domingo, 1 de julio de 2012

 


EVANGELIO  DEL DECIMOTERCER DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

LA HEMORROÍSA Y LA HIJA DE JAIRO

A veces me resulta paradójico caer en la cuenta de que a medida que  mi oración se va haciendo más silenciosa, mi corazón se va poblando de nombres. Hay días, más cansados, más rutinarios, más dormidos, en los que no tengo nada que decirle a Dios. Sólo estoy con Él. Y entonces dejo que lea los nombres que llevo escritos en mi corazón.
Hoy, leyendo el evangelio de este domingo, el precioso texto de Marcos que nos relata la curación de la hemorroísa y la resurrección de la hija de Jairo (Mc 5, 21-43) han saltado dos nombres entre todos para presentarlos a Dios. Este final de curso tan lleno y a la vez tan agobiado, por muchos factores externos a mí, Dios me ha regalado el testimonio de muchas personas que buscan sinceramente a Dios, que lo buscan a oscuras o a media luz, que lo buscan diciendo que no lo entienden, que no saben si creen, que lo añoran…Para mí siempre es un don poder hablar con un buscador de Dios.
Quisiera hablar a estos dos buscadores sobre el evangelio de hoy. Tanto la niña que muere, la hija de Jairo, como la mujer que sufre pérdidas de sangre son un reflejo de almas buscadoras. Centrémonos en la mujer que pierde sangre. La sangre es principio de vida y esta mujer anónima hace muchos años, doce, que pierde la vida instante a instante. Ha recurrido a toda clase de tratamientos y sólo ha conseguido empeorar y arruinarse. Esa mujer encarna el corazón que ha quedado herido en algún recodo del camino  de la vida y lleva tiempo desangrándose. Una mala experiencia, un dolor no superado, una profunda decepción… ponen en juego, con frecuencia,  los cimientos del corazón; a muchos se les pierde la esperanza, la confianza en las personas…a otros se les va diluyendo la fe…Hay un conducto por el cual la vida se escapa y nos deja débiles, enfermizos. La primera reacción puede ser la de buscar remedios que nos evaden, nos enajenan. Hasta que percibimos que no hay nadie que pueda curarnos sino Dios. Y comienza un lento retorno a su persona, a su trato. Un retorno que, muchas veces, se hace como lo hace la mujer: acercándose por detrás. Tocar la orla de su manto, sólo eso. Mientras se cree tener poca fe, mientras se cree vivir a oscuras, haber perdido el “derecho” a ver su Rostro…los demás, los que asistimos a esa búsqueda, somos conscientes de que estamos ante un corazón que tiene tanta fe como para acercarse a Dios sin grandes exigencias, sin “grandes anhelos”. Basta ir por detrás.
Llegarle a Jesús por detrás…¡qué camino de excelencia espiritual! “Acercarse por detrás” supone en primer lugar, acercarse. Salir de mi estadio habitual y hacerme “próximo a”. Dios quiere hacernos el bien, quiere sembrar mi vida de luz. Sólo me pide cercanía. No pide perfección, una fe sin fisuras ni dudas, una personalidad desbordante o una caridad excepcional. Pide cercanía. Me quiere a su lado. Sólo así podrá obrar, sanar mi corazón herido, ser mi luz… ¿me acerco a Jesús?
Situarse detrás es ya un acto explícito de una virtud que es espacio propicio para la  santidad: la humildad. La mujer no busca protagonismo, no explica, no habla. ¡Ni tan sólo pide que Jesús la mire! A veces nos parece que los grandes ejemplos de esa fe que no alcanzamos son personas que viven sabiéndose miradas por Dios. Hoy, el evangelio nos propone otra situación que nos es válida para esos momentos en que parece que hemos perdido el norte, para esos tramos de la vida en que uno se pregunta dónde está Dios. Porque puede que no nos permita ver su rostro, puede que no sintamos consolación en la oración, puede que la duda nos atenace…pero siempre podemos poner el pie donde Él lo puso. Porque ir detrás es la actitud del discípulo que sigue. Y eso basta: seguir a Jesús.
Pero la cercanía con Jesús, sana. La orla de su manto, el conducto por el cual nos llega la sanación,  puede ser una conversación, un amigo, un testimonio, una vuelta a los sacramentos, a la oración, un dolor…¡tantas cosas! Habrá momentos en que no “veamos” a Jesús. Pero siempre tenemos a nuestro alcance…la orla de su manto.
La otra mujer, niña aún, está aparentemente muerta. Como tantas “fe” que parecen no latir, no llenar de vida la propia existencia. Pero interviene, sanador como otra orla de manto, el amor del padre. El padre se moviliza cuando su niña está “en las últimas”. Y solicita de Jesús dos cosas: Ven. Tócala.  Y Jesús va pese a que, en el último momento, llega la noticia triste: la niña ha muerto. Sabemos que le dieron la noticia al padre…pero Jesús oyó. Muchas veces ocurre así: no le damos la noticia a Dios de nuestra vida, se la contamos a un amigo, a la mujer, al esposo, al sacerdote…pero Dios oye igualmente y como, por suerte, no tiene nuestros criterios el hecho de que Él no haya sido informado directamente no le impide hacernos el bien. Más a fondo, este jefe de la sinagoga que se acerca a Jesús es todo un reconocimiento del Antiguo Testamento que se inclina ante el Mesías prometido.
Jesús le dice a Jairo: no temas, basta que tengas fe. Siempre decimos que el mandato de Jesús es el amor pero para amar, como para tener fe, hay que ahuyentar todo temor. Por eso Jesús, a tiempo y a destiempo insiste: no temas, no tengan miedo…Se lo dice incluso a María, a José. Y lo repite hasta la saciedad. ¿Por qué prestamos tan poca atención al mandato de Jesús de no temer? Un corazón temeroso no puede amar, no puede creer. Sobre todo, no puede ser feliz. Cuando nos protegemos, cuando porque nos hirieron una vez, nos replegamos, cuando calculamos…nos alejamos de la propia felicidad. Dios nos quiere valientes, con la osadía de quien sabe que su Padre cuida de los pajarillos, de los lirios del campo… ¿qué puede entonces pasarme a mí? La fe es incompatible con el temor. Y Jairo cree…por amor a su hija, a quien quiere viva. A Jesús no le importan los motivos de nuestra fe, ya nos dará tiempo después para purificarla. También el hijo pródigo vuelve a casa por motivos oscuros pero recibe el abrazo y la fiesta, que no merecía, desde luego. Pero es que, básicamente, Dios es “raro”. Es decir, distinto de nosotros.
Jesús coge a la niña de la mano. Quizá este domingo tengamos que decir: “agárrame, Señor” Sólo si me reconozco débil Dios podrá desplegar el poder de su Salvación. Por eso resulta “tonta” la imagen de fuertes que nos creamos. Odiamos parecer débiles, cuando la debilidad asumida es orla de manto que sana.
Este domingo partamos de nuestra propia situación para dejar actuar a Dios. Que no se nos escape la vida, que no la dejemos morir. Y hagamos caso del mandato casero de Jesús: dar de comer. Alimenta tu corazón, tu fe, tu interioridad.  Dale cada día de comer.




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