jueves, 25 de noviembre de 2010






TODOS ESTABAN ESPERANDO.

Estaban esperando los caminos
para sentir en su terrosa espalda
la caricia del asno que traía
el peso de un capullo a punto de brotar.


Estaban esperando los arroyos,
los castillos de corcho, las montañas de musgo,
las nubes de algodón, las lavanderas
de barro y los molinos,
para hacerse suspiro y maravilla
de Nacimiento, cada Navidad.

Estaban esperando las campanas
para echarse a volar y arrancar a los vientos
las inefables lenguas de su música.
Estaban esperando las estrellas
para poner en todos los murales celestes
la flecha indicadora
que soñaban los Magos.

Estaban esperando los papiros
-polvo de paraísos, diluvios, babilonias,
desiertos, faraones, rayes, jueves...-
y todas las doncellas del pueblo de Israel
y los preciosos versos de Virgilio
y las reales águilas de todas las banderas
del Imperio Romano.

Estaban esperando las legiones angélicas
para poner rumbo a Belén sus alas
y llevar a los astros
la más extraña nueva de los hombres.

Estaban esperando los pastores
en su lenta velada de balidos
y sonoros cencerros y lana humedecida
por la lluvia de todos los inviernos terrestres.

Estaban esperando los profetas
y la voz del Bautista tonante en los desiertos.
Y José, el asombrado y asombroso José,
almirante mayor de los caminos
a las riendas del "no-temas" angélicos
y la fe levantada como un faro antiniebla
contra todas las dudas naturales.

Y María, la de los sueños grandes,
la de las noches blancas,
la de los maternales rubores inviolados,
alzada sobre el arco de los tiempos
en el signo de Isaías a Acab .

Estaban esperando todos.
Todos y todos estaban esperando.
(Como tú y yo -nosotros-
estamos esperando
ahora
en esta vigilia permanente,
que este largo y tembloroso adviento que es la vida".

(Francisco Vaquerizo Moreno)

viernes, 19 de noviembre de 2010


DESIDERIA: LA SANTIDAD (III)


Una de las definiciones que más me gusta de santidad es la del Cardenal Newman: llegar a ser lo que somos en verdad.
La naturaleza nos da la primera lección de coherencia: de un perro nacen perritos y un manzano da manzanas. Una jirafa tiene jirafitas y una gallina, pollitos. Si de verdad nos creemos que somos hijos de Dios…seamos consecuentes. Porque ¿Qué Dios es santo como nuestro Dios?
Dios nuestro Padre es Santo. Y la belleza del mundo, que culmina en la persona, es resplandor de esa santidad.
La santidad no es una carga, una obligación, un esfuerzo ímprobo que Dios nos impone. Parece mentira que hayan cuajado expresiones como “no soy un santo” y cosas por el estilo. Lo decimos y escuchamos con cara sonriente. La santidad es la esencia de Dios- su nombre es Santo, dice María- y cuando nos indica que debemos ser santos nos dice que nos lega una preciosa herencia: su talante, su manera de ser, su manera de mirar el mundo y las personas…eso es ser santo!
Del mismo modo que cada padre desea transmitir a su hijo, junto con la vida, lo mejor de él, Dios, que es santo, quiere darnos su santidad. Pero mientras que un padre y una madre transmiten lo que tienen, no lo que son, Dios, por el contrario, nos transmite también lo que es. Nuestra tarea es “asumirlo”, agradecerlo, preservarlo y compartirlo. ¿Podemos renegar del ADN que Dios nos ha transmitido? Charles Péguy decía que "la única desgracia irreparable en la vida es la de no ser santos". Es una especie de automutilación. Podemos fracasar en nuestras vidas en muchas cosas. Pero no deberíamos dañarnos, es decir, no deberíamos dejar de ser santos.
Existe una santidad que hemos recibido por el simple hecho de ser hijos de Dios, que explicitamos en el bautismo, y que recibimos continua y gratuitamente; y hay una santidad que debemos aumentar con nuestro esfuerzo. Cuando un padre deja una gran herencia a sus hijos también espera que la acrecienten. Pero yo nada puedo hacer crecer la Santidad de Dios. Se me pide solo que no deje crecer la cizaña, que arranque lo malo para que brille el Bien. Miguel Angel dijo que la escultura es el arte de quitar. Todas las otras artes se practican añadiendo algo: el color sobre la tela, en la pintura; una piedra a otra, en la arquitectura; un sonido a otro, en la música. Sólo la escultura se practica quitando, haciendo caer los pedazos inútiles, para que surja la obra de arte. El escultor no añade nada, sólo quita. Se cuenta de Miguel Angel que un día, paseando por un jardín de Florencia, vio un bloque de mármol informe, abandonado y semienterrado. Se paró de repente, como si hubiese visto a alguien. "En ese bloque- exclamó- está encerrado un ángel; quiero sacarlo". Y agarró el cincel. También Dios nos mira tal como somos, semejantes a aquel bloque de piedra tosco y anguloso y dice: "Ahí dentro hay escondida una criatura maravillosa; está la imagen de mi Hijo. Quiero sacarla a la luz". La Santidad también es el arte de quitar…
«Sed santos, porque yo, Yahveh, vuestro Dios, soy santo» (Lv 19,2).
«Cristo amó a la Iglesia y se entregó a sí mismo por ella, para santificarla, purificándola mediante el baño del agua, en virtud de la palabra, y presentársela resplandeciente a sí mismo; sin que tenga mancha ni arruga ni cosa parecida, sino que sea santa e inmaculada» (Ef5,25-27).
La santidad es una vocación universal. Que Jesús realiza de manera sencilla: «Yo hago siempre lo que le agrada a Él» (Jn 8,29) Porque su voluntad era esencialmente buena se adhiere desde pequeño al sumo Bien. Y es connatural a Él puesto que, además, ha vivido en casa el ejemplo.
La santidad tiene una moneda pequeña: la virtud. En ese sentido la santidad es perceptible y “practicable”. No se trata de algo inalcanzable. Más bien es, o debe ser, el pan de cada día. En realidad la virtud es el patrimonio moral de la persona, lo que nos humaniza, lo que nos define como hombre o mujer plenamente realizado.
San José Manyanet afirma de modo contundente que Nazaret es escuela de virtudes. Por eso en Nazaret se encuentra “lo que quieres y tu corazón desea” (E.N. I,1). Por ser hijos de Dios alienta en nosotros esa “centellica”, como decía Eckart, esa luz divina que nos hace anhelar el bien. Porque no nos reconocemos si no es en la santidad.
¿Qué significa virtud? La palabra viene del latín virtus, que igual que su equivalente griego, areté, significa "cualidad excelente", "disposición habitual a obrar bien en sentido moral". Por decirlo de alguna manera es “tener el vicio de hacer el bien”. Aunque reservamos la palabra vicio para definir el hábito de hacer el mal, hoy en día, popularmente, la palabra vicio se aplica a cualquier cosa de la que uno no puede “desengancharse”: el vicio de comer chicle, de jugar con los dedos mientras atendemos…pues bien, enganchémonos al bien. Claro que la virtud se adquiere por aprendizaje, por eso hablamos de ser un virtuoso de la música, por ejemplo. Salvo excepciones, no se es virtuoso a los siete años porque todo bien requiere paciencia y, sobre todo, voluntad. Ese es el punto clave. La persona que aspira a la virtud es porque su voluntad es la que es buena.
Dios no nos deja sin un camino trillado para alcanzar la santidad. Lo admirable es que Dios reside, con toda Santidad, en una familia.
Por eso “atraídos por la exquisita fragancia de vuestras virtudes” (E.N. 1 v1) nos llegamos a Nazaret, escuela de virtudes, escuela de santidad. Hogar y Templo.

domingo, 14 de noviembre de 2010

Cada brizna de pasto
tiene una angel que
se inclina y le susurra:
crece, crece...
( Talmud)

NAZARET, SEMILLA DE SANTIDAD


A lo largo de su predicación podemos constatar que Jesús ama de manera especial las imágenes que hablan de crecimiento. Si hacemos una lectura atenta de su predicación y en especial de sus parábolas, pronto descubrimos ese hilo conductor: Granos de mostaza, de trigo…¡incluso de cizaña! Talentos que se multiplican, agua que se convierte en bebida más valorada, masa que crece con la levadura, pescas abundantes…Su vida queda definida también con aquel “crecía en edad, sabiduría y gracia ante Dios y ante los hombres” que tanto ha fastidiado a algunos pensando que ya se podían haber esmerado un poco más los evangelistas y facilitarnos algún detalle.
Todo ser viviente tiende al crecimiento. No hay nada vivo que no sea creado para crecer. Tú también. La cuestión es en qué estás creciendo en este momento de tu vida. Puede que crezcas en seguridades, en bienestar, en tranquilidad. Y entonces, déjame decirlo, estás lejos del Reino. Pero puede que crezcas en paciencia, en entrega, en oración, confianza, solidaridad…y en ese caso vives en el Reino.
A veces sentimos curiosidad por saber cómo será esa realidad que llamamos “cielo”. Y quizá bastaría mirar nuestro corazón para descubrirlo. "He encontrado mi cielo en la tierra pues el cielo es Dios y Dios está en mi alma" (Sor Isabel de la Trinidad)
Dios está en semilla en tu corazón. Quizá por eso su primera palabra dirigida al hombre es : creced, multiplicad. Dios no nos da “premios finales” porque es imposible pensar que Dios, en su infinito amor, retenga algo de sí para más adelante. Él ya nos ha dado cuanto nos puede dar, Él ya se ha dado.
Tienes pues, “el cielo en tus manos”. De ti depende que germine y crezca sin que tú sepas cómo, noche y día, hasta que dé fruto (Mc 4).
Pienso que Dios te plantea dos retos: saber de qué es la semilla que ha plantado en nuestro corazón y buscar a nuestro alrededor testimonios de semillas que ya han dado fruto y son, quizá, altísimos árboles donde van los pájaros a posarse.
Mira, vuelve tus ojos al hogar de Nazaret. “Hágase”, exclama María. De José no guardamos palabras, solo acciones, hechos. Pero el evangelista subraya: era justo. “Yo debo estar en las cosas de mi Padre”, dice Jesús adolescente.
La semilla que Dios ha puesto en nuestro corazón es semilla de cercanía. Semilla que acorta, al crecer, la distancia entre mi persona y Dios. Semilla que me hace parecer cada vez más a Dios porque he nacido para ser como Él. El Cardenal Newman decía que la santidad es “llegar a ser lo que somos”. Es una de las definiciones de santidad más simples y más exactas.
Nos complicamos, nos enredamos y nos perdemos. María, José y Jesús tienen la madurez espiritual de no hacerlo. Ellos están a lo que están: el Padre. Único eje de sus actos, decisiones y afectos. El resto puede ser bueno pero relativo. Lirios del campo que hoy son y mañana no. Hierba que perece. Pájaros que caen y mueren.
La Sagrada Familia no vivió en un mundo ideal. A su alrededor había guerras, sangre, injusticia y miseria. Pero no cayeron en la trampa de desear que todo fuera perfecto. Miraron el mundo desde arriba, con los ojos de Dios. Y no se dejaron cegar por el mal sino que vieron en la hondura. Como decía Jung “Quien ve hacia afuera sueña, quien ve hacia adentro despierta”. Miraron hacia adentro, hacia la semilla-Dios. Y despertaron el mundo.
Nazaret es semilla de santidad. Las tres personas de ese Hogar alcanzaron su plenitud total. Ellos ya han dado fruto y fruto abundante. Pero el mensaje de Nazaret, el conocimiento de que la santidad es “estar en lo del Padre” todavía no ha germinado en el mundo. Nazaret sigue siendo aún una semilla; se ve ya una brizna pero aún no se adivina el árbol que llegará a ser.
Pero incluso de ese brote aprendemos que sólo la santidad da respuesta a nuestros deseos más profundos. Que es ella nuestro auténtico deseo y la única fuente de unificación que nos hace felices. Porque “El nos ha elegido antes de la creación del mundo para que fuésemos santos e inmaculados ante El, en el amor” (Ef. 1,4).

domingo, 7 de noviembre de 2010


EL PAPA RECUERDA A SAN JOSEP MANYANET EN EL ÁNGELUS DE LA SAGRADA FAMILIA (BARCELONA)




Hermanos y hermanas en Nuestro Señor Jesucristo:
Ayer, en Puerto Alegre, Brasil, tuvo lugar la ceremonia de beatificación de la Sierva de Dios María Bárbara de la Santísima Trinidad, fundadora de la Congregación de las Hermanas del Inmaculado Corazón de María. Que la fe profunda y la ardiente caridad con que ella siguió a Cristo, susciten en muchos el deseo de entregar por completo su vida a la mayor gloria de Dios y al servicio generoso de los hermanos, especialmente de los más pobres y necesitados.
Hoy, he tenido el enorme gozo de dedicar este templo a quien siendo Hijo del Altísimo, se anonadó haciéndose hombre y, al amparo de José y María, en el silencio del hogar de Nazaret, nos ha enseñado sin palabras, la dignidad y el valor primordial del matrimonio y la familia, esperanza de la humanidad, en la que la vida encuentra acogida, desde su concepción a su declive natural. Nos ha enseñado también que toda la Iglesia, escuchando y cumpliendo su Palabra, se convierte en su Familia. Y más aún nos ha encomendado ser semilla de fraternidad que sembrada en todos los corazones aliente la esperanza.
Imbuido de la devoción a la Sagrada Familia de Nazaret, que difundió entre el pueblo catalán San José Manyanet, el genio de Antoni Gaudí, inspirado por el ardor de su fe cristiana, logró convertir este templo en una alabanza a Dios hecha en piedra. Una alabanza a Dios que, como en el nacimiento de Cristo, tuviera como protagonistas a las personas más humildes y sencillas. En efecto, Gaudí, con su obra, pretendía llevar el Evangelio a todo el pueblo. Por eso, concibió los tres pórticos del exterior del templo como una catequesis sobre Jesucristo, como un gran rosario, que es la oración de los sencillos, en el que se pueden contemplar los misterios gozosos, dolorosos y gloriosos de Nuestro Señor. Pero también, y en colaboración con el párroco Gil Parés, diseñó y financió con sus propios ahorros la creación de una escuela para los hijos de los albañiles y para los niños de las familias más humildes del barrio, entonces un suburbio marginado de Barcelona. Hacía así realidad la convicción que expresaba con estas palabras: "Los pobres siempre han de encontrar acogida en el templo, que es la caridad cristiana".
En catalán:
Aquest matí també ha estat per a Mi motiu de satisfacció poder declarar aquest temple com a Basílica Menor. En ell, homes i dones de tots els continents admiren la façana del Naixement. Ara, nosaltres, meditem el Misteri de l’Encarnació i adrecem la nostra pregària a la Mare de Déu amb les paraules de l’Àngel, i li confiem la nostra vida i la de tota l’Església, i li demanem, al mateix temps, el do de la pau per a tots els homes de bona voluntat.
[Esta mañana he tenido también la satisfacción de declarar este templo como Basílica menor. En ella, hombres y mujeres de todos los continentes admiran la fachada del Nacimiento. Nosotros, ahora, meditamos el Misterio de la Encarnación y elevamos nuestra plegaria a la Madre de Dios con las palabras del Ángel, y le confiamos nuestra vida y la de toda la Iglesia, al tiempo que suplicamos el don de la paz para todos los hombres de buena voluntad.]

sábado, 6 de noviembre de 2010



EL CÓDIGO QR


Los códigos QR los inventó una compañía japonesa. Hoy están extendidos por todo el mundo y se usan en todos los ámbitos. Se trata de un sencillo código bidimiensional que puede almacenar una gran cantidad de datos. Aunque se pensó para clasificar productos mercantiles, hoy hay quien los usa en su tarjeta de visita, en el anuncio de un piso que se vende porque puede enseñarte el piso sin entrar en él, en revistas de agencias de viaje que te llevan de ruta, en educación y en múltiples campos del saber humano.
Por supuesto, para leer el código debes tener un lector en tu móvil. Los de última generación ya lo traen incorporados, en los más antiguos debes descargarte el lector.
Me he divertido mucho haciendo un mini-curso de códigos QR. Pero a medida que aprendía pensaba que muchas veces, para nosotros, Dios habla en código QR. No lo entendemos. Bastaría tener un pequeño y sencillo lector en el corazón para ser capaces de entender entre líneas su Voluntad. Él no es complicado, es suma sencillez. Quien inventó el código QR se basó en un patrón muy simple. Pero precisas lector. Es barato y asequible. Sólo hay que buscarlo. Cuando lo tienes resulta casi un juego ir leyendo lo que para otros es un garabato. Tiene sentido ese sinsentido. Y comienzas a crear códigos QR. Porque quien aprende el lenguaje de Dios ya no sabe hablar de otro modo.
Pidamos el lector para nuestro corazón; porque Dios nos sigue hablando.

martes, 2 de noviembre de 2010

LA BELLEZA DESAPERCIBIDA O EL DÍA DE TODOS LOS SANTOS


«Un día invernal, a hora punta, un violinista se situó a la entrada de una estación de Metro de Washington y se puso a tocar su violín. Durante cincuenta minutos los precipitados viajeros no paraban mientes en seis piezas de Bach que emitían las cuerdas del afinado violín. Se calcula que pasaron miles en esa hora y fueron muy pocos los que frenaban el paso, escuchaban unos segundos y algunos dejaban caer alguna moneda en el sombrero. Los que controlaban la experiencia pudieron contabilizar que sólo unos seis pararon unos minutos y una mujer agradeció al músico su interpretación. Pero no hubo aplausos y menos alguien que pidiera un bis. En el fondo del sombrero se recogieron 32 dólares.

El violinista que accedió a la experiencia que quiso hacer y filmar el periódico The Washington Post se llama Joshua Bell, uno de los mejores del mundo. Dos días antes de su presencia en el Metro, había llenado un Teatro de Boston con melómanos que –el que menos- había pagado cien dólares por asistir al concierto del afamado músico. Tanto en el teatro como en el Metro había ejecutado las mismas seis piezas de Bach y usado el mismo violín Stradivarius, valorado en tres millones y medio de dólares.

La idea del periódico era realizar un ensayo sociológico sobre el comportamiento de las personas. Comprobaron que el personal puede pasar junto a bellezas o acontecimientos sublime sin captarlos. Si se llevan otras preocupaciones en la cabeza (en este caso las prisas por llegar al trabajo o a alguna actividad), están prácticamente incapacitados para percibir lo que sucede alrededor. Y con frecuencia esta incapacidad se ve agravada por tópicos: “Estos pobres músicos fracasados tienen que recurrir a estas estaciones de metro para sacar un pequeño sueldo”».

Resulta estremecedor pensar en cuánta santidad hay a nuestro alrededor sin que seamos capaces de percibirla. Hombres y mujeres anodinos, vidas normales y corrientes que, quizá, si abriéramos los ojos, nos depararían la sorpresa de su enorme belleza. ¿Cuántas veces habré pasado de largo ante un santo sin darme ni siquiera cuenta? ¿Conviviré con alguno/a?
Quizá haya leído con interés una vida de M. Teresa de Calcuta, de San Francisco...Pero Dios no es un Dios tacaño, el repartió la santidad en toda su creación. Sólo me queda decir: Señor, que vea!
No vaya a ser como esos viajeros del metro: incapaces de belleza.