”.
Cipri es de Nazaret. Cipri obedecía la voz de Dios que dice: “Consolad, consolad a mi pueblo...habladle al corazón...” (Is 40,1-2) Muchos años antes lo había hecho la Sagrada Familia. José fue consuelo para María cuando buscaban posada, cuando huían hacia Egipto. María consoló a José en su noche turbada con su silencio confiado, lo consoló porque fue un bálsamo en su vida. Jesús consoló a la samaritana de su sed profunda, al ciego de su oscura noche, al sordo de su aislamiento y soledad. Y porque los tres recreaban el Paraíso originario, Dios posaba cada día su mirada en ellos para recibir el consuelo con el que consolar a sus hijos. La Buena Noticia de Nazaret es que Dios nos necesita.
¿Qué hicieron de especial María y José para consolar y enseñar a Jesús a ser el Consuelo de Israel? (Lc 2,25)
Miremos a los Tres y hallaremos una lección de compañía, de cercanía en la cruz. Aprenderemos de ellos el silencio que nos posibilita escuchar y la palabra que habla al corazón. Aprenderemos a abrazar, a acoger en nuestros brazos. Jesús tocó muchas veces a aquellos que nadie tocaba. Y se dejó tocar. Sabremos que nuestro cuerpo es también capaz de cercanía, de consuelo, de comunión.
En un mundo que llora es preciso crecer en la espiritualidad del consuelo. Nadie evitará a nadie la cruz. Pero sí podemos ser Cirineos y Verónicas. Mejor aún: seamos Nazaret, ámbito donde puede germinar el Nuevo proyecto de Dios.

viernes, 9 de julio de 2010




NAZARET, ESPIRITUALIDAD DE LA PALABRA (III)


Recientemente se habla mucho de volver a la Palabra, al origen, a las fuentes. No hay duda de que en estos últimos años muchos cristianos han descubierto el valor de la Palabra de Dios y han aprendido a amarla. El último Sínodo es buena prueba de la inquietud que siente la Iglesia por alimentar la fe con el conocimiento de Cristo que sólo quien asimila la Palabra llega a tener.
Y no dudamos en afirmar que Nazaret es el prototipo de esa espiritualidad de la Palabra. Pero ¿qué significa eso? ¿Podemos contentarnos con deducir que quien vive en Nazaret conoce y frecuenta las Escrituras de modo que puede decir con el salmista: “Lámpara es tu palabra para mis pasos, luz en mi sendero”? Vamos a ver si mirando, como siempre, la Trinidad de la tierra logramos ver con claridad en qué consiste esa “espiritualidad de la Palabra”.
El evangelista Lucas nos presenta reiteradamente a María como la mujer que escucha y dialoga con Dios aceptando que ella no puede comprender en totalidad su Palabra. Y vemos a la Virgen ofrecer su vida a esa Palabra de Dios con la frase más bella: Hágase en mí según su Palabra. Y desde ese momento la Palabra se encarna.
José aparece también como hombre de diálogo. Sus sueños están llenos de mensajes angélicos lo cual nos indica que ni al cesar la actividad humana consciente, cesaba el diálogo interior con Dios. Y en ese diálogo José recibe y acoge la Palabra guardando ese silencio que magistralmente definió Pablo VI como “la actividad profunda del amor que escucha”.
¿Y qué decir de Jesús? La primera palabra que tenemos de la Palabra es aquel “Yo debo estar en las cosas del Padre”. Desde niño escucha y lentamente va descubriendo su misión. A los tres les cambió la vida de manera radical ese escuchar la Palabra. Una sola Palabra ha dicho Dios al mundo y en silencio debe ser escuchada (San Juan de la Cruz). Y si algo caracteriza Nazaret es la atención a lo esencial. De ahí que nuestra espiritualidad suponga dar primacía al ser sobre el hacer.
Escuchar supone obedecer y tanto en José como en María vemos que lo hacen “con diligencia” que etimológicamente significa amando. Escuchar y obedecer por amor. Sólo la obediencia refleja la autenticidad de la escucha. Es entonces, es cuando la escucha de la Palabra florece en obediencia que “ tu Palabra engendra fe rendida” aunque los sentidos se equivoquen, como canta bellamente el himno “Adoro te devote”.
Nazaret es hogar de “fe rendida”, de fe absoluta. Los sentidos no suelen acompañar en esa espiritualidad de Nazaret: no hay grandes manifestaciones y los días se suceden unos a otros sin que la espectacularidad aparezca...porque no es ese el estilo de Dios. Nos pasa como al profeta Elías: muchas veces esperamos que Dios se nos manifieste entre truenos y relámpagos y nos cuesta reconocerlo en la brisa suave. “Lo corriente y normal” pueden convertirse en obstáculo para el encuentro con Dios si no hallan “fe rendida”. Es lo que les sucede a los vecinos de Nazaret después de escuchar embelesados a Jesús en la sinagoga. De repente alguien pregunta: “¿No es éste el hijo de José”? (Lc 4,22) Y el hecho de haber visto entre ellos a Jesús desde pequeños los ciega para la Luz; es más: los enfurece contra la Luz. Esta es la experiencia de muchos cristianos que, educados en la fe desde la niñez, han perdido la capacidad de asombrarse ante Dios.
Nazaret supone leer a Dios entre las líneas de nuestra vida porque la Palabra se encarna cada día en nosotros, en nuestra historia, en nuestro quehacer. Y podemos acogerla o rechazarla convirtiendo nuestra existencia en esas tinieblas que nunca alcanzan la Luz (Jn 1,5 ).
Vivir de la Palabra supone tener un río de agua viva en el interior que mana sin cesar y sé encontrar aún en plena noche.
Qué bien sé yo la fonte que mana y corre
Aunque es de noche
” (San Juan de la Cruz)

Para ello, para reconocer el evangelio, la buena noticia en nuestras vidas, es necesario “ponerse de acuerdo con la luz” (Pablo VI). Sólo así se nos revela la significación interior de aquello que vivimos y, también, de aquello que leemos como Palabra revelada. Por ello, aunque sea duro permanecer en la Palabra, quien se alimenta de ella la percibe “dulce como la miel”. (Ez 3,4). Al fin y al cabo es el Señor quien “cada mañana me espabila el oído para que escuche como los iniciados” (Is 50,5) Y si me hace iniciado no es para mi goce personal sino para que mi lengua de iniciado sepa “decir al abatido una palabra de aliento” (Is 50,4). Y aliento nuevo, ruah, espíritu que sopló sobre el mundo para una nueva creación, fue la Sagrada Familia, Jesús, María y José.
Queda claro que la Sagrada Familia se alimentaba de la Palabra y, en concreto, de la liturgia sinagogal a la que, como dice el texto de Lucas, Jesús tenía por costumbre asistir. Las palabras que guardamos de María son claras alusiones a textos del Antiguo Testamento y José se nos presenta con rasgos bíblicos. Por otra parte es sumamente significativa la lectura que Jesús hace en la sinagoga de Nazaret del texto de Isaías:

El Espíritu del Señor reposa sobre mí
Porque Él me ha ungido.
Me ha enviado a anunciar la Buena noticia a los pobres,
A proclamar la libertad a los cautivos
A los ciegos la luz
A libertar a los cautivos y
A proclamar el año de gracia del Señor


El Espíritu del Señor es espíritu de Santidad. Desde toda la eternidad Dios nos ha llamado para ser “santos e inmaculados en su presencia” (Ef 1, 4). Nos ha llamado a participar de su intimidad, a vivir esa vida eterna que sólo se da en la Trinidad.
Y con ello llegamos a la conclusión: vivir la espiritualidad de la Palabra no es otra cosa que vivir la misma vida de Dios. Es “ser santo porque nuestro Dios es santo”. Si Él se comunica conmigo sólo puede comunicarme santidad. Y yo sólo puedo entrar en la escuela de santidad que es Nazaret.
Puede resultar difícil definir el concepto de santidad. Pero si miramos a Jesús, José y María vemos que lo reducen a una expresión: servir.
Ser santo es continuar la obra de Dios, estar dispuesto a todo para colaborar con Él. Ponerse, como Jesús, el delantal y preguntar cada mañana a Dios:
¿En qué puedo ayudarte?