martes, 7 de septiembre de 2010


NAZARET, ESPIRITUALIDAD DEL ABANDONO (VII)


Quizá una de las palabras más vinculadas a la espiritualidad propia de Nazaret es abandono. Y quizá también sea la clave para saber entrever si nos hallamos nuclearmente en Nazaret o si nos movemos en la periferia de lo devocional.
La espiritualidad del abandono va mucho más allá de la renuncia a los propios planes algo que, además, tiene a veces una connotación negativa. Vivir abandonado en Dios es saber que sólo Él es nuestro refugio, nuestro amparo, nuestro valedor. Es aceptar gozosamente que Dios no te da normalmente una gran explicación sobre su Voluntad sino que te deja caminar en la noche con una linterna en la mano: suficiente para no tropezar.
Jesús, María y José son, los Tres, el paradigma de aquellos que sin entender el camino que hacían, lo hicieron. Sin entender adónde los llevaba Dios, se fueron con Él. Para ellos no fue un referente lo que tenían, ni siquiera lo que hacían. El estallido de luz que habían vivido, cada cual en su momento y hora, fue siempre el pilar que los sostuvo.
Abandonarse en Dios significa no aferrarse a las cosas, a las futilidades, a los criterios humanos. Pero sobre todo, significa desprenderse de la propia voluntad para hacer propia la Voluntad de Dios. Aunque parezca locura, aunque parezca incomprensible si se juzga con la razón humana. El abandono se sostiene en una confianza total y suprema en Dios, en un Dios que es amor, que me conoce y quiere para mí lo mejor; y se apoya del mismo modo en el reconocimiento de la propia pequeñez. María canta esa humildad de esclava y Jesús nos pone como ejemplo a los niños. José no dice nada, se limita a vivirlo y enseñarlo a su hijo.
Todos los santos han vivido la experiencia del abandono. Santa Teresita lo explicaba con la infantil imagen de la pelotita y el barquito, San Ignacio lo sintetiza en su famosa oración “Tomad, Señor y recibid…”. San Francisco no explicó nada, se perdió por los caminos de Umbría después de desnudarse ante su padre y el Obispo.
Nazaret es escuela de Abandono. Ir a Nazaret, vivir en Nazaret es arrojarse en los brazos de Dios y dejar que Él cuide de ti en todo, que sea Él quien guie tus pasos, que sea Él quien determine tus adelantos y tus paradas. Paradójicamente ese abandono que conlleva reconocer la propia fragilidad, hace a la persona extraordinariamente fuerte y libre. Los santos se han convertido en un testimonio de gozo y audacia y para ellos no ha contado ni salud ni edad, ni fama ni prestigio, a la hora de obrar la Voluntad de Dios.

Dios es mi luz y mi salvación ¿a quién temeré? Dios es el refugio de mi vida ¿quien me hará temblar?... Aunque un ejército acampe contra mí, mi corazón no teme; aunque estalle una guerra contra mí, estoy seguro... Él me dará cobijo en su cabaña en el día de la desgracia; y me esconderá en lo escondido de la tienda (de su corazón)” (Sal 27).

Jesús, María y José hallaron sus fuerzas en Dios, su gozo, su libertad y su audacia. Y es que el Abandono significa escoger a solo Dios desasiéndose de todo criterio, riqueza o poder que podamos anhelar. Desear sólo lo que Dios desea para mí, esa es la clave. Desear ver el rostro de Dios y aceptar vivir en la penumbra. Dios es Aquel que no dando seguridad alguna llena el alma de quien se abandona a Él de confianza.
María y José abandonaron sus planes familiares, Jesús abandonó no sólo su dignidad divina sino también la idea que, sin duda, Él se había forjado de su propia misión pues es obvio que, en los inicios, no espera la cruz. Sufrió dolorosamente el abandono de sus amigos y el tener que abandonar a su Madre.
El abandono más doloroso, o quizá el único capaz de hacer temblar el alma, es el de Dios. Es la queja aguda de Jesús en la cruz que se siente abandonado por Dios. Pero incluso en esos momentos, Dios no te quita la “linterna”. Es la fe total la que vive el que se abandona. Porque en Nazaret se nos enseña a abandonarnos en Dios y en Nazaret se vive y se siente que Dios nunca te abandona.

“Aunque mi padre y mi madre me abandonen, Dios estará conmigo” (Sal 27,10).

El Abandono no es, en absoluto, una virtud pasiva (si es que hay virtudes pasivas). El Abandono te lleva a la unión con Dios y Dios actúa, Dios se derrama en misericordia y bondad. Por eso “confía en Dios y obra el bien. Haz del Señor tus delicias y Él te dará lo que te pide tu corazón. Encomiéndale todos tus afanes, confía en Él y Él actuará” (Sal 36,3-5).
Él guía la barca de nuestra vida. Que no nos pille con las velas caídas.

1 comentario:

  1. Me encantó tu reflexión del abandono.Si, los tres de Nazaret sin entender el camino lo hacian.
    No es fácil desprenderse de la propia voluntad para hacer la voluntad de Dios, pero con Él,si podemos, nos basta su gracia. Como dices en tu reflexión hay que arrojarse en los brazos de Dios y dejar que El cuide de nosotros. Dios es nuestra luz y guía nuestra barca. Con nuestra mirada puesta en Él podemos caminar y sobrevolar las dificultades. Dios te bendiga

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