lunes, 2 de mayo de 2011




LLEVA TUS SENTIDOS A NAZARET



Si el conocimiento humano se alcanza a través de los sentidos, qué duda cabe que el conocimiento de Dios recorre otros caminos por los que, sin embargo, deben peregrinar nuestros sentidos. Ellos se muestran pobres, deficientes para alcanzar la sabiduría divina pero, paradojicamente, sólo si los conducimos por el camino del Misterio se purifican, transfiguran y nos alcanzan otra mirada: la de la fe.

“Dudan los sentidos
y el entendimiento,
que la fe lo supla”

Es el maravilloso "Tantum ergo" que cantamos mirando un pan que ya no es pan sino Presencia.
Para quien vive en Nazaret es preciso dejar que Jesús María y José eduquen los propios sentidos. En ese hogar santo se entra con alma de discípulo, corazón de enamorado, respeto de hijo y libertad que se entrega. Ellos, los Tres, mirarán mis huesos resecos, y me preguntarán como en la visión de Ezequiel:
- “¿podrán revivir estos huesos?” (Ez 37,3)
Y si me abandono, si dejo que los Tres reeduquen mi mirada torcida, mi paladar hastiado, mi oído endurecido, mi tacto insensible, mi olfato deficiente, si me entrego como Desideria, si doy mis sentidos, seré recreada. Y nacerá una nueva persona
Sólo entonces podremos decir:
“Os anunciamos a Aquel que existía desde el principio, a Aquel que hemos oídos, a Aquel que nuestros ojos han visto, que hemos contemplado y tocado con nuestras manos. Os hablamos del que es la Palabra de vida” (1Jn 1,1)


VER

¡Cuánto miramos y qué poco vemos! Nuestros ojos necesitan colirio (Ap 3,18) para poder ver, contemplar, atisbar el Misterio que se desgrana día a día en nuestras vidas. Lo primero, lo esencial, lo que se aprende con tan solo curzar el umbral de Nazaret es que Dios nos mira. Y esa mirada nos da conocimiento interno, aceptación, gozo desbordante. María es la primera en cantar: “Ha mirado la pequeñez de su esclava” Tantos complejos, tantos corazones heridos, encontrarían su sanación si se sintieran mirados por Dios. Porque el mirar de Dios es amor. Y cuando nos miran con amor la vida se fortalece en nosotros, nos sentimos amados y somos capaces de amar. Es más: aprendemos a mirar como Él que es lo que José y María hicieron siempre.
En los relatos evangélicos aparece con frecuencia el tema de la mirada.Los apóstoles tienen los ojos cansados en momentos de crucial importancia: en el Tabor, en Getsemaní. Se duermen. Dan ganas de sacudirlos si no fuera porque son nuestro vivo reflejo. También nosotros andamos adormilados, mirando sin ver. Nazaret es mirada atenta a la pequeñez que revela la Gloria del Padre. Es saber ver los lirios del campo, las aves del cielo, el caminante que necesita un vaso de agua, el leproso que pasa.
Y sólo ve, quien vive en la Luz. Esa Luz que no se ve pero nos envuelve – lo queramos o no- se levanta vencedora sobre las tinieblas. Cuando abrimos el periódico, cuando vemos las noticias, parece mucho el poder de las tinieblas. Ante tanto poder un hogar, el de Nazaret, se convierte en faro ético para todo el mundo, también para los no creyentes.
Los evangelistas también nos hablan de ojos cerrados, los de los ciegos. Imagino que Jesús pasaría ante muchos ciegos. Pero sólo alguno gritó con fuerza: ¡Señor, que vea!
Esa es la pregunta que me hará José, que me hará María o Jesús: ¿deseas realmente ver? Porque ver no es cómodo y menos ver “desde Nazaret”. Porque en Nazaret se aprende a mirar lo que es invisible para el mundo, se aprende a ver a los que no aparecen, no cuentan, no existen. Nazaret, qué duda cabe, complica la vida si te lo tomas en serio. No es una devoción más. Es encarnación, redención.
En Nazaret no valen los ojos cerrados ni cansados. La voz de Jesús es exigente: velad. No durmáis porque no se puede dormir ante este mundo. El juicio final que relata Mateo es un juicio a nuestra mirada sobre el mundo: ¿cuándo te vimos hambriento, desnudo, enfermo, en la cárcel, sediento, forastero...y no hicimos nada? (Mt 25, 1)
Fijémonos en quiénes saben ver a Jesús: unos pastores, gente maleante y de poco fiar. Unos sabios extranjeros, gentiles despreciados por el pueblo elegido. Unos ancianos, Simeón y Ana. Y pocos más. Ni autoridades religiosas, ni grandes personajes, con alguna gloriosa excepción: Nicodemo que va “de noche” a “ver”. En estos personajes se hace vida la frase de Gregorio de Niza: “La verdadera visión de Dios consiste en esto: que quien levanta los ojos hacia Él nunca más deja de desearlo porque su Ser es inaccesible”. Todos nuestros sentidos están comunicados y “ver” a Dios nos produce una sed que no se apaga. Y que nos cambia porque nos hace ya eternos buscadores.
No importa si nuestra oración es reseca, si nuestra vida se mueve en la rutina. No importa si creemos estar ciegos y vivir en perenne noche. Basta que aliente en nosotros el deseo de verle:
“Veante mis ojos...pues sólo para ti quiero tenellos”
Fijos los ojos en Jesús descubrimos a su lado a José y María. Si los fijamos en María, descubrimos a Jesús y José. Si los fijamos en José, descubrimos a Jesús y María.
Y, sobre todo, descubrimos con cuanto amor me miran a mí, nueva Desideria.

miércoles, 27 de abril de 2011





FELICES PASCUAS A TODOS!! QUE LA GLORIA DEL RESUCITADO ILUMINE NUESTRO QUEHACER PORQUE..."DESDE LA RESURRECCIÓN DE CRISTO, EL CORAZÓN DEL MUNDO YA ESTÁ SANO"!





NAZARET, DÍA TERCERO



Todas las culturas tienen sus números simbólicos, números que indican más de lo que en realidad dicen. Entre nosotros, decir “mil” indica reiteración, multiplicidad y hasta un poquito de cansancio: “¡te lo he dicho mil veces”! decimos asombrados a quien se sorprende por algo o no hace caso de una indicación clara y evidente.
La cultura semítica tiene varios números simbólicos: el cuarenta, por ejemplo. Indica una larga temporada si se refiere a tiempo: el pueblo de Isarael peregrinó cuarenta años por el desierto, Jesús estuvo en el desierto cuarenta días.
También el doce y el siete están cargados de significación.
Pero un número especialmente fascinador es el tres. Y es que nuestra fe se fundamenta en el tercer día, en el día de la Resurrección. Pero ese tercer día se había iniciado mucho antes...

Entre las numerosísimas citas aburridas de la Biblia, las que legislan hasta el más mínimo detalle, se repite hasta la saciedad que para creer y validar un hecho importante se precisan dos testigos y, preferiblemente, tres. (Dt 17 ) De hecho, Jesús tiene tres testigos en el Tabor y tres en Getsemaní.
Desde ese prisma, el testimonial, me parece de gran belleza, por su veraz contundencia, mirar y contemplar la Sagrada Familia, formada por Jesús, María y José, como testigo de la Trinidad, sí, pero de forma especial como testigo de la Nueva Alianza. Ya María, con su estancia de tres meses en casa de su prima Isabel, es un claro eco del Arca de la Alianza que acompañaba a los israelitas a lo largo del desierto. Ella tiene la excepcional vocación de ser arca y testigo; José, a su lado, es testigo que acompaña. Su presencia es necesaria para hacer creíble el Misterio. No siempre se pide al testigo que hable sino que, simplemente, esté cuando se firma el pacto. Y José está “con todo su ser, con toda su alma, con todo su corazón”. Porque ha escuchado lo que Yahvé decía cuando se disponía a iniciar un nuevo Israel.
El Nuevo Israel se llamará Nazaret. Dicen algunos que el Paraíso que se describe en el Génesis no es punto de partida sino un ideal, una meta. Pues bien, lo mismo ocurre con Nazaret : es la casa a la que nos dirigimos, el hogar de toda la humanidad.
En ese hogar hay una Mujer que pone levadura en tres medidas de harina hasta que fermenta toda la masa.(Mt 13,33) Es María que entrega a su hijo al mundo.
En ese hogar se cumple la expectación de todo el Antiguo Testamento: “estén preparados porque al tercer día el Señor bajará a la montaña del Sinaí a la vista de todo el pueblo” (Ex 19,11)
Un tercer día que se inició de forma muy distinta a las teofanias veterotestamentarias: ni truenos ni relámpagos. Un anonimato total, un espeso silencio rodea el momento de la Encarnación. Y el Misterio no se da en la montaña, lugar bíblico de encuentro con Dios, sino en una aldea. Porque Dios se hace de los nuestros y usa sandalias.

El acontecimiento salvífico más importante tiene sus preludios en el Antiguo Testamento. Los tres misteriosos personajes a quienes Abraham hospeda (Gn 18,2) dejan a su paso, tras compartir la mesa, una estela de vida. Las resecas entrañas de Sara son capaces de generar vida. Jesús, María y José se sentaron a la misma mesa durante años. Compartieron, sí, pan y risa, preocupaciones y conversación amena. Pero por encima de todo, allí se estaba generando vida y vida en abundancia. Los buenos recuerdos de la mesa compartida justifican que Jesús ponga la imagen del Banquete para hablarnos del Reino. Él no había “dejado” su Reino en el cielo, lo había vivido en Nazaret.
Otro icono de la Sagrada Familia son “los tres jóvenes que pasean entre llamas cantando himnos a Dios y bendiciendo al Señor” (Dn 3,24) José y María pasearon muy pronto entre llamas. Su vida y su amor fueron acrisolado al Fuego del Espíritu y tanto en la prueba como en el gozo cantaron himnos y alabaron a Dios. De hecho, no salieron nunca del Fuego, los Tres vivieron en Él y fueron habitados por Él. Nazaret fue nueva zarza ardiente (Ex 3,2 ) ante la cual hay que descalzarse porque es tierra sagrada. Es ahí donde yo oigo mi nombre como antaño Moisés el suyo. Dios me llama a vivir en Nazaret y sólo en la medida en que mi corazón arda con su Palabra me acerco al dintel. Esta vez va a ser Dios mismo quien me ruegue que no pase de largo: Quédate con nosotros que el día ya comienza a declinar.

Son ellos, los de Emaús, los que exclaman: Nosotros esperábamos que Él sería quien liberaría Israel. Pero ya estamos en el tercer día desde que todo esto ocurrió! (Lc 24,21)
Y el que tienen al lado, ese caminante, está prefigurado en la Reina Ester, que acaba con Vasti, su predecesora, e intercede por su pueblo orando hasta que “al tercer día se quitó sus vestidos de suplicante se lavó, se ungió, se vistió de fiesta y se engalanó” (Est VL 5,1). Y es Judit, paradigma de Israel, que tras permanecer tres días en el campamento de Holofernes, lo hiere de muerte (Jdt 12,7). Estas dos mujeres preludian, en su belleza y su amor, en su defensa de su pueblo y en su lucha contra el mal, al Resucitado.
Pero Juan, gran teólogo, usa la expresión “tercer día”, habitual en los sinópticos para referirse a la Resurrección, para enmarcar el milagro de Caná. “El tercer día se celebraron unas bodas en Caná de Galilea. Estaba allí la madre de Jesús (Jn 2,1) Dos días se mueven en torno a Juan el Bautista, último profeta del Antiguo Testamento. Con el tercero se inicia una nueva etapa que cambiará el agua en Vino.
Nazaret ha sido y es el odre nuevo que recibe el vino nuevo. Un vino nuevo que sólo en Pascua alcanza su sazón.

miércoles, 13 de abril de 2011


SE ACERCA

NUESTRA SEÑORA DE LOS DOLORES

De niña, por llevar el nombre de Maria Dolors, me miraba con cierta aprensión la imagen que mi madre me señalaba como patrona. La Dolorosa. Siempre aquellos siete puñales clavados, con el corazón sangrante y la cara de aflicción. No me fascinaba, en una precoz intuición infantil de que Dios es gozo, tener una patrona tan afligida. Por eso me parece mucho más interesante y acertada que la interpretación más popular, la que algunos Santos Padres, entre ellos San Ambrosio y San Basilio de Cesarea, hacen de la profecía de Simeón según la cual esa espada que atraviesa a María es la espada del Espíritu, la espada de la Palabra. Así sí. Porque María vive atravesada hasta las yunturas del alma por esa Palabra que ella acuna y medita en su corazón. En las Sagradas Escrituras la Palabra de Dios, viva y eficaz, es comparada en varias ocasiones con una espada. Y la Palabra penetró de tal manera en María que cobró forma en sus entrañas. Qué duda cabe que una parte de la profecía de Simeón puede aplicarse al dolor que vivirá María al pie de la cruz. Pero la plenitud de la profecía se alcanza en el gozo. Atravesada por la espada de la Palabra, María se pone en camino y canta el Magnificat. Es la suya una herida luminosa que alumbrará los silenciosos y sublimes años de Nazaret. Qué bien captó Lucas el sentido de la profecía al insistir una y otra vez en que, pese a no comprender, María guardaba todas las cosas en su corazón y las meditaba en el crisol de la fe. Vivió herida siempre, con una herida que fue llama de amor viva. Y no es difícil establecer el paralelismo con la lanza que atraviesa el costado de Cristo. Esa herida, prefigurada en la de María, nos abre la puerta del Paraíso. Dentro de tus llagas, oh buen Jesús, escóndeme. Vivir herida de la única herida que da vida, la Palabra, fue el día a día de María. Si pudo acunar en sus brazos al bebé Jesús es porque antes dejó que la Palabra le abriera el corazón y, plantada en él, creció la Semilla del árbol de Vida. Dolorosa. Pero ante todo, Gozosa. Gozosa porque es ella quien con la espada de la Palabra aparta otra espada, la que, tras el pecado de Eva, nos cerraba a todos el Paraíso. Un haz de luz nos guía hacia él. Es María, la traspasada, la herida, la Gozosa.

jueves, 31 de marzo de 2011

COMULGAR DE LA MANO DE JOSÉ

“Dos hombres, ambos de nombre José, se cercioran de que el cuerpo de Jesús reciba cuidadosamente las atenciones necesarias; el primero en la cueva de su nacimiento, el segundo, de Arimatea, en la cueva del sepulcro” (San Efrén de Nisibi)


Estas bellas palabras de Efrén de Nisibi – doctor de la Iglesia, santo del s. IV, que fue llamado la cítara del Espíritu Santo porque escribió, junto a San Juan de la Cruz, la mejor poesía teológica de la Iglesia- me han hecho pensar en nuestra actitud cuando vamos a comulgar, cuando se nos da el Cuerpo de Cristo para que también reciba todo el amor que ambos hombres le dieron. José de Nazaret debió tomar con temor y temblor, y con inmensa alegría, aquel cuerpecito que se le confiaba para que lo cuidase y le diera lo necesario para crecer. En una cueva nació el Sol que venía de lo alto y José tomó en sus brazos al Sol, que halló en él todo su cielo. Un famosísimo soneto de Lope de Vega se inicia con los sentimientos del sacerdote al levantar a Cristo hecho pan entre sus manos:

Cuando en mis manos, Rey eterno, os miro,

y la cándida víctima levanto,

de mi atrevida indignidad me espanto

y la piedad de vuestro pecho admiro.

Para concluir diciendo:


no sean tantas las miserias nuestras

que a quien os tuvo en sus indignas manos

vos le dejéis de las divinas vuestras.

Y José, que no recitaría el poema de Lope, sí vería el sueño de éste cumplido: porque por haberle sostenido en sus brazos, Dios siempre le sostuvo a él y en sus brazos murió. La Eucaristía es la actualización de la Encarnación. Al acercarme a comulgar me convierto en otro Cristo y la cueva de mi vida queda transfigurada tal como canta San Juan de la Cruz.


¡Oh lámparas de fuego

en cuyos resplandores

las profundas cavernas del sentido,

que estaba oscuro y ciego,

con extraños primores

calor y luz dan junto a su querido!


Mi vida es a veces esa caverna que la Lámpara eucarística alumbra “con extraños primores” Pero convendría que como José de Arimatea depositara el cuerpo de Jesús en una cueva, un sepulcro nuevo. Si Jesús se encarnó en un seno virginal y virgen era la tierra que lo recibió, virgen debe ser mi corazón para que Encarnación y Resurrección se manifiesten en mí. Vayamos a comulgar con la misma devoción y unción con que José de Nazaret y José de Arimatea tomaron en sus brazos el Cuerpo santo de Jesús.

martes, 29 de marzo de 2011

LA ALEGRÍA DE LAS COSAS PEQUEÑAS




¿CUÁNTO HACE QUE NO TE RÍES ASÍ POR NADA?

viernes, 25 de marzo de 2011


EN EL DÍA DE LA ENCARNACIÓN DEL VERBO



"Te doy gracias, María, por ser una mujer.
Gracias por haber sido mujer como mi madre y por haberlo sido en un tiempo en el que ser mujer era como no ser nada.

Gracias por haber sido una mujer libre y liberada, la mujer más libre y liberada de la Historia, la única mujer liberada y libre de la Historia, porque tú fuiste la única no atada al pecado, la única no uncida a la vulgaridad, la única que nunca fue mediocre, la única verdaderamente llena de gracia y de vida.

Te doy gracias porque supiste encontrar la libertad siendo esclava, aceptando la única esclavitud que libera, la esclavitud de Dios, y nunca te enzarzaste en todas las otras esclavitudes que a nosotros nos atan.
Te doy gracias porque te atreviste a tomar la vida con las dos manos, porque al llegar el ángel te atreviste a preferir tu misión a tu comodidad, porque aceptaste tu misión sabiendo que era cuesta arriba, en una cuesta arriba que acababa en un Calvario. (...)

Gracias por tu libertad de palabra cuando hablaste a Isabel.
Gracias por atreverte a decir que Dios derribaría a los poderosos, sin preocuparte por lo que pensaría Herodes.
Gracias por haber sabido que eras pobre y que Dios te había elegido precisamente por ser pobre.
Gracias porque supiste hablar de los ricos sin rencor, pero poniéndolos en su sitio: el vacío.
Gracias porque supiste ser la más maternal de las vírgenes, la más virginal de las madres.
Gracias porque entendiste la maternidad como un servicio a la vida ¡y qué Vida! (...)
Gracias por haber sabido ser luego una mujer de pueblo, por no haber necesitado ni ángeles, ni criadas que te amasaran el pan y te hicieran la comida,
Gracias por haber sabido vivir sin milagros ni prodigios.
Gracias por haber sabido que estar llena no era estarlo de títulos y honores, sino de amor. (...)

Gracias por haber respetado la vocación de tu Hijo cuando se fue hacia su locura, por no haberle dado consejitos prudentes. (...)
Gracias por haber sabido quedarte en silencio y en la sombra durante su misión, pero sosteniendo de lejos el grupo de mujeres que seguían a tu Hijo. (...)
Gracias por haber sido la mujer más entera que ha existido nunca y gracias, sobre todo, por haber sido la única mujer de toda la Historia que volvió entera a los brazos de Dios.

Gracias por seguir siendo madre y mujer en el cielo, por no cansarte de amamantar a tus hijos de ahora.

José Luis Martín Descalzo

sábado, 19 de marzo de 2011

GLORIA Y HONOR A SAN JOSÉ,
CUSTODIO DE NAZARET.